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Crítica película 120 pulsaciones por minuto

Hoy en día nos hemos acostumbrado a los grandes avances. Si algo caracteriza a la sociedad más reciente es que está en continuo cambio. Sin embargo, esa sensación de progreso parece centrarse exclusivamente en el ámbito de la tecnología y la comunicación, obviando otras grandes mejoras. Pero hay que recordar que la medicina también ha avanzado de forma exponencial durante los últimos años, de forma que enfermedades que antes eran verdaderas epidemias aunque ahora siguen siendo mortales están más controladas o estudiadas, como es el caso del SIDA.

Situados a principios de los años 90 en París, una organización llamada Act Up busca concienciar a la población francesa sobre las consecuencias del SIDA y que el gobierno tome más medidas de actuación y prevención contra esta enfermedad mortal.

Con el Gran premio del jurado de Cannes bajo el brazo y el añadido de ser la candidata que ha elegido Francia como película de habla no inglesa de cara a los Óscars, tenía cierta curiosidad por ver que podía ofrecer esta historia. O mejor dicho, que iba a contar. Y he de decir que la mayor sorpresa que me llevé es que es una película increíblemente coral. No es fácil que un relato todos y cada uno de los personajes se sientan importantes, estén bien llevados y cohesionados entre sí. Tampoco es fácil que haya numerosas escenas en la que todos estos personajes estén en un aula y esas escenas sean interesantes y dinámicas gracias a las conversaciones que se producen ahí. No sé como lo ha conseguido el guionista y director Robin Campillo, pero chapó.

120 pulsaciones por minuto

Pese a la seriedad del tema central, agradezco que haya ciertos momentos de humor que no rompen con el discurso y que hasta cierto punto son necesarios para no convertir lo narrado en un melodrama torpe. Al mismo tiempo, no se acobarda a la hora de mostrar escenas más explícitas y desagradables sin llegar a ser manipuladora. Otro logro del que no todos salen airosos.

Si bien más arriba he alabado la coralidad, mis discrepancias más pronunciadas con la cinta también están relacionadas con los personajes. Entre todo el grupo de activistas destaca especialmente Sean y su relación amorosa con Nathan. No lo voy a negar, el personaje de Sean, interpretado por Nahuel Pérez Biscayart, tiene muchísimo carisma y expresa mejor que ninguno el sentimiento de rabia. Pero esa coralidad tan lograda hacia el desenlace se diluye puesto que Sean pasa a tener un rol más protagonista. Y es que lo que le sucede a Sean lo hemos visto infinitas veces. Lo hemos visto en Dallas Buyers Club, en The Normal Heart e incluso en el muscial Rent. ¿Por qué teniendo un reparto tan magnífico y un punto de vista más novedoso opta por tomar este camino convencional? No logro entenderlo.

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Y ya que ha salido a la palestra el tema del activismo, sí es cierto que al estar dentro de esa organización se menciona que el SIDA no solo se contagia entre personas pertenecientes al colectivo LGBT. Las prostitutas, los convictos, los drogadictos, los extranjeros en situación precaria son también víctimas de esta enfermedad. Incluso un pobre desafortunado que haya sufrido una transfusión de sangre o una persona en la que se haya empleado material no quirúrgico no esterilizado puede haber contraído el virus del VIH. Totalmente de acuerdo, pero ya que lo mencionan en la película, no hubiese estado mal que mostrasen ejemplos de ello. Se dice mostrar en lugar de contar por algo.

Para finalizar, también considero que el final es demasiado abrupto. Pero después de reflexionarlo un poco y de echar la vista atrás en lo que al film respecta adquiere un gran significado, pues la escenas de fiesta tienen un ritmo muy marcado que, una vez visto el final, se entiende que son la metáfora de los latidos de un corazón. Y es que el corazón es uno de los muchos órganos perjudicados por el VIH, un virus que va carcomiendo a los que lo sufren lentamente hasta que al final no queda nada y la persona se apaga de golpe.

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