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Crítica de la Película Halley

Halley (2012), la ópera prima del mexicano Sebastián Hofmann, narra la historia de Alberto (Alberto Trujillo), un hombre maduro que trabaja como guardia de seguridad en un gimnasio. “Beto”, como es llamado el personaje durante toda la cinta, renuncia repentinamente a su empleo a causa de un extraño estado en su cuerpo, se está descomponiendo. Beto, está muerto y aunque Hofmann no nos cuenta el por qué, sí nos deja saber que el cuerpo del protagonista está en estado de descomposición y aunque trata de ocultarlo, especialmente de su compañera de trabajo Silvia (Lourdes Trueba), no logra evitar que las personas a su alrededor sientan curiosidad o lo rechacen.

Si bien, el argumento puede aludir a una historia de terror sobre zombies, la realidad es que la película poco o nada tiene que ver con estos temas. Ya que el objetivo principal del director, es hacer una reflexión moral sobre la soledad, las complicaciones en la vida de las personas enfermas y sobre lo mucho que a la sociedad le cuesta aceptar aquello que parece ser diferente a ellos, lo que por momentos deja ver alguna influencia de Franz Kafka y su Metamorfosis. También invita a reflexionar sobre la conciencia de cada persona sobre su finitud. ¿Qué tan conscientes somos, no sólo de que vamos a morir, sino de que en realidad estamos muriendo?

La elección de la trama es un acierto por parte de Sebastián Hofmann, lo que junto al excelente maquillaje en escenas muy cerradas y bien encuadradas que dejan ver la putrefacción del cuerpo muy de cerca, lo llevaron a ganar premios como: mejor largometraje en el Festival de Rotterdam y el Ariel a mejor maquillaje, entre otras nominaciones en diversos festivales.

Sin embargo, ni la idea original, ni las reflexiones moralistas, ni el excelente maquillaje consiguen sostener a esta cinta como merecedora del título de “una buena película”, pues a pesar de que el encuadre y el color transportan a un ambiente sombrío y claustrofóbico, su exceso de humor negro, lo increíblemente predecible que resulta, lo plano de los personajes y la falta de evolución en la historia, terminan tirándola por los suelos.

Y es que por momentos, lejos de entrar en el juego de los sentimientos de una persona que se está desintegrando física y moralmente, es más fácil soltar alguna carcajada. Además de que carece de una explicación del por qué se ha llegado a esa situación, lo cual podría ser prescindible si tan sólo no tuviera también un final demasiado ambiguo.

Quizá todo es parte de una misma expresión que sigue esa extraña corriente en el cine mexicano denominado por la crítica como “terror minimalista”, que se concentra en hacer críticas directas e incómodas, sin llegar necesariamente a provocar horror en los espectadores. Aún así, vale la pena darle una oportunidad a las propuestas de directores jóvenes, tal como Sebastián Hofmann.

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