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La mujer detrás de las cámaras

Cuando un grupo de personas a las que les apasiona el cine hablan de él, tarde o temprano sale a la luz cuales son algunos de los directores/autores favoritos de los participantes en la conversación. Nombres como Quentin Tarantino, Tim Burton, Chistopher Nolan, Steven Spielberg, Ridley Scott, Stanley Kubrick o Woody Allen son algunos de una lista interminable que son habituales en estas charlas. Pero lo que no es frecuente es que cuando se plantea este pregunta alguien diga un nombre femenino.

No es que no haya directoras. Es casi seguro que a la mayoría los nombres de Sofía Coppola y a Kathryn Bigelow les suenan, y si no les son familiares, con algunos de sus largometrajes caerán en la cuenta de quiénes son. Pero, ¿por qué esta diferencia tan pronunciada? ¿Por qué podemos decir infinitos directores masculinos por los que sintamos especial predilección pero a la hora de hablar de directoras hay que hacer un esfuerzo considerable para decir al menos cinco?

Tampoco es que haya que buscarle los tres pies al gato. Seguimos viviendo en una sociedad machista. Todas y cada una de las sociedades que conforman este vasto mundo están dominadas por hombres de una manera más o menos clara. Y el cine no es ajeno a esto. Todos hemos escuchado o leído noticias sobre la brecha salarial en la industria, lo complicado que es encontrar papeles femeninos interesantes que no sean clichés, audiciones vejatorias a actrices de todo tipo e incluso maltratos físicos o psicológicos por parte de los directores a sus actrices. En cierto modo, es el pan de cada día en los rostros más visibles de esta gran industria. La cuestión es que si todo esto sucede con las actrices, qué sucederá con las otras mujeres que trabajan para contar historias en la gran pantalla.

La mujer detrás de las cámaras

A la izquierda, el círculo vicioso sobre el escaso número de directoras y sus consecuencias. A la derecha, el cambio que se podría producir si hubiese más directoras en la industria.

Pero, ¿por qué ahora esta pequeña reflexión? Fácil. Hace unos meses llegó a las carteleras de todo el mundo la película de Wonder Woman, sobre la que Dani Birras habló aquí. El primer largometraje de la famosa amazona de los cómics se hizo de rogar, pero finalmente llegó para convertirse en un éxito de crítica, de público y bajo todos los prismas, ser la primera cinta del nuevo universo cinematográfico de DC en no generar división de opiniones y ser objetivamente buena. El foco de atención se ha centrado en la encargada de dar vida a Diana de Themyscira, Gal Gadot, pero los medios también han querido alabar la labor de Patty Jenkins.

Mucho se ha escrito sobre el éxito del film, sobre la representación de una mujer y sobre el ejemplo y la inspiración que ha supuesto alrededor del mundo. También se ha escrito sobre la trayectoria de Jenkins como realizadora, y resulta especialmente llamativo que este sea solo su segundo largometraje. El asunto se vuelve más curioso cuando descubres que esta mujer en el año 2003 rodó Monster, película por la que Charlize Theron se llevó un Óscar. ¿Cómo una directora capaz de lograr, hace catorce años, una cinta que fue un éxito de crítica y taquilla, y que además una de sus actrices fuese premiada con el máximo galardón de la profesión, no haya hecho otro largometraje en todo este tiempo? Cualquier estudio tendría que haberse peleado por ella en su momento, algo que no puedo evitar pensar que si en la misma situación estuviese un director, habría sucedido. Una situación similar a lo que les sucedió a Jane Campion o a Mimi Leder, dado que ambas acabaron en televisión, ese pequeño paraíso en el que parece que hay más hueco para las creadoras. A Tina Fey, Shonda Rhimes y Lena Dunham me remito.

De hecho, que Patty Jenkins haya pasado de dirigir una cinta más independiente a un gran blockbuster hizo que muchos se llevasen las manos a la cabeza. Pero en cambio, nadie puso el grito en el cielo cuando Marc Webb hizo The Amazing Spider-Man tras hacer 500 Días Juntos, o cuando a Peter Jackson se le dieron 93 millones de dólares para llevar la primera entrega de la Tierra Media de Tolkien al cine cuando en su filmografía había serie B pura y dura. E incluso a un director que admiro como es Denis Villeneuve, cuyos primeros trabajos en su Canadá natal constaban de un modesto presupuesto, y sin embargo, con su llegada a Estados Unidos, Prisioneros tuvo actores muy reconocidos y un presupuesto de 46 millones de dólares. Estamos en 2017 y por primera vez una mujer ha dirigido una película con un presupuesto de más de 100 millones de dólares y varios medios lo calificaron de riesgo. Que la igualdad ya existe, dicen por ahí.

Las mujeres detrás de las cámarasLa película de Wonder Woman no es más que otro ejemplo de que por mucho que las mujeres podamos votar, trabajar y ser independientes, todavía se demuestra que queda un largo camino por recorrer. Que las mujeres también pueden ser autoras y contar historias grandilocuentes donde las chicas son guerreras o historias más intimistas y personales. Están igual de capacitadas que los hombres, la única diferencia es que no se les dan las mismas oportunidades ni se les presta la misma atención. Esto sucede incluso con los premios, a la vista está. En los 89 años que llevan celebrándose los premios Óscar, solo cuatro mujeres han sido nominadas por su labor como realizadoras: Lina Wertmüller por Siete Bellezas en 1977, Jane Campion por El Piano en 1994, Sofía Coppola por Lost in Translation en 2004 y Kathryn Bigelow por En Tierra Hostil en 2010, siendo Bigelow la primera y única mujer en alzarse con el premio. Y 2010 no es un año muy lejano.

Podrá alguien achacar a que ese ejemplo, al ser de Estados Unidos, no es representativo por negarse a ver los hechos. Miremos otros casos entonces, vayamos a Europa. Fijémonos  en Cannes, uno de los festivales más famosos que hay. En 70 años de certamen, solo dos mujeres han salido victoriosas: La rusa Yuliya SoIntseva por La Epopeya de los años de fuego en 1961 y Sofía Coppola por La Seducción en 2017. En el caso del Festival de San Sebastián, en 63 años de celebración solo ha premiado a una mujer, Xu Jinglei por Cartas de una mujer desconocida en 2004. Con el Festival de Berlín sucede lo mismo. Desde 1952, el número de mujeres que ha ganado el Oso de Plata a la mejor dirección se reduce a tres: La danesa Astrid Henning-Jensen por Los Hijos del Invierno en 1979, la polaca Malgorzata Szumowska en un premio ex aequo con otro director por Cuerpo (Cialo) en 2015 y la francesa Mia Hansen-Love por El porvenir en 2016. Y podría seguir comentando, pero creo que quedaría ya muy repetitivo.

Para ir finalizando, decir que pese a que haya más oportunidades para ellos que para ellas, poco a poco van adquiriendo una mayor visibilidad las mujeres. Las hay en varios géneros y de varias nacionalidades. En el terror y sus variados subgéneros están Jennifer Kent con su Babadook, Julia Ducournau con Crudo, Mary Harron con American PsychoAna Lily Amirpour con The Bad Batch o Una chica vuelve a casa sola de noche. Si lo que se prefiere es suspense, Karyn Kusama con La Invitación o Lynne Ramsay con Tenemos que hablar de Kevin son dos buenas alternativas. En el caso de buscar cine de autor hay varias opciones: Maren Ade y su reciente Toni Erdmann, Andrea Arnold con American Honey, Isabel Coixet con su famosa Mi vida sin mí o Deniz Gamze Ergüven con Mustang. Hay incluso actrices que también se han puesto detrás de las cámaras como Jodie Foster o Sarah Polley.

La mujer detrás de las cámaras

Y mirando al futuro tenemos a Ava DuVernay, la primera mujer negra en dirigir una película con un presupuesto de más de 100 millones de dólares en 2018, la adaptación de la novela Una arruga en el tiempo; tenemos a Anna Boden, que junto con Ryan Fleck dirigirán el primer film de una superheroína de Marvel, Captain Marvel; también está Niki Caro, que tras dirigir varias cintas de presupuesto medio será la encargada de hacer la película de Mulán en carne y hueso. Y queda a la espera de ver si Patty Jenkins regresará para la ya confirmada segunda parte de Wonder Woman, un trato que ya debería estar cerrado hace meses. Por mi parte, solo me queda agradecerle el pequeño pero gran paso que ha conseguido dar.

Ojalá dentro de poco no tengamos que pedir igualdad en este ámbito ni en ningún otro. Ojalá dentro de unos años no haya que seguir reivindicando que las mujeres son igual de capaces que los hombres de contar buenas historias porque todos tienen asumido eso. Ojalá no haya prejuicios respecto a una película dirigida por una mujer. Ojalá no fuese un milagro cada vez que una mujer en la industria logra algo nuevo. Ojalá se elimine la coletilla de “películas dirigidas por mujeres” para pasar a ser solo películas. Y cuando hablo de mujeres, hablo de mujeres de todo tipo. No he querido ahondar mucho en el tema de la raza o de los distintos oficios que hay para que se produzca una película, porque si las directoras ya lo tienen difícil, no es más sencillo con el resto de profesiones tras las cámaras. Pero eso es harina de otro costal.

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