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Nueve semanas y media

Nueve semanas y media. No hace falta dar demasiadas explicaciones más puesto que todos sabemos de que película hablamos y si no la hemos visto, seguro que no suena. Una película de esas capaces de aclarar en cierto modo la eterna duda de si el cine sirve para cambiar el mundo o no. Claro está que ésta en concreto no lo cambia ni lo pretende, no es cine de denúncia pero sin embargo, sí llegó a alterar ciertos hábitos en nuestra sociedad. Pensemos, por ejemplo, en el hecho de que ya casi es impensable no relacionar el famoso You can leave your head on (Joe Cocker), hit principal de su banda sonora, con cualquier tema que roce el erotismo. Seamos francos. La película caló hondo.
De calar hondo sabe, y muy bien, Adrian Lyne.  Revisando su filmografía descubriremos que sus películas han sido bombazo tras bombazo y no precisamente por su excelsitud técnica. Son películas más bien básicas en ese terreno, un plano aquí un contraplano allá, un pequeño travelling para dar más rapidez a la escena y no mucho más. Eso sí, la fotografía merece mención aparte. Sus inconfundibles ambientes dignos de videoclip o la forma en que Lyne filtra los barrios más bajos y los ambientes más sórdidos hasta obtener ambientes atractivos resultando casi milagroso.

Nueve semanas y media
Como decíamos su filmografía no destaca por la técnica sino por el contenido. Éste siempre se pasea por los límites. Unos límites camuflados bajo formas sexuales o pasionales, aunque finalmente resultan ser mentales. Zorras, Flashdance, Atracción fatal o Una proposición indecente son sólo algunas de las creaciones del autor que han sido comentadas, celebradas o repudiadas en su momento. Lo que es cierto es que su cine nunca ha pasado desapercibido.

Nueve semanas y media

Nueve semanas y media ha envejecido. Pero no en un sentido despectivo sino que ha envejecido como un buen vino y ha sido un grato redescubrimiento. Es cierto que la parte sexual, la que le supuso andar en boca de todo el mundo parece que, con el paso del tiempo, se haya suavizado, puesto que ya no parece tan escandalosa como lo fue en su día. Pero es gracias a ese reposo que es posible ver en la película algo más de lo que se veía antaño. De hecho el sexo es ya lo menos interesante del film.
El juego con los límites personales. Eso es lo que aparece tras la calma de los años. La pasión y los sentimientos se convierten en los hilos conductores de la vida de los protagonistas, John (Mickey Rourke) y Elisabeth (Kim Basinger). Una eterna lucha de posesión, un juego para saber quien es el más fuerte. Un dulce camino a un amargo descubrimiento que no es otro que el de saber que quien se domine a sí mismo será el vencedor.

Nueve semanas y media
Ambientes cerrados, perros con collares, gatos mordiendo ratones, incluso menciones a Tiburón. Todo señales que indican quien es la aparente víctima del juego. Una inocente Elizabeth que anda perdida entre el gentío. Una mujer que se deja perder en manos de la persona a quien ha entregado su confianza, una persona a quien ama y por quien es cuidada. Elisabeth se introduce poco a poco en un terreno que la debora consentidamente. Pero, ¿es relamente ella la víctima de todo este juego? De hecho cabe preguntarse si hay víctima alguna en todo el juego.
Nueve semanas y media es visualmente atractiva, ràpida y escurridiza. Pero en su interior en lo más hondo de su inmaterialidad es inquietante y envolvente como la que más.

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