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Psicosis - Filmfilicos Blog de cine

Los de Netflix han vuelto a darme una alegría al incluir en su catálogo una de las películas más populares del mago del suspense. Para los que la conocemos, siempre es un placer revisitarla, pero si eres de los que todavía la tienes pendiente, espero que esta reseña te anime a disfrutar de Psicosis, la obra que Alfred Hitchcock se empeñó en sacar adelante contra viento y marea.

En 1959, Robert Bloch, discípulo de H. P. Lovecraft, publicó una novela de terror titulada “Psycho”. El orondo Hitch se obsesionó con ella tras leerla, y no dudó en esconder su identidad para hacerse con los derechos, evitando así pagar una suma desorbitada. Acababa de estrenar Con la muerte en los talones, considerada por muchos el broche que cerró su etapa dorada en Hollywood, y aunque el filme funcionó en taquilla, los grandes estudios empezaban a oler cambios en el ambiente. El público demandaba otro tipo de entretenimiento, y algunos directivos pensaban que el cineasta británico no sería capaz de adaptarse a los nuevos tiempos. Esto se debió, sobre todo, a la pésima acogida de Vértigo (estrenada en 1958 e irónicamente considerada uno de los mejores filmes de la historia en la actualidad), aunque en cierto sentido, no andaban muy errados: en pocos años, su delicada salud obligaría al director a limitar su trabajo. Sin embargo, al comienzo de la década de los 60, a Hitchcock le quedaban todavía un par de ases en su manga. El primero de ellos, una película que redefinió los límites del suspense y el terror: Psicosis.

Psicosis - Filmfilicos Blog de cineCon los derechos de la novela ya en su poder, el director se encontró con el primer obstáculo en su camino: ningún estudio se ofrecía a producir su película. La consideraban una historia de mal gusto, un probable fiasco en taquilla, el capricho de un hombre excéntrico y demasiado pagado de sí mismo. Precisamente serían esos “defectos” los que llevaron a Hitchcock a hipotecar su casa y lanzarse en solitario a su producción. Tal limitación de presupuesto le obligó a prescindir de rutilantes estrellas de Hollywood y de la mayoría de sus colaboradores habituales, y a tirar del equipo que por entonces producía su popular serie de televisión, Alfred Hitchcock presenta (aunque fue lo suficientemente inteligente como para asegurarse la partitura de Bernard Herrmann a golpe de billetera).

La elección del blanco y negro en una época en la que éste se asociaba a la televisión, mientras que el color reinaba en la gran pantalla, respondía a criterios económicos, pero sobre todo, a la necesidad de vadear el Código Hays, que establecía lo que se consideraba moralmente aceptable en cualquier producción cinematográfica. La visión de la sangre en todo su esplendor carmesí no entraba dentro de estos límites (en realidad, se animaba a utilizar una mínima cantidad de sangre, incluso en el género bélico). Tal vez sea por todos estos factores que Psicosis tenga cierto aire a cine de serie B, o incluso a telefilme. Pero no os dejéis engañar. Como siempre, cada plano fue preparado al milímetro para provocar en el espectador una creciente sensación de desasosiego, para hacernos sentir a la vez testigos y cómplices de un crimen atroz. El uso de los reflejos, por ejemplo, o la multitud de pájaros que comparten plano con los personajes refuerzan la visión que el director nos propone sobre ellos, alertándonos sobre un peligro latente. Tanto si eres consciente de ello, como si no, la influencia de estos símbolos es inevitable. En inglés, esta simbología se extiende incluso a los apellidos de los protagonistas: el de ella significa grulla; el de él, hace referencia al batir de alas de un halcón.

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El argumento de la novela Psycho, y por ende, de Psicosis, está vagamente inspirado en los asesinatos cometidos por Ed Gein. En el filme, la secretaria Marion Crane (Janet Leigh) roba a su jefe para poder comenzar una nueva vida con su amante. En su huida, va a parar a un hotel de carretera regentado por el joven Norman Bates (Anthony Perkins). Lo que Marion ignora es que el tímido y educado Norman esconde un secreto aterrador… No revelaré más, pues el propio Hitchcock puso un celo rayano en lo enfermizo en mantener el misterio incluso tras su estreno, y no seré yo quien se atreva a llevarle la contraria.

En efecto, el mago del suspense comenzó su juego antes incluso de embarcarse en el rodaje de Psicosis, haciéndose con tantas copias de la novela como le fue posible. Además, jugó al despiste con noticias falsas y rumores sobre el casting. Pero el gran show tuvo lugar con su estreno. Hitchcock llenó los periódicos y los cines de carteles avisando de que una vez que comenzara la proyección de su película, no se admitiría la entrada de espectadores, ya que era necesario verla en su totalidad. También animaba a la audiencia a guardar el secreto de su final para que todos pudieran disfrutar de la experiencia. Estas medidas crearon la expectación necesaria para llenar las salas; algunos desmayos y el boca a boca hicieron el resto.

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Es de sobra conocida la actitud tirana del director con los actores («Nunca dije que los actores fueran ganado. Lo que declaré es que deberían ser tratados como ganado», asegura Hitch a Truffaut en una de sus múltiples entrevistas), pero lo que nadie puede negar es que tanto Perkins como Leigh, así como Vera Miles (la hermana de la Marion) y Martin Balsam (el investigador privado contratado por el jefe de Marion) dan lo mejor de sí mismos, especialmente en el caso de Perkins, que sorprende por la variedad de registros con lo que dota a su personaje.

Pese a que es evidente que Psicosis representa el germen del futuro género slasher, su código puede resultar desconcertante para el espectador moderno. No se trata de un filme de terror, tal y como concebimos el terror hoy en día. Olvida los jumpscares. Olvida el gore. Olvida las máscaras. Porque a veces, tan solo hace falta la voz de una anciana y una sonrisa para que se te hiele la sangre.

La nota de filmfilicos
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(AKA )
Descripción: Cuando era una niña odiaba las matemáticas, me encantaban las canciones en inglés, leía a escondidas, merendaba donuts blancos, me inventaba historias, coleccionaba Barbies y si me preguntabas que dónde quería ir mi respuesta invariablemente era "al cine". Debido a mi complejo de Peter Pan, a estas alturas puedo seguir dando por válidas todas las afirmaciones anteriores. Por desgracia, ahora los donuts me engordan y las cuentas que tengo que hacer son para llegar a fin de mes. Frase: #piensoenpelisluegoexisto
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