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Crítica de la pelicula Si la cosa funciona

“Creedme. Odio las fiestas de año nuevo. Todos desesperados por divertirse […] ¿Celebrar qué? ¿Un paso más hacia la tumba?. Por eso no me canso de decirlo, aprovecha todo el amor que puedas dar o recibir, toda la felicidad que puedas birlar o brindar, más de lo que te gusta admitir es suerte en tu existencia”. Y con estas palabras, ese hombre de prominente envergadura y despoblado cabello, se despide de nosotros mirando a cámara para fundir a negro la pantalla y dar paso a los créditos. Mucho en muy poco. Y siendo mañana precisamente fin de año, no he podido resistirme a revisar esta película de nuevo, y a volver a reírme muy fuerte con ella. Y reírme, además, imaginando los gestos de mi amigo Alberto al verla.

Woody Allen es un tipo, no descubro yo nada nuevo, que posee un conocimiento enorme sobre la condición humana. Pues bien, aquí el director neoyorquino parece que nos construye a su imagen y semejanza (o más bien como a su alter ego), a través del también judío Larry David, a este hipocondriaco nihilista que es Boris Yellnikoff. Y el resultado es un monólogo mordaz tremendamente irónico. Una comedia hilarante especiada de forma equilibrada con humor negro y afilado.

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El inicio es un guiño del director a Groucho Marx, presentándonos al prota hablando a cámara como el propio Groucho solía hacer, con un tema musical de fondo, además, que a todo buen marxista le resultará conocido. Y ya en estos primeros compases, Igor, ex físico de profesión, reparte estopa desde la primera escena absolutamente a todo y en todas las direcciones. Religiones (en plural), ética humana (“Han tenido que instalar retretes automáticos en los baños públicos porque no puedes confiar en que la gente tire de la cadena”), la industria de Hollywood, política, televisión, sexo y sexualidad, entre otras cosas.

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Pero por encima de todas las cosas, nos habla de amor. De la idea de amor. Del amor ideal. O mejor dicho, del ideario de amor. De como, muchas veces todo se basa en que la “la cosa funcione”. Simplemente. Siendo a la vez esto tan complejo. Que marche. Y que todo ello te haga más ameno este calvario impuesto que considera que a menudo es la vida. Y nos va recalcando, además, el enorme componente azaroso que existe en todo esto. A la hora de conocernos. De compartirnos. De estropearnos. De salvarnos.

Hay una chica. Sí. Evan Rachel Wood, que interpreta a la sureña Melodie. Una afable analfabeta que cumple el rol de cerilla de salida para todos los gags con los que el protagonista va disparando a diestro y siniestro. Y la verdad, la mayoría de ellos están muy bien tirados. Pero además su personaje desarrolla una evolución cómica y encantadora. Poseedora de esa necedad que casi te aseguran una serena felicidad, la joven Melodie se queda prendada del intelecto de Boris, y soporta con alegría su visión negativista de la vida, además de todas sus fobias y obsesiones.

Aparecen también Patricia Clarkson y Ed Begley Jr. como los padres de Melodie, con dos trayectorias originales y muy divertidas que prefiero que descubra el espectador.

Yo, personalmente, lo interpreto todo como una oda sutil al Carpe Diem, pero ni mucho menos como acicate motivador. Más bien como única claudicación digna para afrontar la vida. Y divierte. Y como en Scoop, o en Match Point, demuestra que aunque quizás con menor frecuencia (es incuestionable que algún “bulto” nos ha metido últimamente), pero sigue realizando cine de mucho nivel, a pesar del paso de los años. Si es un genio venido a menos, como reza el grueso de críticas de sus últimos proyectos, o no, es harina de otro costal.

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