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Crítica de la película Una dama en París

Debo reconocer que desconocía completamente la filmografía del director estonio Ilmar Raag, hasta ahora que aparece en cartelera con su película Una dama en París; otro de los títulos que cambia, sutilmente su significado al ser traducido, ya que en el original nadie habla de una dama (Une estonienne à Paris). Sutilismos a parte, como decía, llega ahora a nuestras pantallas, tres años después de su producción esta historia que muy poco tiene de nuevo. Una immigrante viaja a París para cuidar a una anciana más bien insoportable. El punto de partida no es muy esperanzador ni para el espectador ni para Anne, la estonia que viajará a París bajo contrato establecido.

 

Una dama en París
La vida de Anne es gris y solitaria. Vive con su anciana madre enferma, soporta un cuñado borracho y pocas veces puede compartir tiempo con sus hijos. Al morir su madre, parece que una puerta se le abre. Un trabajo en París, la ciudad de las luces. La ciudad que siempre había querido visitar. Una pequeña porción de sueño parece estar a punto de realizarse. Cuando llegue a París y conozca a Frida, la mujer a quien debe cuidar, verá que su día a día no saldrá de su gris habitual.

En este punto el camino del espectador y el de Anne se separan completamente.

Frida es una mujer solitaria, hecha a sí misma, que no se deja ayudar. Deprimida y sin ganas de relacionarse. Un conjunto, todo ello, nada esperanzador para la cuidadora que deberá luchar contra todo ello y dominarlo. Parte del argumento, dicho sea de paso, que tampoco destaca por su originalidad.

Pero al aparecer Frida en pantalla, la gran baza con la que cuenta el director, la dureza monocromática que hasta ahora cubría la pantalla desparece para dar paso a un sarcasmo y una crueldad que se tornan extrañamente agradables gracias al gran trabajo de la protagonista. Una mujer que se come la pantalla ahora del mismo modo que lo hizo en años pasados.

Una dama en París
Esta figura no es otra que Jeanne Moreau. La inolvidable Eva, la camarera propietaria de unos pies maravillosamente retratados por Buñuel. Requerida por Antonioni, Truffaut o Welles, entre muchos otros. Una actriz que brilla con fuerza en la pantalla desafiando al paso de los años. Su potencia interpretativa sigue ahí, intacta.

Ésto hace que Una dama en París, apoyándose sobre la genial actriz, logre un nivel aceptable, nivel al que no se llegaría mediante el resto de aspectos de la película.

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