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Vértigo - Filmfilicos Blog de cine

Hace unos días tuve la suerte de revisionar en pantalla grande Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958), una de las más grandes obras del mago del suspense, que en 2012 fuera elegida como la mejor película de todos los tiempos (no es difícil imaginar a Orson Welles revolviéndose en su tumba, pues le robó el puesto a su Ciudadano Kane, que hasta entonces había ostentado ese título).

Vértigo (De entre los muertos, como fue conocida en España) es una mezcla de thriller y drama romántico excepcionalmente adelantada a su tiempo tanto en su concepción como en su ejecución, como ocurriría con otras películas del director (Psicosis o La soga son buenos ejemplos de ello). Está basada en una novela que, curiosamente, fue escrita con la clara intención de ser convertida en película por Hitch. No es ningún secreto que éste gustaba de comprar los derechos de novelas más o menos conocidas para utilizarlas como inspiración de sus filmes. En este caso, y tras visionar Las diabólicas (H.G. Clouzot, 1955), el director expresó públicamente que de haber sido posible hubiera sido él quien habría adquirido los derechos de la novela en la que estaba basada. Esta declaración llegó a los oídos de sus autores, Pierre Boileau y Thomas Narcejac, quienes supieron ver una oportunidad en aquellas palabras y se pusieron manos a la obra para ofrecerle a Hitchcock una novela especialmente escrita para tornarse arcilla en sus expertas manos. 

Vértigo - Filmfilicos Blog de cineEs de suponer que para un hombre tan pagado de sí mismo en cuanto a su profesión (no lo era en muchos otros aspectos), aquel gesto supusiera un halago difícil de rechazar. Y así fue como la historia de Scottie y Madeleine se puso en marcha, aunque con un cambio sustancial. Si en la novela el lector posee la misma información que el protagonista durante toda la trama, Hitchcock, de forma consistente con su teoría sobre el suspense, que postula que éste funciona mejor cuando el espectador conoce más detalles que los propios personajes, proporciona información reveladora sobre Scottie y Madeleine mucho antes de que la pantalla se funda a negro. No sé cómo funcionaba en la novela (nunca he llegado a leerla), pero puedo aseguraros que en la película lo hace con la precisión de un reloj suizo.

Lo cierto es que el argumento de Vértigo es un tanto rocambolesco: el detective de la policía John Fergusson (Scottie para los amigos) sufre un accidente mientras persigue a un criminal sobre los tejados de San Francisco, lo que le provoca un episodio agudo de acrofobia que le impide seguir ejerciendo. Tiempo después, un amigo de la universidad se pone en contacto con él para que vigile a su esposa Madeleine, la cual teme que no esté muy bien de la azotea. Una historia con este comienzo, y su posterior desarrollo, demandará la suspensión de incredulidad del espectador en más de una ocasión. El logro de Hitchcock consiste en que durante su visionado, todo parece desarrollarse de forma natural y orgánica, y ni siquiera seremos conscientes de que estamos firmando un contrato sin preocuparnos por leer la letra pequeña.

James Stewart y Kim Novak dan vida a Scottie y Madeleine, el duo protagonista de Vértigo, y en gran parte sus sobresalientes actuaciones son las responsables de que la historia nos funcione sin fisuras. Dicen las malas lenguas que Novak era una actriz poco expresiva, y que sus desavenencias con el director (llegó al rodaje como sustituta de Vera Miles, la actriz que Hitch quería que protagonizara la película y que tuvo la «desfachatez» de quedarse embarazada poco antes de que comenzara el rodaje) agudizaron este rasgo. Sin embargo, en mi opinión, esa frialdad y ese distanciamiento le vienen como un guante y envuelven al personaje de Madeleine en un halo de misterio difícil de igualar. James Stewart, por su parte, con sus ojos tristes y su mirada melancólica, puede parecernos a primera vista la elección más lógica para encarnar al pobre detective Fergusson. Sin embargo, distaba mucho de serlo. Por aquella época, James Stewart se asociaba con «el bueno» por antonomasia. Sus papeles solían estar enfocados a hombres de moral intachable, principios sólidos y corazón generoso, cuyas acciones tendían al bien absoluto. Pero el detective Scottie dista mucho de presentar estas virtudes, y se revela como un hombre arrastrado por sus miedos y obsesiones. Tal vez fuera ese contraste, sumado a lo turbador del filme en general, lo que provocó que la película fuera rechazada por el público y se estrellara en taquilla (apenas recaudó para cubrir gastos), y tampoco fuera bien recibida por la crítica profesional, más preocupada por los códigos de moral que por su indudable excepcionalidad.

La restauración de la cinta nos permite disfrutar de Vértigo con todo el esplendor de sus colores originales. Y es que el rojo más intenso (el color de la sangre, de la vida), se muestra en oposición al verde (que lejos de representar la naturaleza, aquí representa la muerte). La primera vez que Scottie (y que nosotros) vemos a Madeleine, el verde de su atuendo contrasta vivamente con el papel de brocado carmesí que cubre las paredes del restaurante. Este código de color se repetirá a lo largo de toda la película, a veces intercambiando los roles de los protagonistas (en la casa de Scottie, es él quien reina sobre el verde y Madeleine sobre el rojo, porque de alguna forma, es ella quien lo está devolviendo a la vida tras sentirse «muerto» por dentro a causa del accidente). Pero será en el tramo final cuando el verde de las luces de neón del Hotel Empire harán posible la que es sin duda la mejor escena del filme, con una Kim Novak envuelta en una especie de verde niebla fantasmal mientras se acerca a Scottie, y por ende, a nosotros, como un trasunto del dios egipcio Osiris retornando del Más Allá.

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La importancia del color se nos revela incluso en los títulos de crédito, que son per se una pequeña joya de animación creada por Saul Bass (responsable de los icónicos openings de El hombre del brazo de oro o Con la muerte en los talones, cuyo estilo ha servido de inspiración incluso para un título tan reciente como Monstruos S.A. De igual forma la secuencia de la pesadilla de Scottie, que introduce también elementos de animación y un original tratamiento del color en un montaje que resulta altamente perturbador, es sin duda un elemento que asociaríamos sin pestañear a  cualquier filme de David Lynch.

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Como en casi toda la obra de Hitchcock, la iluminación y composición de cada escena de Vértigo no responde a criterios arbitrarios, pero tampoco busca la naturalidad, más bien todo lo contrario. La luz sirve al director como elemento teatral con el que se comunica directamente con el espectador, guiándolo a través de los giros y los juegos de espejo de la historia. De esta forma, Madeleine camina por un cementerio envuelto en un resplandor que aporta una cualidad onírica al escenario. Scottie la sigue hasta allí, y él también se adentra de lleno en ese lugar que parece no formar parte del plano de la realidad.

A pesar del uso de cromas y matte paintings en varios de sus escenarios, la ciudad de San Francisco es una parte fundamental, casi viva, de la película. Vértigo juguetea con el pasado colonial de la ciudad, y sitúa alguna de las escenas más icónicas en sus más conocidos monumentos y parajes: el Golden Gate, la torre Coit, el Parque Nacional Muir Woods, y por supuesto, sus empinadas calles, el perfecto laberinto en el que Scottie se pierde en su obsesiva persecución de Madeleine.

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La partitura de Bernard Herrmann para la película acompaña maravillosamente la acción en todo momento, ayudando a generar una creciente sensación de inquietud e incomodidad. Se puede afirmar sin temor a equivocarnos que su reconocible tema central forma parte de los anales musicales del cine.

Si  la obsesión de Tarantino con los pies es de sobra conocida, en Vértigo asistiremos a la confesión de Hitchcock acerca de su debilidad por la ropa interior femenina (en concreto por el sujetador, que curiosamente Novak se negó a usar durante la segunda parte de la película, para horror del director). Midge (Barbara Bel Geddes), la extraña amiga de Scottie, los diseña y hasta tiene un moderno prototipo sobre su mesa de trabajo.

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Y es que Hitchcock convierte Vértigo en un verdadero estudio de la obsesión, cuyos efectos haría sufrir el propio director a muchas de sus actrices protagonistas. Es también un juego de suplantación de identidades, un tema recurrente desde la mitología clásica (la concepción de Hércules), pasando por las obras de Shakespeare (Noche de Reyes) hasta el cine moderno (Hermanas, de Brian de Palma). La historia de Scottie y Madeleine tiene claras conexiones con Ligeia (el relato de Edgar Allan Poe sobre un hombre casado en segundas nupcias pero obsesionado con el recuerdo de su primera mujer), pero irónicamente también encuentra su reflejo en la realidad del rodaje del filme. Al igual que el personaje de James Stewart trata de recuperar a toda costa a su amada, incluso si eso significa transformar por completo la realidad, Hitchcock trató de convertir (sin éxito, afortunadamente) a Kim Novak en Vera Miles, su verdadera musa para esta película. Si ver esta película por primera vez resulta toda una experiencia, es sin duda un título que gana con posteriores revisionados, ya que la cantidad de elementos que la conforman, de detalles que la hacen única e irrepetible, es tal que resulta prácticamente imposible recogerlos todos de un primer vistazo.

Si no es la mejor película de todos los tiempos, sin duda Vértigo se acerca bastante a esa definición por derecho propio.

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