En un pequeño lugar de México, llamado San Acacio, corre un rumor: un sacerdote ha conseguido revivir milagrosamente a tres personas. Si esta fuera otra época, ese hombre habría sido adorado como un santo casi sin cuestionamientos. Sin embargo, la propuesta de Juan José Campanella en la serie “Los Enviados” merece una oportunidad precisamente porque esquiva los tópicos habituales.
Para verificar los supuestos milagros, el Vaticano envía a dos sacerdotes a investigar los sucesos. Por un lado, tenemos a Pedro Salinas (Luis Gerardo Méndez), un mexicano de familia privilegiada que estudió medicina y es pragmático, metódico y cerebral. Por otro lado, Simón Antequera (Miguel Ángel Silvestre), abogado español, impulsivo, intuitivo y de acción.
Al llegar al pueblo escondido en el estado de Hidalgo, se encuentran con el milagroso sacerdote, platican, comen con él y no parecen encontrar nada especial. Se retiran a dormir y al día siguiente se encuentran con que el casi santo ha desaparecido y que los resucitados han comenzado a morir nuevamente y de manera definitiva.
A partir de este momento el misterio va creciendo y se deja desenvolver como madeja de estambre, con calma y paso a paso manteniendo en vilo al espectador que necesita respuestas y las obtiene dosificadas en una experiencia que atrapa en cada uno de sus ocho capítulos.
A Los Enviados uno entra por mera curiosidad intentando responder ¿por qué en pleno siglo XXI alguien nos quiere vender un milagro en una serie digital? Y se queda porque la dinámica y la historia enganchan. Debo decir que tenía mucho tiempo que no veía una química tan genial como la que tienen en pantalla Luis Gerardo Méndez y Miguel Ángel Silvestre, me gusta porque no es una típica pareja Hollywoodense; aunque un poco hay de eso, a mí se me antoja más a algo que creo que puede tener su inspiración en el cine de oro mexicano, y es que no pude evitar evocar la dinámica que Pedro Infante y Luis Aguilar inmortalizaron en «¡A toda máquina!», uno de mis clásicos favoritos. Dicho en términos españoles se antoja a un cara a cara entre Javier Cámara y Luis Tosar, aunque con un poco menos de astucia actoral.

Otro de los personajes que me encanta es el de la Hermana Emilia (Assira Abate) y es que es una pequeña gran joya que planta cara a todo y todos con gran astucia para lograr sus cometidos y, de paso, salvarles de vez en cuando la vida a los protagonistas. Algo muy bueno debe tener esta serie porque ha conseguido hacer que una moja me caiga bien.
El final de la primera temporada es redondo, cumple con su promesa inicial, nos resuelve el misterio dejando quizá algún hueco, pero nada que afecte a la historia y eso sí nos da unos giros de trama nivel montaña rusa que satisfacen mucho. Y nos da de todo, momentos muy religiosos con el diablo de por medio, violencia, cultura mexicana, risas, misterio, crimen, sangre… y, aunque sí hay cosas que pueden llegar a descifrase antes del final, el desenlace no es precisamente predecible.
Hoy, Los Enviados ya tiene una segunda temporada, esta vez ambientada en España. Con todo eso, tengo la sensación de que ha pasado más desapercibida de lo que se merece, porque es una buena producción y la verdad, aunque se estrenó en 2021, yo recientemente la estoy descubriendo y realmente me ha dejado un grato sabor de boca.











