¿A quién le darías la cátedra: al que lleva media vida trabajando sin focos o al que vuelve de Europa con aura de estrella? Puan te lanza la pregunta con una sonrisa y se encarga de que responderla no sea tan cómodo como parece.
Sinopsis y reparto
Marcelo Pena (Marcelo Subiotto) da Filosofía Política en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, conocida por todos como «Puan» por la calle donde está. Muere su mentor, la cátedra queda vacante y él asume que le toca. Entonces regresa Rafael Sujarchuk (Leonardo Sbaraglia), antiguo compañero, con todo el glamour de fuera y que competirá por el puesto.
Completan el reparto Julieta Zylberberg, Alejandra Flechner, Mara Bestelli y Cristina Banegas, la decana. Lo firman a cuatro manos María Alché y Benjamín Naishtat, que venían del drama y del noir y aquí se estrenan en la comedia.
Crítica de Puan: el humor y el guion
Lo mejor de Puan es que su humor nace de los personajes, no de chistes pegados con celo. Sujarchuk es el gran resorte cómico: pedante, pícaro y con más ínfulas que tiempo en pantalla, porque aparece bastante menos que Marcelo. Alrededor, la película mezcla situaciones al borde del absurdo con momentos de verdad más profundos, en un tono que se sitúa entre el humor y la vena política.
El guion ganó en San Sebastián el premio al mejor guion, y se entiende: cuela a Rousseau, Hobbes, Platón o Kant sin convertirlos en adorno erudito, y consigue que un mundo tan sesudo resulte accesible. Ayuda que sus autores hablen de lo que conocen: María Alché estudió Filosofía en Puan y Benjamín Naishtat es hijo de profesor. No es perfecta, pues hay quien le achaca cierta ligereza y un tramo final que cambia de tono, pero se disfruta sin haber abierto un libro de filosofía desde el instituto.

Y hay una capa extra: la película nació para darle a Subiotto el protagonista que nadie le daba, y ese papel le valió la Concha de Plata. Hasta el casting cuenta la historia.
Puan: talento frente a fama
Aquí está lo que me interesa. Sujarchuk trae el glamour de fuera; Marcelo, en cambio, reparte su saber en clases particulares, incluso en un barrio humilde, sin ningún brillo. Pero Puan no le regala la santidad: Marcelo también necesita el reconocimiento que le irrita en su rival, y él mismo admite que solo se siente alguien en la facultad. Eso evita el cuento de buenos y malos y deja una idea más incómoda: el talento también tiene vanidad.
Vivimos rodeados de gente que sabe lucirse y de gente que trabaja, y el aplauso no siempre distingue. Quienes hacemos lo que hacemos por pasión lo sabemos de sobra. Parafraseando algo que escuché por ahí: «quería dedicarme a la cultura, pero se valora más el morbo que el arte».
Así que vuelvo a la pregunta del principio: ¿a quién le darías la cátedra? Sigo dándole vueltas, y no sé si me incomoda más la respuesta o lo cómodo que sería darla rápido.











