No hay otra opción (No Other Choice) es la más reciente película del aclamado director Park Chan-wook, cuya filmografía está marcada por giros inesperados y la voluntad de incomodar al espectador. Oldboy (2003), probablemente su título más popular, es una obra maestra moderna que termina por quebrar a quien se sumerge en ella. The Handmaiden (2016), por su parte, explora el erotismo y la venganza con una elegancia perturbadora. La venganza es un personaje más dentro de su cine y que, vuelve a aparecer en esta película.
La historia gira en torno a Min-Su, un hombre que ha dedicado su vida a trabajar en una fábrica de papel y que pierde su empleo de manera repentina. Las primeras escenas presentan una dinámica familiar aparentemente armoniosa, la casa de ensueño, la esposa que juega al tenis, una mañana de parrilla y dos perros que terminan de dibujar esta postal de plenitud. Es el triunfo del hombre trabajador, la recompensa al esfuerzo, la reivindicación de un éxito conseguido con disciplina. Sin embargo, una breve escena —un inodoro por el que escurre el agua— funciona como una imagen demoledora: todo ese universo cuidadosamente construido está destinado a desaparecer.

A partir de ese punto, No Hay Otra Opción (título en España) adquiere un tono marcadamente tragicómico. El ritmo de la cinta es dinámico y saltamos de un gag a otro, sin que la película pierda nunca su trasfondo sarcástico. Como en sus cintas anteriores, las escenas son largas y, en algunos momentos, rozan el exceso. Vemos a Min-Su junto a otros despedidos en una charla motivacional, una suerte de cofradía que busca “resocializarlos” en su nueva realidad. Park Chan-wook se apoya, como es costumbre en su filmografía, en los rostros y los gestos de sus actores; hay algo en estas interpretaciones que remite directamente al cine mudo.
Min-Su es incapaz de concebir una opción para enfrentar el desempleo. Su obsesión es volver a trabajar en una fábrica de papel. Aunque la película nos muestra que posee otras habilidades, como el cuidado meticuloso de bonsáis. Su identidad está atada a un único rol, y perderlo equivale a desaparecer. La actuación de Lee Byung-hun es la que sostiene la cinta, su trabajo es profundamente físico, expresivo, y resulta imposible no pensar en el Chaplin de Tiempos Modernos o en Buster Keaton: el hombre común enfrentado a un sistema que lo ha convertido en instrumento del propio sistema.

El título de la cinta no podría ser más preciso. No hay otra opción define esa sensación de encierro mental que domina a sus personajes, en especial a Min-Su, pero también a quienes iremos descubriendo en el camino. Su fijación desemboca en un plan para hacerse con un puesto en otra fábrica de papel. Consciente de la competencia, el protagonista decide eliminar a sus rivales. Contar el resto sería arruinar una experiencia que se sostiene en el misterio y la manipulación del espectador.
No Other Choice es una película sobre la pérdida de identidad y la violencia silenciosa que se gesta cuando el sistema deja de ofrecer salidas. Park Chan-wook vuelve a demostrar que su cine busca confrontar. Y lo hace, una vez más, con precisión visual y crudeza emocional.











