Cristina Urgel se sienta con su abuela una tarde cualquiera y le pregunta por el pasado. Por ese pasado que está lleno de penumbras, secretos y dolor. Y su abuela Celia, tal vez presintiendo que no tendrá muchas más oportunidades, decide contarle a su nieta todo lo que no pudo a su hija.
La conversación que nunca tuvimos es un corto de 19 minutos nominado al Goya a Mejor Documental. Algo tan simple y cotidiano como una grabación, una madre y su hija, escuchando el legado de una mujer a la que nunca se le permitió hablar con libertad.
Celia Garcia Mateo se quedó embarazada en 1953, el padre se desatendió de ella y, no solo eso, difundió rumores de que no era suyo y miles más de blasfemias propias de aquellos hombres que tenían libertad para decir lo que fuera, y ninguna repercusión social por ello. Para Celia sí las hubo, decidió tener a aquella niña, ¿qué más opciones tenía? En una época en la que la educación sexual era nula pero las consecuencias, irremediables.
Una madre soltera en aquella época era sinónimo de ser una bala perdida, una inconsciente, una guarra, una puta. Todo aquello que llamaron a Celia en el pueblo, en su cara, a sus espaldas y lo que es peor, en su propia casa.
María Cruz Garcia Mateo fue la niña que nació de aquel amor de juventud y que llevó con ella el peso y el estigma de ser una bastarda. Cristina nació en libertad, en un hogar, con unos padres que la eligieron. Tres mujeres, unidas por la sangre y separadas por el tabú y el silencio. Celia y su hija nunca hablaron de aquello. Madre e hija soportaron el dolor y el escarnio público como buenamente pudieron:
- ¿Y no pensaste en irte del pueblo?
- ¿Adónde?, ¿dónde íbamos a ir?
Pensé en la soberbia que a veces tenemos las hijas y las nietas que ni vivimos aquello ni sabemos lo que tuvo que ser crecer con el suelo desmoronándose bajo de tus pies. Pensé en lo severa que soy muchas veces cuando juzgo a mi madre, mucho más cuando se trata de mi abuela. Y escribir esto no repara el daño, el juicio, ni recompone todas las cicatrices que arrastramos las mujeres de mi familia. Que son muy parecidas a las que se interponen entre las mujeres de este corto.
Pero me lleva a pensar en lo fácil que vemos hablar las que crecimos en libertad, las que tuvimos un padre.
Cristina y su madre escuchan a la abuela y le van respondiendo, llorando, riendo. De alguna manera la línea temporal se diluye para que madre e hija abran sus corazones y puedan sanar.
Cuando termina, Cristina le pregunta a su madre si le ha gustado escuchar a la abuela y su madre contesta que sí pero la mira y…
Y tú…

Ese y tú…ese orgullo de que tú, hija de una niña ilegitima, nieta de una abuela proscrita, hables alto y claro. De que a ti no te vacile nadie.
Ese es el legado de nuestras abuelas.
Su historia, nuestra historia













