Por mucho que los directores reconocidos tengan un estilo y unos temas tan reconocibles hasta el punto de ser su seña de identidad, de vez en cuando se atreven a hacer un trabajo que, si bien puede amoldarse a su filmografía, por lo general suele tratarse de un proyecto más discreto, que se siente más accesible para el gran público pero que por el camino se deja bastante esos símbolos tan característicos. Un ejemplo de esto puede ser El curioso caso de Benjamin Button en la trayectoria de Fincher, y para bien y para mal la película de hoy se encuadra aquí.
Ambientada a principios del siglo XX, la historia se centra en la llegada de Sabina Spielrein al hospital del Doctor Carl Jung con el objetivo de tratar su histeria. Pero la relación entre ambos va a volverse más complicada traspasando la línea de doctor paciente cuando el psicoanalista Sigmund Freud se una a la ecuación.
A priori la idea de que Cronenberg explorase casi en formato biopic las inquietudes de Jung y Freud es algo que tiene mucho sentido, no en vano gran parte de su trabajo se ha basado en el body horror, los límites del cuerpo, la mente e incluso el tema de la sexualidad en maravillas como Crash. Quien mejor que él para hacer un tratamiento digno de dos de las figuras más controvertidas del psicoanálisis que siguen siendo objeto de debate hasta la actualidad. Y lo cierto es que la cinta empieza muy bien con la presentación de Sabina alejándola de una drama de época clásico, sacando a relucir la incomodidad por sus ataques de histeria entre todo el ambiente teóricamente prístino.
Pero sus intenciones son más ambiciosas de lo que el filme puede abarcar, pues es a la vez un drama doméstico con el Doctor Jung y su vida familiar, un thriller semierótico que busca explorar a fondo los deseos en base al psicoanálisis, la psiquiatría y la medicina; y un drama más clásico que quiere enfrentar las posturas de Freud y Jung. Tiene todos los ingredientes para lograr un trabajo que dentro de lo convencional podría amoldarse al estilo del realizador, y lamentablemente, todos los frentes se sienten descoyuntados, como si en el fondo Cronenberg no supiera qué hacer con todas las partes que deberían conformar un todo. Ni siquiera la parte corporal ni sexual es especialmente reseñable.

Tiene escenas donde la brillantez de lo que pudo haber sido salen a relucir, sobre todo en las secuencias donde se intenta abordar de manera dialéctica el psicoanálisis, donde el espectador puede acompañar a Jung o a Spielrein en sus hipótesis; o aquellas que parece que van a marcar el punto de giro en los personajes empujándolos a un abismo del que no podrán escapar. Son las únicas ocasiones en las que los personajes se pueden sentir como personas y no como meros esbozos sacados de una página de Wikipedia. Y se podría argumentar que esa visión más fría, más clínica estaría justificada por el tema que trata, pero incluso en las historias que buscan marcar una distancia y prefieren limitarse a contar hechos dentro de la ficción se necesita que los personajes despierten algún tipo de emoción, algo que no logra suceder en este caso.
Los personajes de manera curiosa están encorsetados para representar arquetipos. La Sabina de Keira Knightley parece sacada de una película de exorcismos de lo pasada de vueltas que está por su histeria y se queda en una mujer caprichosa, irascible y cuya condición parece ir y venir a conveniencia del guion. Entre todo el reparto el único que quizá destaca para bien y eso que su aparición es breve es Vincent Cassel como Otto, un personaje que cuando irrumpe en la pantalla es el equivalente poner todas las especias en el caldo para darle algo de sabor, uno que también acaba diluido por lo casi esporádica que es su presencia, pero deja muy buen sabor de boca por las intenciones de ponerlo todo patas arriba.
Tiene aspectos técnicos rescatables como la fotografía que se adapta como un guante a la precisión quirúrgica del entorno médico y que combina la majestuosidad de la naturaleza suiza con cierto aire inquietante, la no menos impresionante majestuosidad del entorno urbano, bucólico y lleno de castillos mientras en los despachos se discuten los más oscuros deseos y traumas del ser humano, o la clásica pero siempre efectiva banda sonora de Howard Shore, quien con Cronenberg demuestra ser un tándem imbatible.
Resulta irónico que una película que busca centrarse en dos de las figuras clave del psicoanálisis se quede tan en tierra de nadie, pero en su afán de ser contenida el resultado es poco más que correcto.











