En la actualidad se suele repetir que las grandes producciones, aquellas que están destinadas a ser los grandes taquillazos del año, no tienen apenas personalidad y que se basan en propiedades intelectuales ya preexistentes. Pero si se echa la vista atrás, algunas películas veneradas por la inmensa mayoría también son remakes o adaptaciones de otras historias, como pueden ser La cosa de John Carpenter o La mosca de David Cronenberg. Con estos ejemplos no vengo a defender que todos los blockbuster se basen en ideas ya existentes, sino que muchos de las críticas que se hacen en la actualidad son algo inherente al sistema de Hollywood y no solo un bache del siglo XXI. Pero al igual que los ejemplos de Carpenter y Cronenberg, más alejados del prototipo de blockbuster, hay ocasiones donde una película puede readaptar una historia y convertirse en una bomba capaz de arrasar en taquilla y de ganar premios como los Oscar.
Inspirada en la serie de televisión homónima creada por Roy Huggins, la historia se centra en Richard Kimble, un respetado cirujano de Chicago que es acusado como el principal sospechoso de asesinar a su mujer Helen. Al no haber pruebas sólidas, Kimble es condenado a muerte. Pero durante su traslado a la cárcel su autobús sufre un accidente que le permite escapar. Convertido en prófugo, Richard Kimble emprende una búsqueda para limpiar su nombre y demostrar su inocencia, solo que el marshal Samuel Gerard anda detrás de él y no se lo pondrá fácil.
Al no estar familiarizada con la serie de televisión original, mi opinión está únicamente basada en lo que he podido ver en la película, por lo que no puedo hacer un análisis más profundo acerca de la adaptabilidad. Aclarado esto, la cinta sabe perfectamente antes siquiera de que empiecen los créditos, que al mostrar el asesinato de Helen con unos cortes muy bien calculados para sembrar la suficiente duda, es un punto de partida excelente para captar la atención del espectador. Y el guion a cargo de David Twohy y Jeb Stuart al menos en el inicio no busca detenerse en minucias, ya que con una elipsis Richard Kimble y los espectadores están metidos en medio de toda la acción y casi sin pausa hasta el final. No se trata de un gran rompecabezas argumental, pero el juego del gato y ratón al no da ningún tipo de tregua ni de intelecto ni de acción y hace que la película casi que se pase en un suspiro.
La dirección de Davis, el guion de Twohy y Stuart y el calculado montaje conjuran a partes iguales una acción trepidante con persecuciones imposibles y unas revelaciones que vienen de parte de Kimble, Gerard y del público al mismo tiempo que incrementan el suspense y alimentan también la acción en una carrera a contrarreloj para que Kimble pruebe que es inocente. En cuanto a la factura técnica, además del rey indiscutible que es el montaje destaca la fotografía urbana que se siente en todo momento como una prisión de cemento para Kimble, quien poco importa que se vea obligado casi a vivir en clandestinidad y revisando cada uno de sus pasos, pues ya sea en un multitudinario desfile, en un abarrotado hospital o en una concurrida estación de metro la tensión siempre está presente. Y por supuesto la banda sonora de James Newton Howard acentúa las escenas con mayor dramatismo sin sentirse invasiva.

Aunque el filme cuente con secundarios que elevan la tensión, lo cierto es que se trata del recital de dos. Evidentemente, Kimble y Gerard. El Richard Kimble de Harrison Ford es el hombre dispuesto a todo con tal de escapar del yugo de la justicia, y es de agradecer que en gran parte de sus escenas Harrison Ford se atreva a hacer sus propios stunts. Pero Tommy Lee Jones como Samuel Gerard se roba cada una de las escenas en las que aparece. Ese marshal que no es otro que un perro viejo, que se las sabe todas, que es persistente y cabezota a hacer las cosas a su manera podría resultar en un personaje antipático, pero Jones logra darle tridimensionalidad al estar genuinamente preocupado por creer en la inocencia de Kimble y hacer su trabajo de forma diligente. No es de extrañar que con este personaje se le otorgase un Oscar.
Quizá mi única crítica respecto a la cinta y a los personajes es un mal necesario, que para que tanto el fugitivo de la justicia como el agente de la ley se vean como personajes inteligentes y habilidosos, por ende el resto de secundarios deben ser menos capaces de hilar los hilos, o incluso en algunos casos, de ser menos competentes. Y también hay ocasiones en las que para que la trama sea favorable de cara a Kimble y Gerard hay ciertas conveniencias con las que hay que suspender la credibilidad.
Aun con todo, la película es un gran ejemplo de que a veces solo basta en tener estrellas, una historia atractiva y un equipo muy notable detrás de cámaras para convertirse en un auténtico blockbuster y uno de los grandes filmes de su año, llegando a estar reconocida en premiaciones.











