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Titanic (1997) - Reseña de la película

Toca viajar a los 90 en nuestro Verano de Blockbusters, la década que parió monstruos de taquilla a puñados, pero en concreto hablaré de Titanic (1997), de James Cameron. Aviso ya de que esto no va a ser la enésima oda al «my heart will go on»: técnicamente me parece una auténtica pasada, sí, pero en lo que a mí más me importa a la hora de juzgar una película (el guion) la cosa se queda bastante corta. Y las interpretaciones tampoco es que me parezcan para enmarcar. Sé que con esto me convierto en una rareza estadística, pero bueno, para eso está este blog: para hablar sin postureo.

Una historia de amor con un iceberg de por medio: Titanic

Cameron escribió y dirigió la película él solito, y la idea le vino de su afición al submarinismo: tras conocer a Robert Ballard, el oceanógrafo que descubrió los restos del Titanic en 1985, durante el rodaje de El secreto del abismo (The Abyss), se obsesionó con la historia. Y no quería hacer una peli de catástrofes al uso, sino algo más cercano a Doctor Zhivago: un gran romance atravesado por la Historia con mayúscula. De ahí nacen Jack Dawson (Leonardo DiCaprio), un pintor sin un duro que gana un billete de tercera en una partida de cartas, y Rose DeWitt Bukater (Kate Winslet), prometida a la fuerza con el insufrible Cal Hockley (Billy Zane). Completan el reparto Kathy Bates como la inolvidable Molly Brown y Gloria Stuart como la Rose anciana.

El rodaje fue una odisea en toda regla: lo que iba a costar 100 millones de dólares acabó disparándose por encima de los 200, hasta el punto de que Cameron renunció a su sueldo de director y a su porcentaje de taquilla con tal de terminar la película como él la había imaginado. Como anécdota (bastante macabra) de set: un día de rodaje en Canadá, alguien puso PCP en la sopa del equipo técnico y más de 50 personas acabaron en el hospital, Cameron incluido, sin que nunca se supiera quién fue el responsable. Y aquí otra curiosa: DiCaprio estuvo a punto de perder el papel por negarse a hacer una prueba de cámara, convencido de que aquello era solo una reunión para conocer a Winslet. Vamos flipao’ desde tiempos inmemorables.

La película se estrenó primero en el Festival de Tokio el 1 de diciembre de 1997, y en EE.UU. el 19 de ese mismo mes, y en los Oscar de 1998 arrasó con 11 estatuillas de 14 nominaciones, empatando entonces con Ben-Hur como la más premiada de la historia (después la alcanzaría también El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey). Curiosamente, ni el guion de Cameron ni la interpretación de DiCaprio entraron en las quinielas, aunque sí lo hicieron, por separado, Kate Winslet y Gloria Stuart, nominadas ambas por interpretar al mismo personaje. En taquilla fue la primera película de la historia en superar los mil millones de dólares, con 1.843 millones en su estreno original, cifra que hoy roza los 2.200 millones sumando reestrenos. Sigue siendo la cuarta más taquillera de todos los tiempos, por detrás de Avatar, Vengadores: Endgame y Avatar: el sentido del agua, dos de ellas, también firmadas por el propio Cameron. El tío se hace la competencia a sí mismo. Ahí es nada. Y decía el otro día que Spielberg era una máquina de hacer blockbusters… pues Cameron sin duda es el dueño de la pelota.

Titanic (1997)

Cuando el decorado le gana el pulso al guion

Y aquí toca ser sincero. Técnicamente, Titanic sigue siendo un prodigio casi treinta años después: el hundimiento está rodado con una precisión que todavía impresiona, la mezcla de maquetas, efectos prácticos y CGI aguanta el tipo mejor que blockbusters mucho más recientes, y la partitura de James Horner hace el trabajo sucio en más de una escena que, sin música, se quedaría en agua de borrajas (nunca mejor dicho). Pero el guion es el flanco más débil para mi gusto: un romance con los arquetipos de siempre, ella buena, sensible y rica, él pobre, granuja pero de buen corazón, con giros que se ven venir desde el propio iceberg. Y las interpretaciones, honestamente, tampoco me parecen gran cosa; de hecho, ni siquiera la Academia pensó que la de DiCaprio mereciera una nominación, así que no debo de ser yo tan raro después de todo.

Y sin embargo (aquí viene lo interesante), la película engancha. Engancha incluso a quien no es su público, y lo sé porque tengo una prueba irrefutable en casa. La primera vez que la vi fue en la tele, hace mil años, un día cualquiera entre semana: ya habíamos cenado, mi madre y mi hermana se habían ido a dormir, y mi padre y yo nos quedamos en el sofá haciendo zapping. Vimos que empezaba Titanic y solté aquello de «déjala, así nos entra sueño y nos vamos pronto a la cama». Tres horas después seguíamos los dos ahí, enganchadísimos, sin ninguna explicación lógica, porque ni es mi tipo de película ni me parece particularmente buena. Nos acostamos tardísimo, al día siguiente yo llegué tarde al instituto y mi padre por poco no llega a trabajar, y esa noche nos reímos un buen rato recordando lo absurdo que había sido: dos personas sin ningún interés especial en esa peli, incapaces de levantarse del sofá. Es una tontería, lo sé, pero es de esos recuerdos que guardo con mucho cariño, porque con mi padre no es que me sobren momentos así. Y creo que dice más sobre la fuerza de Titanic como fenómeno que cualquier análisis de guion que yo pueda hacer.

Ahí está, para mí, la clave de todo: Titanic no funciona por lo bien escrita o interpretada que esté, funciona como experiencia, como acontecimiento. Lo de DiCaprio confirma la teoría: se convirtió en la estrella más deseada del planeta de la noche a la mañana (aunque su carrera ya venía en ascenso), la «Leomanía» llenó portadas de revista durante meses, y sin embargo su trabajo aquí ni siquiera fue el que la Academia consideró su mejor baza ese año. A veces una carrera no explota por la interpretación de la vida, sino por estar en el sitio exacto, con el director exacto, en el fenómeno audiovisual exacto. Y eso, siendo justos, sigue siendo bastante más raro de lo que parece.

LA NOTA DE FILMFILICOS

EN POCAS PALABRAS

La película Titanic fue un prodigio técnico con los pies de barro en el guion, que aun así consigue enganchar hasta a quien no es su público. Ahí reside su verdadero misterio.

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El fugitivo

Autor/a

Makelelillo (AKA Rafa Mollá)

Descripción: Disfruta del cine como un niño de un juguete nuevo. Odia las películas que comienza a ver con una cierta expectación y que va descendiendo conforme avanza, pues se convierten en algo infumable, no tiene pelos en la lengua a la hora de opinar y nunca se censura nada. Autobiografía: Aunque no soy especialista en nada en concreto, me gusta bastante incordiar y reirme de casi todo... y hablar de cine claro. Frase: “Te pierdes en los detalles”.

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