Emerald Fennell se ha ganado a pulso el derecho a hacer lo que le da la gana. Con Una joven prometedora y Saltburn ya dejó claro que su mirada es oscura, incómoda y completamente personal. Ahora llega Wuthering Heights, su versión de Cumbres Borrascosas, y los amantes de Emily Brontë no han salido precisamente contentos.
La historia es la de siempre: la intensa y autodestructiva relación entre Heathcliff y Catherine Earnshaw en los páramos de Yorkshire. Criados juntos, separados por las barreras sociales, consumidos por una pasión que va de lo romántico a lo tóxico sin apenas transición. Una historia de lujuria, amor y locura que ya tiene versiones memorables, como la de 1992 con Ralph Fiennes y Juliette Binoche.
Lo que hace Fennell aquí es otra cosa. Desde los carteles promocionales y el tráiler ya se intuía que no iba a contentar a quienes esperaban fidelidad a la novela, y así ha sido. El problema con las adaptaciones literarias es siempre el mismo: quien se sabe el libro de memoria llega al cine buscando exactamente eso, y cuando no lo encuentra, la directora se convierte automáticamente en una irresponsable. Emerald Fennell no parece perder el sueño por eso.
Su Wuthering Heights es oscura, teatral y deliberadamente incómoda, en la línea de sus trabajos anteriores. Apuesta por decorados de aire teatral, una paleta de colores sombríos y una atmósfera en la que parece que siempre llueve y siempre duele. La fotografía, el diseño de vestuario y la dirección de arte son espectaculares. La banda sonora de Charli XCX resulta una elección arriesgada que funciona: sensual, enigmática y nada obvia.
Margot Robbie y Jacob Elordi encarnan a Catherine y Heathcliff con una química física innegable. No son actores de gran registro, pero Fennell vio exactamente lo que necesitaba en ellos: dos cuerpos capaces de quemar la pantalla. Lo erótico está presente, pero con una elegancia que lo aleja de cualquier comparación con títulos que usan el sexo como reclamo vacío.
Wuthering Heights no busca agradar. Se burla del género romántico, se deshace del convencionalismo y no pide perdón por ello. Eso, aunque incomode, también merece un aplauso.











