Hay películas que te llegan sin avisar. Sin campaña de marketing, sin carteles en el metro, sin que nadie te las recomiende en un chat de grupo. Septiembre (2023) es exactamente ese tipo de película: la que encuentras de casualidad y te hace pensar, durante sus 83 minutos, en alguien a quien no llamas desde hace años. En un verano que ya no existe. En una pregunta que nunca llegaste a hacer.
Carlos Aceituno debuta en el largometraje de ficción con una propuesta tan modesta en sus medios como honesta en sus intenciones. Y eso, en el panorama del cine español independiente, no es poco.
La historia, el equipo y los actores de Septiembre
Alma vuelve al pueblo. La muerte de su madre es la excusa oficial, pero debajo hay mucho más: una relación que ya no funciona, un embarazo que complica las cosas, y la vaga sensación de que la vida tomó un desvío hace tiempo y nadie se dio cuenta. Alex, su primer amor, nunca se fue del pueblo. Se quedó, echó raíces, dejó que los años le fueran creciendo encima como el musgo en una piedra. Y ahora, sin haberlo planeado nadie, los dos coinciden en el mismo fin de semana de septiembre.
Todo transcurre en Valdepeñas de Jaén, un escenario de piedra caliza y luz dura que Aceituno, jienense, usa con criterio. El pueblo no es decorado: es personaje. Esa Andalucía interior, sin glamour ni folclore de exportación, que pocas veces aparece en el cine español.
Cristina Mediero y David Villanueva sostienen la película prácticamente solos, y lo hacen bien. Muy bien, de hecho. Hay escenas entre ellos donde el diálogo fluye con esa naturalidad incómoda que tienen las conversaciones reales, las que no siguen el guion que uno esperaba. Aceituno sabe escribir cómo habla la gente: con rodeos, con silencios, con cosas que se dicen a medias porque decirlas del todo daría demasiado miedo. Es ahí donde la película encuentra su mejor versión.
La banda sonora corre a cargo de Pachi García (Alis), con un tema principal, La ley del equilibrio, que acompaña sin estorbar. Discreta, como todo en esta película.

Lo que funciona, lo que cojea y lo que da igual
Septiembre es una película que empieza fuerte y se va desinflando un poco hacia el final. No porque la historia traicione al espectador, sino porque la inercia dramática que genera en su primera mitad no termina de resolverse con la misma energía. Es previsible, sí. Pero hay géneros donde la previsibilidad no es un defecto, sino el contrato tácito entre película y espectador: sabes más o menos adónde van, y el placer está en el viaje.
El problema más evidente está en la parte técnica. Hay momentos donde la fotografía de Alberto Cartagena consigue encuadres de verdad bonitos (esa luz de tarde sobre la piedra blanca) y otros donde la película se pone a sí misma la etiqueta de «rodaje de fin de semana con lo que había». El sonido directo, el montaje con algún corte brusco, ciertos movimientos de cámara que no acaban de decidirse… Son detalles que en otra película pasarían desapercibidos pero que aquí, dado lo íntimo del relato, se notan más de la cuenta.
Y sin embargo. Hay algo en Septiembre que persiste después de verla. Quizás porque la pregunta que plantea es de esas que no tienen respuesta cómoda: ¿Qué habría pasado si? Es una pregunta trampa, claro. Pero todos la hemos formulado alguna vez, casi siempre en septiembre, cuando el año se reinicia y uno se da cuenta de que sigue siendo el mismo.











