Hay películas que llegan a destiempo, y no porque hayan envejecido mal, sino porque ya nacieron con cierta sensación de incomodidad. El novio de mi madre, escrita y dirigida por Amy Heckerling, es una comedia romántica que juega con una premisa interesante (el paso del tiempo, el deseo, la inseguridad), pero que nunca termina de decidir qué quiere ser ni a quién quiere hablarle.
La historia gira en torno a Rosie, una guionista de televisión interpretada por Michelle Pfeiffer, que se enamora de Adam (Paul Rudd), un actor más joven que ella. Hasta aquí, una comedia romántica más o menos clásica. El problema (o el conflicto, según se mire) es que Rosie no solo lidia con sus propias inseguridades respecto a la edad, sino también con una hija adolescente (Saoirse Ronan, en uno de sus primeros papeles) que atraviesa su propio despertar emocional, y con una voz en off que representa a la Madre Naturaleza (Tracey Ullman) recordándole constantemente que el reloj biológico no perdona.
Y aquí está una de las claves de la película: la idea es mejor que el resultado. Heckerling intenta reflexionar sobre cómo la sociedad castiga a las mujeres que envejecen, especialmente en comparación con los hombres, pero lo hace desde un tono tan ligero, tan irregular, que muchas veces el mensaje se diluye entre gags que no terminan de funcionar y situaciones que rozan la caricatura.

Michelle Pfeiffer sostiene la película con elegancia y una presencia que sigue siendo magnética. Su personaje resulta creíble en sus dudas, en su miedo a no encajar, en esa sensación tan reconocible de sentirse fuera de lugar incluso cuando todo, en teoría, debería ir bien. Paul Rudd, por su parte, aporta simpatía natural, aunque su personaje está escrito de forma demasiado plana como para generar un verdadero conflicto emocional. La relación entre ambos funciona más como idea que como emoción real.
Lo más interesante de El novio de mi madre no está tanto en el romance como en lo que rodea a Rosie: la presión social, la maternidad, el miedo a desaparecer, a dejar de ser deseable, a volverse invisible. Ahí es donde la película apunta maneras, donde podría haber sido más honesta, más incómoda, incluso más valiente. Pero se queda a medio camino, como si no se atreviera a incomodar del todo al espectador.
Al final, El novio de mi madre es una comedia romántica irregular, con momentos simpáticos y una protagonista que merece algo mejor. No es una película especialmente mala, pero tampoco deja huella. Se ve, se olvida y, quizá, deja una reflexión flotando que podría haber sido mucho más profunda.











