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Crítica película La Invitación

Después de pasar por el Festival de Sitges, acabar siendo la película ganadora de la pasada edición, inaugurar la decimotercera Muestra Syfy en Madrid y unos meses después llegar a las salas comerciales, por fin he podido ver La Invitación.

Will y Kira son invitados a la casa de David y Eden. Los invitados no solo serán ellos, si no un gran grupo de amigos que llevan sin verse mucho tiempo; en concreto desde que Will y Eden eran pareja y perdieron a su hijo. Ahora que la vuelve a ver, ella ha cambiado de forma inquietante.

Es poco, pero es lo que se puede decir sobre la trama sin desvelarlo todo. Esta sería la clase de película que cuanto menos sepas sobre ella, mejor. Por su argumento y sin saber mucho, pensé que podría ser una película que imitase a Tú eres el siguiente (2011) o a The Guest (2014), las cuales recomiendo si no las habéis visto. Es bastante distinta a lo que me esperaba, pero no es mala ni muchísimo menos. Si crees que vas a ver algo que de muchísimo miedo y tenga grandes dosis de gore, siento comunicarte que La Invitación no es para ti. Te va a hablar de como el dolor que llevas guardado mucho tiempo en tus entrañas, puede obligarte a cometer atrocidades con tal de librarte de él. Hasta aquí puedo leer.

Se le puede achacar que de sus 95 minutos que dura, hasta que pasa la hora los personajes se dedican a hablar. Pero incluso con eso, va construyendo una atmósfera malsana, agobiante y asfixiante dentro de una casa, que va creciendo llegando a un punto en el que se hace incómodo gracias al guión y a los gestos de los personajes. Nosotros vamos teniendo la misma sensación de inquietud que los protagonistas. Y al final tanta tensión que va construyendo acaba explotando de alguna forma, brindándonos la acción que me hubiese gustado ver unos minutos antes. Destacar también que para estar ambientada en Los Angeles, la fotografía nos aleja del lujo y del glamour propio de esa ciudad, optando por más oscuridad y que juega muy bien a crearnos sensaciones de aislamiento.

Un ejercicio de tensión que pese a no ser la típica película “al uso” y que no sea para todo tipo de público, juega muy bien sus cartas. Ah, y para es una gran mejoría en los films de la directora Karyn Kusama, quién hasta ahora tenía en su currículum cosas como Jennifer’s Body (2009) o Aeon Flux (2005).

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