En pleno especial de Navidad de Filmfilicos y, como era de esperar, Netflix se ha postulado a participar en la fiesta con su aportación anual de comedias navideñas. Este año nos trae El secreto de Papá Noel (título original My Secret Santa), una película navideña que podría describirse, sin miedo a exagerar, como otra cinta más de diciembre que pasa sin pena ni gloria. Tan olvidable que da la sensación de haberla visto antes —y más interesante— aunque no sea así.
La historia tiene todos los ingredientes supuestamente clásicos: Taylor, una madre soltera interpretada por Alexandra Breckenridge, pierde su trabajo justo antes de la Navidad. Necesita un salario para poder pagarle a su hija las clases de snowboard en un resort de la ciudad, y la única oportunidad de empleo que aparece es disfrazarse de Papá Noel para cubrir un puesto en ese complejo turístico. Lo que debería ser una excusa para una comedia ligera se convierte, poco a poco, en una sucesión de escenas genéricas que podrían haber sido escritas por un algoritmo con manual de clichés bajo el brazo.
El guion, obra de Carley Smale y Ron Oliver, intenta mezclar romance con espíritu navideño, pero lo que surge en pantalla no provoca ni risa ni calidez. La trama romántica con Ryan Eggold como el atractivo hijo del dueño del resort no logra el impacto deseado porque los personajes están construidos con el mismo entusiasmo con el que uno elige calcetines a última hora: con resignación.

Y es difícil no pensar, mientras ves la película, en el problema más grande de estas producciones: parece que Netflix y otras plataformas tienen un grifo abierto sin ningún filtro de calidad. Estrenar algo por estrenar, con la esperanza de que la etiqueta «navideña» haga el resto, funcionará en métricas y en recomendaciones algorítmicas… pero no con la audiencia que espera algo que valga la pena recordar. No es que todas las comedias de temporada tengan que ser brillantes, pero sí intentar ser originales, divertidas o, al menos, entretenidas de verdad.
La película ocupa un terreno cómodo: sonrisas suaves, conflicto mínimo y resolución instantánea. Es ese cine que podrías ver de fondo mientras haces otra cosa, y aun así probablemente no te pierdas nada. La dirección de Mike Rohl sostiene la película sin sobresalir; escenas, planos y ritmo se sienten seguros, correctos, pero sin alma.
En definitiva, El secreto de Papá Noel es un ejemplo claro de lo que ocurre cuando las películas de Navidad se producen “a granel”: un producto correcto en forma pero hueco en fondo, hecho para llenar catálogo y no para quedarse en la memoria. Si lo que buscabas era una comedia navideña con gracia, chispa o incluso algo de romanticismo con autenticidad… probablemente te quedes con las ganas.












