Durante los años 30 y 40, el cine de terror de serie B encontró su lugar como un refugio creativo para producciones de bajo presupuesto, sin grandes campañas de promoción y con una libertad formal que muchas veces el cine “serio” no se permitía. Décadas después, en los años 80, ese espíritu mutó en algo más gamberro, más excesivo y directamente grotesco. En ese contexto nació El vengador tóxico original, dirigida por Michael Herz y Lloyd Kaufman, una película que se convirtió en título de culto dentro del cine trash y del universo Troma.
Ahora, Macon Blair recupera aquel icono con un remake estrenado finalmente en 2025 (aunque terminado un par de años antes) y el resultado es, cuanto menos, cuestionable. La historia vuelve a centrarse en Winston Gooze, un conserje explotado y maltratado por su entorno que, tras sufrir un accidente con residuos tóxicos, se transforma en una suerte de antihéroe mutante: el Vengador Tóxico. A partir de ahí, la película intenta construir una sátira sobre el poder corporativo, la corrupción y la violencia estructural, todo envuelto en un baño de gore y humor negro.
El problema no está en la idea. La parodia del cine de superhéroes sigue siendo válida, incluso necesaria. El problema es cómo se ejecuta. Lo que en los años 80 podía funcionar como provocación hoy se siente rancio, torpe y visualmente agotador. El diseño de producción parece anclado en una estética que ya no incomoda ni sorprende, solo cansa. El guion se recrea en lo grotesco sin aportar capas nuevas, y los efectos visuales resultan tan pobres que, lejos de generar impacto, provocan desconexión.

Macon Blair, que firmó una interesante ópera prima con Ya no me siento a gusto en este mundo, aquí pierde completamente el control del tono. La película no sabe si quiere ser sátira, homenaje o simple provocación vacía. Que tardara dos años en encontrar distribución debido a su contenido gráfico dice mucho del desconcierto que genera el proyecto.
En el reparto, Peter Dinklage encabeza el filme en un papel que refuerza cierta sensación de encasillamiento, mientras que Kevin Bacon, como villano, no consigue levantar un personaje plano y poco inspirado. Nada termina de funcionar ni de justificar su existencia.
Hay películas que incomodan de forma inteligente. Y luego están las que, como esta nueva versión de El vengador tóxico, duelen a la vista. Más que una provocación, parece un ejercicio de autodestrucción cinematográfica.











