Bienaventurados quienes tienen buenos vecinos… porque los demás seguramente nos hemos encontrado con personas que nos hacen la vida imposible. No siempre por maldad, sino porque no coincidimos en ideas, costumbres o formas de vivir. Aunque, claro, también existe quien simplemente disfruta ver el mundo arder, y entonces no queda más que mudarse… o resistir.
Por eso, la historia detrás de La Vecina Perfecta bajo la dirección de Geeta Gandbhir y nominada a Mejor Documental en los Óscar 2026, no es fácil de desmenuzar.
Como premisa, una mujer blanca asesina a su vecina de enfrente, dejando al descubierto una problemática racial constante en Estados Unidos. El contexto, construido únicamente a partir de videos de seguridad policial, parecería suficiente para condenar el crimen; sin embargo, también recuerda que no siempre ocurre así y que, con frecuencia, el sistema privilegia a los blancos mientras delitos de esta gravedad quedan impunes.
Como denuncia social resulta poderoso, pero la mirada no puede quedarse en un solo lado. Nada justifica el funesto desenlace; aun así, el documental muestra cómo ciertas tensiones vecinales escalan mientras una de las mujeres expresa de forma insistente su molestia e inconformidad. No solo avisa: grita, denuncia, pide ayuda… y termina siendo vista como exagerada.
Una cara de la moneda evidencia que la mujer blanca no sufría agresiones graves: niños jugando, ruido cotidiano, juguetes en el camino, vecinos que la consideran simplemente una “vieja amargada”. Nada que justifique el uso de un arma.
La otra cara —opacada por el crimen— retrata a alguien que encarna la figura de la “Karen”, término popularizado en pandemia para describir de forma despectiva a mujeres blancas de clase media que reclaman privilegios. Un apodo que simplifica, reduce y evita preguntas más incómodas.

Incluso antes del asesinato, resulta fácil despreciar su comportamiento: llamadas constantes a la policía, regaños a los niños, letreros de advertencia. Pero en ningún momento aparece una intervención que intente comprender qué había detrás de esa conducta. ¿Era sólo racismo? ¿Había un deterioro emocional previo? Ella misma menciona haber sido asaltada y agredida sexualmente en otro contexto, una señal de alarma que nunca parece atenderse.
Ahí es donde el documental incomoda de verdad. Porque, aunque cumple su función de denuncia, homenaje y memoria, también deja flotando una pregunta perturbadora: si los conflictos vecinales y las señales de riesgo hubieran sido atendidos profesionalmente desde el inicio, ¿habría podido evitarse el crimen?
La Vecina Perfecta atrapa porque chisme es chisme, pero trasciende cuando obliga a mirar las fallas estructurales que permiten que una tragedia ocurra frente a todos. Más que ofrecer respuestas, abre una conversación necesaria sobre racismo, salud mental, abandono institucional y violencia cotidiana.
Y quizá esa sea su mayor virtud: recordarnos que las historias que parecen ajenas suelen empezar con problemas pequeños que nadie quiso escuchar. Ver este documental no es cómodo, pero sí profundamente necesario.











