Si hace unas semanas comentaba el hecho de que de cara a los Oscars en la categoría de mejor película de animación la vertiente de las cintas más comerciales con las más artesanales es una constante, la categoría reina de mejor película no se queda atrás. Desde hace unos años esa tendencia es habitual dentro de la Academia con tal de reconocer un espectro más amplio del cine que se hace, aunque haya ocasiones donde ese reconocimiento esté más justificado.
Basada en la novela homónima de Denis Johnson, la historia sigue la vida de Robert Grainier, un jornalero del Medio Oeste durante la construcción del ferrocarril en los Estados Unidos de principios del siglo XX. Robert lleva una vida pacífica hasta que le golpea la tragedia, por lo que deberá luchar para adaptarse a su nueva situación.
He de aclarar que no estoy familiarizada con la novela original, por lo que para esta ocasión mi opinión solo puede abarcar lo visto en la película. Desde el minuto uno es clara su procedencia narrativa con el uso pronunciado de la voz en off. Y aunque de primeras pueda parecer un recurso que se hace pesado a medida que transcurre el metraje, dada la naturaleza tan introspectiva del filme ofrece un poco más de contexto que de otra forma se quedaría corto. Al tratarse de una historia de introspección de su personaje principal, más allá de la tragedia que se suma sobre él, no hay grandes acontecimientos que marquen su vida o que lleven la narración de forma lineal. La cinta prefiere centrarse en pequeñas interacciones, en instantes mundanos que aparentemente no son llamativos o trascendentes para forjar el carácter de Robert. Esa suma de pequeños momentos, en teoría inofensivos, son tanto positivos como aquellos donde se muestra a Robert con su esposa Gladys y su hija Kate en la naturaleza con plenitud, como los negativos, más relacionados con el trabajo, las injusticias del día a día debido a los repentinos estallidos de violencia sistémica o peripecias con sus compañeros en una labor tan poco agradecida.

Es notable la influencia tanto visual como narrativa que ejerce Terrence Malick sobre el filme. A nivel narrativo está esa sensación muy buscada de dejar que el tiempo y los acontecimientos permeen poco a poco a sus personajes y que se vean más abocados a la reflexión a la vez que el ritmo es más contemplativo. Por otra parte, está la absoluta comunión con la naturaleza y los bosques que se alzan imponentes y recónditos, muy deudora del cine de Malick e incluso de Tarkovsky con su famosa filosofía de esculpir el tiempo, y ayudada por la fotografía donde la luz natural o el intento de emular la luz natural por parte Adolpho Veloso cada plano adquiere un tono de belleza y melancolía difíciles de explicar. Por no hablar de la envolvente banda sonora a cargo de Bryce Dessner, que si bien sutil consigue enfatizar más el tono de nostalgia este flashbacks y escenas del presente. Y aunque es muy loable el ambiente que logra crear la película, es cierto que hay que tener el estado de ánimo adecuado para abordarla, o de lo contrario la tarea puede hacerse cuesta arriba.
Y si la consistencia del tono va a ser introspectivo, no es de extrañar que las interpretaciones vayan por ese camino con resultados muy solventes. Joel Edgerton como Robert hace una interpretación muy sutil durante toda la cinta, con unas sonrisas y amabilidad genuinas en la primera parte para luego pasar a una actitud mucho más taciturna y desapegada de la realidad, aunque siempre con un pequeño resquicio de esperanza en la mirada por mejorar su situación. El resto de personajes, si bien su presencia es breve, destacan Felicity Jones como Gladys y William H. Macy como Arn Peeples. La primera por ser el mejor reflejo de esa luz literal y metafórica en la vida de Robert, y el segundo por ser alguien que parece haber hecho las paces consigo mismo, o que al menos lo va a intentar hasta el final y es capaz de dejar una gran impresión con pocas palabras.
En líneas generales, se trata de una historia sencilla y con un ritmo pausado que hay que estar en el estado de ánimo apropiado para saber apreciarla.











