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Crítica de la película El gran showman

El triunfo entre crítica y público que supuso La La Land el año pasado se ha traducido en que algunos grandes estudios busquen apostar por musicales originales para ver si pueden repetir con el mismo éxito esa jugada. Y la película que toca comentar hoy parece haber cumplido a medias ese objetivo, ya que entre la crítica quizás no ha gustado tanto pero sí ha logrado encandilar al público.

La historia situada en Nueva York en el siglo XIX sigue a Phineas Taylor Barnum, un hombre que, pese a sus orígenes humildes, su sueño es crear un gran espectáculo que llame la atención de todo el mundo y al mismo tiempo, demostrar que es un marido y padre competente capaz de brindarle a su familia todo lo que necesite.

Ya que ha salido a la palestra la cinta de Damien Challeze, me gustaría recalcar que algo que hacía muy bien era darle al público esperanzas de que nunca se debe dejar de soñar y que por muy imposibles que puedan parecer los sueños estos pueden llegar a hacerse realidad. He de decir que no soy una persona especialmente partidaria del positivismo de manera exagerada, pero considero que un rayo de esperanza no le hace daño a nadie. Al fin y al cabo, uno cuando se pone a ver una película busca durante unas horas desconectar de la realidad y que le narren una historia maravillosa que, de alguna forma, cuando haya acabado la película, está se haya quedado en el espectador en forma de mensaje o sensaciones, algo que lleva haciendo Disney desde sus inicios y que no es nada reprochable.

El gran showman

Y eso es justo lo que hace el debut cinematográfico de Michael Gracey. Contar una historia sobre como un hombre pese a tenerlo todo en contra persiguió su sueño hasta que lo logró. No es nada que no se haya visto hasta ahora pero siempre resulta gratificante de ver. Si a esa historia le añades unos números musicales dinámicos y con una banda sonora maravillosa tienes asegurado el interés de la gente. Y si ya para rematar le añades a Hugh Jackman haciendo lo que mejor sabe hacer, que es cantar, bailar y estar pasando un buen rato mientras hace todo eso al mismo tiempo que derrocha carisma pues queda un producto muy resultón. Justo tal y como dicen ellos, “puede que el espectáculo sea falso e indigno de llamarse arte, pero sus sonrisas en la cara no lo son”. Toda una declaración de intenciones a los más críticos tal y como sucedía en La joven del agua.

Pero sin duda el plato fuerte del film es su banda sonora. No es para menos. En gran parte del material promocional se ha querido resaltar que detrás de las letras de las canciones están Benj Pasek y Justin Paul, los responsables de las letras de la propia La La Land y de Dear Evan Hansen, uno de los más recientes éxitos musicales de Broadway. Y los votantes de los Oscar deben pensar lo mismo, ya que la única nominación que esta película ha logrado es en la categoría de mejor canción, concretamente con “This is me”, posiblemente la canción que coincide con uno de los momentos más emotivos de la película. Y a pesar de que ese sea el tema que más alabanzas ha recibido, servidora no puede dejar de tararear “Come alive” o “Rewrite the stars”. Vamos, que quien quiera temazos aquí va a encontrar para dar y regalar.

El gran showman

Respeto al tema nominaciones, podría haber tenido alguna más, como escenografía, fotografía, vestuario, sonido o incluso alguna otra canción. Pero entiendo que es un año competitivo por la estatuilla y no molesta especialmente. En cambio, lo que sí molesta es el exceso de subtramas que tiene y que, pese a ello, salvo el personaje de Barnum y hasta cierto punto su familia, no se conocen los deseos de los personajes secundarios. Ellos solo están ahí para darle algo más de brillo a los momentos musicales y poco se sabe de ellos. Esto es especialmente sangrante en el caso de los personajes interpretados por Zac Efron y Zendaya, pues tan solo con un primer cruce de miradas el publico ya debe creerse que se han enamorado, cosa que no es nada creíble.

Y ya enlazando con el tema de la credibilidad, sí se le puede reprochar a la película que haya momentos en los que la verosimilitud sea puesta en duda, como en algunas conversaciones y las posteriores reacciones. Bueno, y que haya momentos muy concretos en los que se nota con claridad qué es digital y lo que no. Esto último son detalles que pulir, pero lo que buscaba con esta película era pasar un muy buen rato y salir queriendo bailar y cantar todas sus canciones, cosa que ha conseguido sin despeinarse.

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