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Crítica de Ricki (2015), de Jonathan Demme

¿Lina Morgan y Arturo Fernández? No, Meryl Streep y Kevin Kline, aunque la caracterización del segundo está muy conseguida y la primera mantiene un buen juego de piernas (y si no mirad la escena de la “cana”).

La modernidad se está quedando rancia, aunque Diablo Cody no se ha dado cuenta todavía (motivo que explicaría que se crea una gamberra en sus ideas). Como Alaska o su pegamoide, el que ha sacado provecho de su incapacidad para expresarse verbalmente con un poco de orden. O como Estados Unidos y sus banderitas, los guiños a la población de cada Estado y sus ganas de agradar a golpe de supuesta frescura.

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Obviando por un momento lo previsible del guion, la anticipación por parte del espectador de cada golpe en los diálogos, la sensación de producto inacabado, la condición de meras comparsas del resto de actores, el excesivo buenrollismo intencionado que aporta el travieso personaje protagonista, obviando que todas las tramas y rencores que aparecen se resuelvan de forma tan burda, o incluso el hecho de que se trate de un producto ñoño, trasnochado y con olor a alcanfor creado para vanagloria de la Streep y sus mil caras. Obviando todo esto, supongamos por un momento que la película fuese española e incluso que la dirigiese Daniel Sánchez Arévalo, un director apreciado dentro de la cinematografía nacional, pero que tampoco puede escapar de esta etiqueta genérica patria hasta al copiar a una extranjera. Suponiendo tal cosa, pero dejando este producto tal y como está, sólo como ejercicio mental, valoremos esta cinta sobre una mujer con tres hijos a los que no ve desde hace años porque prefirió seguir su sueño y el otro no le quedaba tan cerca, el de la familia.

En esta vida hay que elegir, siempre, eso lo sabe hasta el niño de Las vidas posibles de Mr. Nobody. No importa que seas mujer u hombre, más bien depende de cómo colabore en ese equilibrio la otra parte, si es que existen inyecciones de veneno transmitidas producto de su amargura o pócimas producto del amor y la comprensión. Luego, en cualquier caso, vendrá el mal rollo y las cosas que echar en cara, al menos en la realidad, no siempre en las películas. Contaba Ingmar Bergman –y así lo reflejó también en Saraband, con su alter ego Erland Josephson- que en un momento dado se acercó a su hijo –uno de tantos que tuvo- y le dijo: «Sé que he sido un mal padre», a lo que su hijo respondió: «¿Un mal padre? ¡Ni siquiera fuiste un padre!». Supongo que es una cuestión de tolerancia, de los hijos, y en Ricki, a pesar de la rabia y el orgullo, prima el amor y el perdón, el perdón que da la música rock, pero el perdón al fin y al cabo. No se valora suficiente la capacidad de perdonar de los hijos.

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Eso sí, si a mí mi padre o mi madre me dijeran que sólo han vivido para mí en toda su vida sentiría una gran carga sobre mí por lo que les he supuesto. Es un difícil equilibrio que aquí está tratado simplemente para entretener con cuatro risas del público y diez de Meryl Streep, la sonrisa Profident. Aunque se agradece que no haya “malos”, por una vez.

Meryl Streep, su personaje, da un discurso sobre el papel de la mujer en la familia con pretensiones feministas y le acaba quedando un mensaje opuesto cuando el gran golpe final consiste en obtener lo que quiere gracias al dinero de un hombre. Esto es como si Patricia Arquette diera un discurso criticando la irrelevancia de la mujer en el cine, sobre todo llegada ésta a la madurez, así como la desigualdad entre hombres y mujeres, y que Meryl Streep, aplaudiendo desde la platea, estuviese firmando para participar en todas las obras buenas de cara a ampliar su vitrina de premios y no dejara nada bueno a las demás. Pero no es así, claro, porque últimamente le ha dado con especial fuerza por los musicales y hay muchos más géneros para elegir.

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En su afán por demostrar algo que ya todo el mundo le ha otorgado (su calidad como actriz), y quizás influenciada por el carácter mortadelístico de Johnny Depp (tras haber coincidido juntos en Into the Woods), ha decidido replantearse su carrera como una necesidad por que veamos todo lo que es capaz de hacer y así contentar a todos sus seguidores, ávidos de hablar sobre ella en Twitter y de cada una de sus maravillosas actuaciones y películas, nunca malas.

Ah, como ese camarero en la barra del bar, en Ricki, enamorado de su admirada diva, cándido y de una gran inteligencia emocional provista de todo lo necesario para comprenderla, apoyarla y presenciar todas y cada una de sus actuaciones con una sonrisa. Así es su público, el de Meryl Streep. Enamorado de la moda juvenil.

Por cierto, se ha declarado en bancarrota, Ricki, por si no hizo gracia la primera vez que lo mencionó, os lo repito. Y el camarero de antes le pagaría cierto viaje si pudiera, pero no se lo puede permitir, a pesar de aparecer al poco rato allí también, tras un viaje (digo yo). Qué majos somos todos, ¡vamos a bailar!

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