En 2019 el estreno de Bliss a cargo de Joe Begos logró dejarme descolocada. Su contenido y su estilo tan frenético y recargado era plato apto para unos pocos, unos que estén dispuestos a pasar por el aro de abrazar emociones fuertes con unos medios más bien humildes. Aprovechando la época festiva e indagando un poco más en la filmografía de Begos, qué mejor ocasión para traer esta película a la palestra.
Tori es la dueña de una tienda de discos en la ciudad que en Nochebuena solo busca emborracharse y pasarlo bien. Pero sus planes se verán truncados cuando un Papá Noel robótico de una juguetería se vuelva completamente loco y comience una matanza, convirtiendo la ciudad en un campo de batalla.
La mejor declaración de intenciones es a través de esos primeros falsos anuncios sobre la Navidad, que deberían aportar el sentimiento de armonía característico de la festividad, pero son toda una oda al humor negro, plantando las primeras semillas de que la noche no va a tardar en torcerse. A continuación, los neones que sobrecargan los interiores se apoderan de la pantalla como si tratarse de una pesadilla lisérgica a la que se le van a sumar infinitos tacos y más tarde el sexo y la violencia a base de efectos prácticos junto con la fotografía en 16mm que termina de darle un aspecto más granulado y le da el empaque de filme que parece salido de otra época o de un mal sueño de ácido.
La decisión de emplear una cámara de 16mm también va a ser muy beneficiosa en la primera parte de la cinta, pues cumple con algunas de las características del cine indie estadounidense: cámara en mano estilo documental, planos largos de personajes caminando, ritmo más pausado en el que aparentemente no sucede nada que avance la trama y conversaciones sobre temas triviales que pueden dar lugar a temas más profundos. Con esta base, se puede entender que esa mitad más alejada del terror pueda suponer una losa o incluso una decepción para algunos, sin embargo, a nivel personal quizá por esas conversaciones que parecen no ir a ninguna parte esa primera mitad haya sido la más disfrutable por mucho que los personajes se empeñen en ser irritantes.

Y aunque de primeras los primeros estallidos de violencia se sienten más torpes, no tardan en escalar y convertirse por derecho propio en un slasher donde el causante de todas las muertes es una especie de Terminator implacable. Para cuando la película termina de abrazar por completo su naturaleza slasher también el ABC del subgénero se deja ver con todas sus virtudes y defectos: personajes tratando de huir de una máquina de matar tomando las peores decisiones posibles, una generosa ración de victimas por el camino, unos servicios de seguridad como la Policía que aportan entre cero y nada a la hora de ayudar y una final girl dispuesta a luchar con uñas y dientes hasta el final. Ni el asesino en sí ni ninguna de las muertes son especialmente originales, pero dentro del contexto que plantea la película funciona.
En cuanto a los personajes, ninguno tiene especial desarrollo ya que todos quedan reducidos a meros arquetipos. Tal vez la más destacable precisamente por su rol como final girl termine siendo Riley Dandy como Tori, un personaje que al principio no dice nada y que al final termina cumpliendo a las mil maravillas con su arquetipo.
En definitiva, la película es café para cafeteros en sus formas, pero si uno busca un slasher navideño un poco más actual quizá encuentre aquí algo con lo que pasar un rato entretenido.











