Es muy difícil hablar de un Verano de Blockbusters sin remitirnos a los grandes clásicos que han contribuido a escribir la historia del cine. Es por eso que hoy vengo a hablarles de Jaws (1975), la película que le enseñó a Hollywood a hacer un Blockbuster. Han pasado ya más de cincuenta años de su estreno y sigue siendo un punto de referencia.
A pesar de tener tras de sí un gran presupuesto y una intensa campaña publicitaria, la realidad es que esta película brilla más porque logró sortear una gran cantidad de problemas durante su rodaje, mismos que han sido protagonistas de documentales, reseñas y libros. Claro está que esto sólo hizo que la producción llegara a costar más de nueve millones de dólares, una locura para su época. Aunque la mayor locura vino después, ya que consiguió recaudar más de 470 millones de dólares en taquilla mundial, convirtiéndose en la película más exitosa de la historia hasta el momento de su estreno y dejando tras de sí la lección de que el verano puede ser la temporada ideal para el cine comercial.
Obviamente, esto no fue sólo responsabilidad de las vacaciones o el calor veraniego, sino de la capacidad de Steven Spielberg para construir tensión a partir del lenguaje cinematográfico, que no depende sólo de una imagen, sino también del desarrollo de sus personajes, la ambientación, el sonido y el espectáculo en general. Y es que aquí no nos encontramos con el asombro visual que nos mostró en Jurassic Park ni con el tono profundamente dramático de La lista de Schindler, sino con la amenaza constante de algo que provoca el caos en la imaginación del público y que puede ser más perturbador que el propio monstruo.
Uno de los mayores logros de la película es precisamente su puesta en escena. La iluminación aprovecha la aparente tranquilidad de las playas y el océano para generar una sensación constante de vulnerabilidad, mientras que los movimientos de cámara colocan al espectador dentro del agua o acompañan a los personajes con una naturalidad que incrementa la tensión. Destaca especialmente el famoso efecto de acercamiento con zoom inverso utilizado cuando Brody (Roy Scheider) comprende el peligro en la playa, un recurso visual que se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de la historia del cine.

Y ni hablar de la inolvidable partitura de John Williams, que ha logrado quedarse clavada en la mente de los cinéfilos como un tatuaje auditivo. Basta con oírla apenas unos segundos: sólo dos notas obligan a pensar en tiburones y peligro, incluso si no estamos cerca del mar o en una sala de cine. Fue tal el éxito de Jaws para provocar temor que el miedo colectivo hacia los tiburones aún persiste en la cultura popular. Numerosas personas desarrollaron una percepción exagerada del riesgo que representan estos animales, contribuyendo a una imagen profundamente negativa que incluso afectó los esfuerzos de conservación de diversas especies.
Ha sido tan grande e impactante el fenómeno provocado por un tiburón mecánico que apenas aparece alrededor de cuatro minutos en pantalla, que ha conseguido crear un subgénero entero de películas sobre tiburones asesinos. Desde secuelas oficiales hasta producciones de serie B y propuestas deliberadamente exageradas en las que se convierten en vampiros, nazis o demonios, el cine encontró en este depredador una fórmula rentable que continúa vigente décadas después. Ninguna de ellas, sin embargo, ha conseguido igualar el equilibrio entre suspenso, narrativa y realización técnica que Spielberg alcanzó en 1975.
Jaws permanece como una obra imprescindible porque demuestra que el verdadero terror no depende únicamente de aquello que se muestra en pantalla, sino de la capacidad del cine para despertar la imaginación del espectador. Más que una película sobre un tiburón, es una lección magistral sobre cómo construir tensión y, al mismo tiempo, el título que transformó para siempre la industria cinematográfica al inaugurar la era del Blockbuster moderno.











