Seguimos con el Verano de Blockbusters, y esta vez tocaba El día de mañana (2004), de Roland Emmerich. La recuerdo como una de esas películas que en su día me dejaron con la boca abierta en el cine, todo aquel Nueva York sepultado bajo hielo y olas gigantes me parecía una pasada. Revisada hoy, la cosa cambia bastante: técnicamente sigue siendo un espectáculo solvente, pero el guion y las interpretaciones se han quedado más flojos que un croissant de gasolinera.
Ficha técnica y sinopsis de El día de mañana
Emmerich escribió el guion junto a Jeffrey Nachmanoff, inspirándose libremente en el libro The Coming Global Superstorm, de Art Bell y Whitley Strieber. La historia sigue al paleoclimatólogo Jack Hall (Dennis Quaid), que advierte a los líderes mundiales de que el calentamiento global puede desencadenar un cambio climático repentino y catastrófico, algo que nadie se toma en serio hasta que Nueva York queda sepultada bajo una tormenta de hielo y su hijo (Jake Gyllenhaal) se queda atrapado allí. Completan el reparto Emmy Rossum, Ian Holm y Sela Ward.
La película recaudó más de 552 millones de dólares en todo el mundo, pero su ciencia generó bastante polémica: la propia NASA se negó a dar soporte científico al guion por considerarlo demasiado disparatado, y en 2008 la revista Yahoo! Movies la incluyó en su lista de películas más incorrectas científicamente hablando. El activista y columnista George Monbiot lo resumió sin piedad: gran película, ciencia pésima. Curioso, porque queda clarísimo que a Emmerich el «cómo» siempre le ha importado más que el «por qué»: la misma fórmula que ya había ensayado destruyendo el planeta a manos de alienígenas en Independence Day, y que repetiría después con el batiburrillo apocalíptico de 2012.
El verdadero desastre no necesita efectos especiales
Y aquí es donde la película, para mí, se queda a medias. Plantea una premisa con mucho recorrido (un científico al que nadie escucha hasta que es demasiado tarde) y la abandona a los quince minutos para meternos de lleno en la acción: lobos sueltos por Manhattan, un tipo corriendo delante de un frente frío como si fuera Terminator, olas que se congelan en pleno vuelo. Efectista, sí. Interesante de verdad, ya no tanto.
Porque lo curioso es que la realidad, sin necesidad de congelar el Empire State de un plumazo, está escribiendo un guion bastante más aterrador. Mientras redacto esto, España lleva ya tres olas de calor este julio, con avisos de hasta 45 grados, y más de 100.000 hectáreas quemadas en lo que va de año, muy por encima del ritmo de los últimos veranos. El incendio de Los Gallardos, en Almería, se ha llevado por delante al menos trece vidas. Nada de esto tiene la puesta en escena de Emmerich, no hay tornados de hielo ni rascacielos sepultados, pero el resultado también es gente que pierde su casa, su monte o directamente la vida. Y eso sin meter en la ecuación las danas, que cada vez sorprenden menos y aterran igual.
Y lo que de verdad me saca de mis casillas no es el fenómeno en sí (contra la meteorología poco se puede discutir), sino la respuesta. Ver a gente con poder real para hacer algo, políticos que podrían legislar y empresas que podrían cambiar de modelo, encogerse de hombros o, peor todavía, salir a decir que esto es un cuento, una conspiración, un ciclo natural de toda la vida. Da igual cuántos récords de temperatura caigan cada verano ni cuánta gente tenga que salir corriendo de su pueblo con lo puesto: siempre habrá alguien con traje caro explicando que no pasa nada, que no toquemos el negocio.
Lo más irónico de todo es que hasta en la ficción más absurda y con peor ciencia del mundo, los líderes acaban reconociendo el error y actuando, aunque sea demasiado tarde. En la vida real, de momento, ni eso.











