Leviticus

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Leviticus

«Si un varón se acuesta con otro varón como con una mujer, ambos han cometido una abominación: han de morir; caiga su sangre sobre ellos» (Levítico 20:13). Uno podría argumentar que esta sentencia al estar sacada de uno de los libros del Antiguo Testamento que componen la Biblia que está escrito de una manera que no debe interpretarse de forma literal, o que muchas de los historias que encierran esos textos no reflejan los valores del catolicismo de hoy en día. Pero no se puede negar que, por muchas advertencias o intentos de suavizar las palabras, se trata de un mensaje poderoso, que en manos de personas que se lo tomen al pie de la letra buscarán inequívocamente hacerles daño a otros. Y con el clima actual tan emponzoñado por discursos de odio, sectarismo y división, salvando las distancias, sucesos como los que suceden en esta película son plausibles en todas partes del globo e independientes de la religión profesada.

Naim y Ryan son dos adolescentes en un pequeño pueblo australiano con la gran influencia de un pastor sobre la gente. Ambos serán perseguidos como castigo por un ente que busca aniquilarlos y que para acercarse hasta sus víctimas adopta la forma de la persona que más desean.

Por su sinopsis no es de extrañar que el paralelismo temático más evidente sea It Follows, ya que la premisa de un ente que solo puede ver la persona afectada, capaz de adoptar múltiples formas y que poco importa lo mucho que se intente huir, que terminará alcanzando a su presa para matarla es similar al planteamiento del filme de David Robert Mitchell. Si a ello se le suma el entorno semi rural más cercano a los suburbios, la cuasi atemporalidad de su contexto y el subtexto sexual por el que el ente se ceba con sus víctimas, las comparaciones quedan bastante justificadas. Aunque el tono desolador y desprovisto de toda esperanza que envuelve a la historia lleva a pensar en otras producciones más recientes del país como Háblame o Devuélvemela.

Aun con todos los referentes, el filme logra abrirse camino con personalidad propia. Más allá de su sencilla pero lograda ambientación, la dirección y el guion de Adrian Chiarella combinan de maravilla el subtexto metafórico con el terror más brutal. Resulta muy estimulante como se van sembrando de a poco las semillas de la sutileza religiosa, de como en el pueblo todos parecen están de acuerdo a la hora de tomar una decisión y de que pesan más los silencios, las cooperaciones indirectas y las omisiones de socorro. Con pequeños gestos que pueden venir de Arlene, la madre de Naim; o del pastor de la comunidad, sin hacer hincapié en el subtexto o la temática, queda muy clara su forma de pensar y de actuar de toda la localidad.

Leviticus

 

A base de estas sutilezas se crea una bifurcación muy interesante con el miedo. Por un lado, el miedo y el terror de que la comunidad te pueda percibir de manera diferente, como un defecto que o bien hay que extirparlo o bien hay que enderezarlo por el llamado buen camino; y por otro lado está el miedo inherente que provoca ese ente, alimentándose de los deseos reprimidos de cada uno, jugando con sus mentes y aprovechándose de sus vulnerabilidades en el momento indicado. De manera inevitable, el miedo de la comunidad también retroalimenta a ese ente, aislando a los personajes, generando desconfianza entre ellos y termina de convertirlos en los proscritos que el pueblo se ha empeñado tanto en señarlos con ímpetu sibilino, por lo que la experiencia deja a los protagonistas y al público con el corazón en un puño.

Desde luego, el impacto emocional no sería el mismo si la película no contase con una pareja de protagonistas a la altura. Tanto como Joe Bird como Stacy Clausen, Naim y Ryan respectivamente, ofrecen unas interpretaciones muy naturales donde resultan creíbles como dos adolescentes marginados a su manera, con rabia contenida y que en el fondo están aprendiendo a conocerse a sí mismos y sus deseos, por lo que al final resulta casi inevitable encariñarse con ellos y desear que puedan resolver todo el embrollo de forma limpia. Destacar también a Mia Wasikowska como Arlene, quien siguiendo la tónica sobre la que se sustenta la cinta, con gestos sutiles, silencios incomodos, miradas que se apartan en el instante preciso o parquedad en palabras queda claro la clase de madre que es.

No es fácil a día de hoy hacer un debut que mezcle tan bien metáforas sobre problemas actuales con terror genuino. Más complicado es contentar a ambos segmentos del terror, los que prefieren el horror con un mensaje potente abordando temas sociales frente a los que quieren monstruos, sangre y algo más explícito. Y sin embargo, Adrian Chiarella con su primer largometraje lo ha conseguido, creando una obra donde cualquiera puede encontrar algo atrapante y donde en lo personal, no sobra ni falta nada.

LA NOTA DE FILMFILICOS

EN POCAS PALABRAS

Un bellísimo y aterrador debut que combina por igual con maestría metáforas sociales con el terror más primitivo.

4,5
Adrian ChiarellaCine australianoDavida McKenzieFilmfilloween 2026Jeremy BlewittJoe BirdMia WasikowskaStacy ClausenSuspenseTerror
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Autor/a

Palomiix (AKA Paloma Sztrancman)

Autobiografía: Graduada en Comunicación Audiovisual, pero eso es una simple excusa para pasarme el día viendo películas y series como si no hubiese mañana. Y si a eso le sumamos la lectura tenemos el 90% del tiempo pillado. Frase: "Dame una taza de chocolate y una buena historia. No necesito más para ser feliz".

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