En 1972, España se coló entre las nominadas al Oscar a Mejor Película Extranjera con Mi querida señorita, dirigida por Jaime de Armiñán. Para la época fue una osadía: hablar de identidad e intersexualidad cuando ni siquiera existía vocabulario para nombrarlo. Más de cinco décadas después, Los Javis producen un remake firmado por Fernando González Molina (sí, el de la saga El guardián invisible, aquí cambiando completamente de registro) y ya disponible en Netflix.
Adela es hija única de una familia conservadora. Reparte sus días entre la tienda de antigüedades familiar y las clases de catequesis que imparte, atrapada bajo la sobreprotección de su madre y un silencio que pesa más de lo que parece: el de su intersexualidad, algo que ella ni siquiera sabe que la define pero que condiciona cada paso que da. La llegada de un nuevo sacerdote con quien entabla una amistad inesperada, el regreso de un gran amigo de su infancia y la irrupción de Isabel en su vida activan una reacción en cadena que llevará a Adela a un viaje de autodescubrimiento, de Pamplona a Madrid, donde su identidad necesitará del amor y la ayuda de los demás para terminar de revelarse.
Las épocas cambian, los públicos también, pero lo que no cambia tanto es la intolerancia, el miedo y el desconocimiento. Esta nueva mirada se toma su tiempo para arrancar, se detiene en los pequeños detalles y, sobre todo, consigue que entendamos de verdad a su protagonista. No es habitual ver personajes intersexuales en cine o televisión: se habla de personajes gays, lesbianas o trans con cierta normalidad, pero del hermafroditismo apenas se habla.

Me parece interesante que la película se divida en dos etapas, porque hace un guiño constante al original y, al mismo tiempo, lo acerca a las nuevas generaciones, y ahí gana terreno. Si tengo que ponerle un pero, es que no siempre sabe equilibrar sus secuencias más dramáticas, y a veces esperaba más implicación emocional de la que finalmente llega.
La cinta retrata bien la homofobia familiar y social, pero también la amistad, el respeto y esa necesidad tan humana de pertenecer y de sentirse aceptado por los demás. Elisabeth Martínez, la primera actriz intersexual del cine español que conozcamos hasta la fecha, protagoniza la función, aunque su interpretación no me convence del todo: más que actuar, da la sensación de que simplemente está siendo ella misma. Anna Castillo, Paco León y Manu Ríos, en cambio, sí cumplen y aportan solidez al conjunto.
Esta nueva Mi querida señorita tiene valores, es importante y, sobre todo, merece verse.











