Hay películas que te persiguen un poco después de verlas. No las que te sacuden con una escena memorable o un giro de guion, sino las que se instalan despacio, casi sin que te des cuenta, y cuando quieres recordarla ya la tienes dentro. On Our Own, del rumano Tudor Cristian Jurgiu, es de esas. La vimos en el 41 Cinema Jove, donde formó parte de la Sección Oficial de Largometrajes y se llevó el premio al Mejor Reparto en el palmarés final. La dejé en el tintero por falta de tiempo, pero le debía algunas palabras.
On Our Own o crecer cuando nadie mira
Flavia tiene catorce años y vive sola en un pequeño pueblo de Rumanía. Sus padres se fueron a trabajar a Italia, como han hecho tantos antes que ellos, y la dejaron al cargo de una casa, de unas rutinas y de su propia adolescencia. Ya se las apaña. Ya ha aprendido. Pero cuando llega la noticia de que sus padres van a divorciarse, ese equilibrio frágil que había construido empieza a resquebrajarse.
Entonces entra Luca. Su novio vive con su hermana pequeña Tina al cuidado de su abuela, otro modelo de familia incompleta, otro hogar donde los adultos que deberían estar no están del todo. Y es en ese espacio, en esa casa donde conviven la adolescencia de él, la infancia de ella y la fragilidad de todos, donde Flavia encuentra algo parecido a un refugio y monta, sin llamarlo así, una familia de emergencia. Tudor Cristian Jurgiu, cuyo debut El perro japonés (2013) pasó por San Sebastián y ganó el premio a mejor ópera prima en Varsovia, filma todo esto con una transparencia que parece sencilla y no lo es. El montaje no hace ruido, las escenas se encadenan sin costuras, y la cámara observa sin juzgar. La casa, que al principio parece el único territorio seguro de Flavia, se va convirtiendo poco a poco en algo parecido a un barco a la deriva: lleno de gente, pero sin rumbo.
El premio al Mejor Reparto que concedió el jurado del Cinema Jove fue para Denisa Vraja, Vlad Furtuna, Mara Diaconu Ducica, Sofia Vasiliu y Dominique Toma. Vraja, como Flavia, construye un personaje que funciona a base de distancia emocional: sarcástica, autosuficiente, aparentemente invulnerable, hasta que no lo es. El jurado habló de «extraordinaria honestidad, calidez y resiliencia», y eso es exactamente lo que transmiten. No hay nada forzado, nada que suene a actuación. Parecen adolescentes porque lo son, o porque Jurgiu sabe sacarles algo que la mayoría de directores no consiguen.

El millón y medio que se quedan solos
On Our Own no es un caso aislado ni una historia inventada. La película parte de un dato real: aproximadamente 150.000 niños rumanos tienen a sus padres trabajando en el extranjero. Muchos en Italia, muchos en España. Es el precio invisible de la migración económica, el que no sale en las estadísticas de PIB ni en los discursos sobre la libre circulación de trabajadores: los que se quedan, los que aprenden a hacerlo solos antes de tiempo. Jurgiu no convierte esto en denuncia ni en panfleto, que es exactamente la decisión correcta. Lo deja estar, lo deja respirar, y confía en que el espectador saque sus propias conclusiones. Yo las saqué.
Me cuesta conectar con el cine de adolescentes fácil, el que reduce la adolescencia a si el chico popular te mira o no en el pasillo del instituto. Lo que me atrae es exactamente esto: películas que tratan a sus personajes jóvenes como personas con peso específico, con problemas reales, con una inteligencia emocional que el cine suele infraestimar. On Our Own entra en esa categoría, aunque hay que ganársela.
Las primeras escenas cuestan. Jurgiu no te tiende la mano, no te da contexto mascado ni te explica quién es quién. Flavia es distante porque ha aprendido a serlo, y esa distancia la notas también como espectador. Pero si aguantas, si te dejas llevar por ese ritmo aparentemente lento, en algún momento la película te tiene dentro sin que sepas exactamente cuándo pasó. Y entonces empiezas a ver todo lo que hay debajo: la soledad bien disimulada, el amor adolescente como ancla, la fragilidad de construir algo con lo que tienes a mano porque lo que necesitarías no está.
Una película que se disfruta más al salir del cine que durante el visionado. Y eso, bien gestionado, también es un mérito. On Our Own es cine rumano contemporáneo en su mejor versión: sobrio, preciso, incómodo en el buen sentido. Si tenéis la oportunidad de verla cuando encuentre distribución, no la dejéis pasar.











