Twentynine Palms

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Twentynine Palms

Hay una serie de mantras que de tanto repetirlos pierden su significado, o que en muchos casos al estar cargados de promesas juegan con las expectativas de forma muy peligrosa. Ya sea para las películas, series o incluso novelas, estoy segura que más uno ha debido escuchar la temida frase “empieza un poco lento, pero a partir de cierto punto mejora mucho”. Yo misma soy culpable en ocasiones de usar esta estrategia para captar la atención, ya que no todas las historias deben empezar con acciones desenfrenadas o unos conceptos rompedores que vendan la narración. Hay historias que necesitan tomarse su tiempo ser contadas. Sin embargo, llega a veces a un punto exagerado, donde se predica en una saga literaria longeva que “los dos primeros no son los mejores, pero el tercer libro no se puede dejar de leer” o “la primera temporada de esta serie todavía no tenía el tono bien asentado, es más experimental; a partir de la segunda temporada se nota la diferencia”, por mencionar unos ejemplos. En muchos casos las advertencias son ciertas y hay auténticas maravillas tras esa primera toma de contacto que de abandonarse a primeras de cambio el resultado sería muy diferente. Pero hay una en todos los casos que es especialmente molesta, aquella en la que toda la importancia cae sobre el clímax, sobre el final de la historia, aquellos ejemplos donde no importa si los primeros actos son difíciles con tal de tener un final a la altura. Y para bien o para mal, la película de hoy cae dentro de esa categoría.

David es un fotógrafo independiente que viaja con su novia Katia por las carreteras desérticas de Los Angeles en busca de localizaciones para un proyecto. Pero a medida que van recorriendo terrenos más inhóspitos, más se va degradando su relación.

El concepto de road movie puede jugar con dos vertientes muy diferentes. O bien se trata de una cinta cargada de suspense donde cada parada en la carretera supone un punto estratégico muy medido que pone en jaque a los personajes, o bien una calmada odisea de los personajes con carácter mucho más introspectivo donde lo primordial es el entorno. El filme de Bruno Dumont claramente se encuadra dentro de la segunda categoría y se gana a pulso esa etiqueta por las formas de su director en cuanto a la historia. Planos largos muy sostenidos en los que parecería que se había olvidado lo que es una elipsis, mucha cámara en mano que le da una naturalidad pasmosa al viaje, escenas donde el día a día de Katia y David que se sienten intrascendentes, conversaciones banales entre la pareja acentuadas por las dificultades comunicativas y una sensación general de no saber hacia donde va la pareja o si acaso tienen algún objetivo final.

Twentynine Palms

Con estas decisiones artísticas Dumont le pide paciencia al espectador y es tarea del espectador decidir si se la otorga o no. No es una decisión fácil, pues la sensación de ir a la deriva es muy pesada y ni siquiera los personajes tienen un mundo interior tan rico que compense el ritmo tan pausado. Lo único que va quedando claro a medida que transcurre el metraje es que la relación es mucho más inestable de lo que parece, con una clara dominación de David sobre Katia en todos los sentidos: verbal, emocional o físico como bien demuestran las numerosas y muy naturales escenas de sexo, donde hay una ligera chispa de violencia que a primeras puede resultar imperceptible, pero una vez establecido el patrón es claro. Y evidentemente el entorno actúa como una extensión de su relación. Árida, inexplorada y en la que merece la pena detenerse a pesar de que a simple vista no haya nada que llame la atención. Hasta cierto punto en forma e incluso en temas sería una opción perfecta para un programa doble con À ma soeur!, y las similitudes se extienden hasta su cierre.

Porque si durante todo el metraje la cinta se ha caracterizado por un ritmo pausado y una sensación de que no hay grandes sobresaltos más allá de la exploración de la dinámica de la pareja, los últimos 20 minutos finales hacen que todo salte por los aires. No creo que sea tan brutal ni tan impactante para catalogarlo dentro de la new french extremity, pero desde luego no deja indiferente. La violencia por lo general queda fuera de campo y la humildad de los medios se hace muy presente, ya que el color de la sangre podría estar mejor logrado al igual que algún prop que parece casi de cartón. La relación tóxica se consuma con un resultado inevitable, difícil de ver por la forma repentina en la que surge, casi como si Dumont pretendiese hacer más gala de shock value para su clímax, aunque lejos de ser el cierre más impactante o violento jamás visto.

En resumen, se trata de una película muy curiosa, que se toma su tiempo y que en sus dos actos parece que se sostiene más en una idea vaga que en una historia narrativa para al final dar el golpe de gracia, pero dependerá de cada uno sentenciar si es suficiente o si llega a ser poco y tarde.

LA NOTA DE FILMFILICOS

EN POCAS PALABRAS

Una peculiar road movie con ritmo pausado y aparentemente inofensiva que en su cierre se hace presente la violencia latente que se llevaba cociendo con insidiosos resultados.

3
Bruno DumontCine francésCine independienteDavid WissakDramaKatia GolubevaSuspense
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Estrenos a vista de trailer (3/7/2026)

Autor/a

Palomiix (AKA Paloma Sztrancman)

Autobiografía: Graduada en Comunicación Audiovisual, pero eso es una simple excusa para pasarme el día viendo películas y series como si no hubiese mañana. Y si a eso le sumamos la lectura tenemos el 90% del tiempo pillado. Frase: "Dame una taza de chocolate y una buena historia. No necesito más para ser feliz".

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