Hacer un rebranding es un movimiento arriesgado. Una vez la marca, el producto relacionado con la marca o incluso la propiedad intelectual asociada a la marca queda fijada para el público, cualquier cambio radical debe tener un motivo de peso, especialmente en un mundo donde los cambios y el salirse de la zona de confort no suele verse como algo positivo. Anne Rice con su celebre saga de las Crónicas vampíricas tenia la costumbre de que las criaturas nocturnas fuesen la constante, pero cada libro era muy diferente al anterior en cuanto a personajes, temas, puntos de vista e incluso tonos tomando de referencia sus vivencias personales y plasmándolas entre las páginas. Cuando AMC dio luz verde a una continuación de las espléndidas dos temporadas de Entrevista con el vampiro, el paso lógico era seguir el orden bibliográfico y adaptar la novela Lestat el vampiro. La duda que quedaba era saber qué nombre tendría la serie de ahora en adelante y cómo manejarían el cambio de tono de una temporada a otra a la vez que mantenían la audiencia ya consolidada y si serían capaces de atraer a nuevos curiosos con este rebranding.
Basada en la novela de Anne Rice, la historia se sitúa tras los sucesos de Entrevista con el vampiro, ahora convertida en una novela de éxito tras las conversaciones entre el vampiro Louis de Pointe du Lac y el periodista Daniel Molloy. Lestat está molesto por el retrato que se da de él en la novela, por lo que decide contar su versión de los hechos y su propia historia convirtiéndose en una estrella del rock. Pero al salir del anonimato y darse a conocer de pleno ante el mundo está quebrantando una de las leyes vampíricas, por lo que de forma inevitable creará un efecto llamada a otros vampiros que se oponen a sus acciones y que buscan destruirlo.
Si con toda la introducción sobre el cambio de nombre, sobre el contexto de las novelas y la sinopsis no es suficiente, el primer capitulo de esta temporada es toda una declaración de intenciones sobre el tono desde los títulos de crédito (incluso el propio Lestat haciendo gala de autoconsciencia y dejando claro que las tornas han cambiado pregunta directa e indirectamente si ¿extrañas el psicodrama de Dubai?). Y si las anteriores temporadas cubriendo el punto de vista de Louis sobre su relación con Lestat, Claudia, Armand y todo lo que derivó de ahí jugaban con el papel de la memoria, lo que se omite expresamente de los recuerdos para evitar confrontar traumas y el peso que pueden tener las mentiras cuanto más se alargan, estos mismos temas se van a abordar desde la perspectiva de Lestat. La gran diferencia es que si en anteriores temporadas la línea temporal fruto de una memoria poco confiable podía seguir una estructura en ocasiones poco lineal, para esta temporada el hilo conductor a través de grabaciones hechas por Lestat en consonancia con su carácter de no tomarse demasiado en serio, el caos está a la orden del día.

Y dentro de todo ese caos e intento de desgranar traumas y conocer a la persona real en lugar de al estereotipo, nuevamente Rolin Jones y su equipo de guionistas y directores juegan con las expectativas de los espectadores y los personajes. Unos buenos ejemplos de esta maestría de manipulación pueden ser el final del capítulo uno, donde la revelación final pone patas arriba cualquier preconcepción, o toda la magistral secuencia de la entrevista en el capítulo tres, un partido de tenis de buscar morbo y donde uno de los implicados al ir a por lana sale completamente trasquilado.
Pero esta decisión de buscar el caos no es casual. Si Lestat se ha reconvertido en una estrella del rock, el rock es el género que por antonomasia debe ser caótico, ruidoso, estridente, agitar al público y sacarlo de una postura pasiva, por lo que si la música en forma de banda sonora cada vez que Lestat se sube al escenario o se mete en el estudio es esa, ¿por qué su narración habría de ser diferente? A través de las grabaciones, de las canciones y de la entrevista en formato documental que le hace Daniel a Lestat (y que por momentos por tono y formato recordaba a secuencias de Lo que hacemos en las sombras), el príncipe mocoso va desgranando aspectos de su pasado. Su vida en Auvernia, la complicada relación con su madre Gabriella, su traumática conversión, la relación con Nicholas que estaba condenada casi desde el primer momento o su encuentro con Marius y los que deben ser guardados, tal vez el punto clave que cimienta la temporada y que supone una primera muestra de la gran amenaza para el futuro inmediato mediante la temible figura de Akasha.
Soy una fiebre que llega por la noche y mata al amanecer
Hasta ahora solo se ha visto cómo era Lestat a través de los ojos de Louis y de otros. Lestat tiene la oportunidad de aclarar matices, desmentir sucesos o afirmar que nunca llegaron a ocurrir. Cabria esperar que con su fachada de estrella del rock y la imagen preconcebida que se tiene de él que actúe como si todo le diese igual, o que el documental y el álbum deban ser grandilocuentes para que sean un legado más fidedigno de su imagen, pero una vez de rasca un poco más y se llega al meollo de la cuestión, toda esa fachada no es más que un capazón que dentro encierra traumas y miedos que arrastra hasta la actualidad. Quizá el más estimulante sea uno muy universal: el miedo al fracaso. Al fracaso amoroso, al familiar, al fracaso de no dejar huella en el mundo, al fracaso de no ser suficiente para trabajos encomendados y en definitiva, el miedo de ser percibido como un gran y estrepitoso fracaso. Uno puede fallar en numeroso ámbitos y ser consciente de ello, pero el fallar como bien se da cuenta Lestat, significa que al menos se intentó.
Y como bien pasaba en temporadas anteriores, si antes había pequeños easter eggs, para esta ocasión ya son subtramas con derecho propio. Por la propia naturaleza de la novela original, no es sorprendente que se incluyan ya tramas de La reina de los condenados, la siguiente novela al ser ambas casi complementarias e indivisibles. Pero desde el prisma de la adaptación pura, de haberse ceñido en exclusiva a Lestat el vampiro habría sido solo la temporada de Lestat y personajes girando a su alrededor. Por ello, la decisión de adentrarse en tramas que tendría Louis en libros mucho más posteriores y fusionarlos en este punto de la historia lo convierte en un personaje activo, sigue tiñéndolo de matices y capas más allá de su anterior postura como narrador poco fiable, y lo más importante, su trama le da la oportunidad de convertirlo en un personaje cuyo conflicto dramático también afecta directamente a Lestat. Incluso con la irrupción de personajes como Marius o el plan de Armand, son semillas de futuros volúmenes que se empiezan a sembrar de manera bien integrada.
Qué decir del elenco que no se haya dicho ya. Tal vez en esta temporada se haya notado incluso más la formación teatral que tienen todos, pues eso se paga con grandes soliloquios individuales donde sale a relucir su talento y cada uno tiene su propia escena. El Armand de Assad Zaman durante gran parte de la temporada es un enigma, pues nadie sabe cuál es su gran plan o su objetivo, pero cuando se descubre sale a relucir su peor cara, la vengativa y la rencorosa detrás de un rostro que finge no haber roto un plato. Sobre la vuelta de Delainey Hayles es mejor no desvelar mucho y descubrirlo poco a poco, pero su trama es un regalo donde puede mostrar aun más sus capas y su expresividad sutil. Sheila Atim como Akasha tiene una aparición breve, aunque sin miedo equivocarme basta una sola escena de ella para proclamar que ha llegado para quedarse y la impresión que deja de que esto solo es el principio provoca escalofríos. Y en cuanto a la Gabriella de Jennifer Ehle, si bien su retrato puede ser más distante de su contraparte literaria, es un personaje que se disfruta odiando y con la que su figura se puede entender un poco más de Lestat y sus miedos.

Dados los precedentes, tampoco debería resultar en una excesiva sorpresa que la serie cuando mejor funciona es cuando reúne a Louis y Lestat. La relación de ambos es una montaña rusa, pero cuando ambos hacen a un lado sus diferencias y mantienen una conversación, o incluso solo con unos leves gestos y unas miradas, la química traspasa la pantalla y pone de manifiesto que ambos son el corazón de la historia, además de que uno no podría estar separado del otro. No hay suficientes elogios para Jacob Anderson y su Louis, quien gracias al guion puede mostrarse no solo como el vampiro más humanista de temporadas anteriores, sino como un vampiro que en ocasiones también le puede cegar la venganza, el egoísmo y un sentido de la moralidad de hacer lo que cree correcto.
Y por supuesto, Sam Reid merece todos los elogios y premios del mundo. Por primera vez le toca ser el personaje principal, traer a la pantalla todo lo que ya se sabe del Lestat a través de los ojos de Louis y construir un retrato más completo, algo que Reid aprovecha al máximo. Es perfecto como estrella del rock extravagante, como músico caprichoso y exigente, como neófito que duda de su poder, y como el vampiro centenario que mantiene una fachada arrogante para esconder sus vulnerabilidades. Es el vivo y más completo retrato del personaje que creó Anne Rice en sus novelas y no podría tener un intérprete más comprometido con el papel.
Hay decisiones con las que no estoy completamente de acuerdo en esta temporada, ya bien sea que a veces la temporalidad puede ser caótica de más cuando no había necesidad, el equilibrio de tonos no siempre funciona, el exceso de canciones donde no todas tienen el mismo peso y algunas se sienten como relleno, o el hecho de prometer un evento durante los capítulos y cortarlo para dejar un cliffhanger potente aunque tramposo. Pero al final del día no puedo dejar de dar las gracias a los responsables de la serie, gente que conoce el material de base y que el ambicioso proyecto a largo plazo que están creando capta a la perfección la esencia de las novelas, incluyendo sus vaivenes.











