Desde siempre, el cine español ha tenido un valor internacional en grandes festivales del séptimo arte como Cannes, Venecia, Berlín… No obstante, estos proyectos no solían llegar a las grandes audiencias y se quedaban como piezas audiovisuales de gran renombre pero desconocidas para el gran público. Sin embargo, parece que estos últimos años, estas películas que lograban galardones y reconocimiento fuera de España, están llegando a una audiencia más mainstream y consiguiendo buenas taquillas. Algunos ejemplos podrían ser Sirat, de Oliver Laxe, o Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa. Este año, se ha estrenado El ser querido, del ya experimentado realizador Rodrigo Sorogoyen, y por lo que se ha visto en redes y salas de cine, parece que podríamos estar ante otro largometraje que, irónicamente, supera la barrera nacional.
Un director de cine consagrado, decide volver a dirigir una película en su tierra natal, España. Para un personaje del filme, decide llamar a su hija, quien lleva sin verla desde hace más de 10 años. A medida que se desenvuelve el rodaje, la tensión irá creciendo entre ambos y viejas rencillas irán apareciendo, desvelando realmente cual es la imagen que tiene su hija de su padre.

Si analizamos la filmografía de Sorogoyen, podemos observar que se trata de un director con unos códigos bien marcados pero que no duda en experimentar si le apetece. Desde su primer filme, Stockholm, podíamos ver como manejaba el drama de una manera muy intensa y con una elaboración de secuencias de tensión muy bien logradas. En pocas palabras, su cine se caracteriza principalmente por relatar dramas (en su mayoría) de carácter fuerte, rodados como si fuesen un thriller de rápidas pulsaciones. En todos sus filmes y series, encontramos escenas que nos provocan una breve parálisis y que nos quitan el aire de la boca. El ser querido, sigue esta misma fórmula pero llevada a un nivel cinematográfico mucho más elevado.

En primer lugar, se debería resaltar el punto más atractivo y que otorga al filme un aura prácticamente espectacular. Hablamos de las grandiosas interpretaciones de Javier Bardem y Victoria Luengo. Desde la primera secuencia de la película, asistimos a un recial actoral que debería ponerse en las escuelas de cine como un ejemplo perfecto de no solo dirigir actores de manera estupenda, sino de como transmitir un sin fin de sensaciones, con solo una mirada. La relación entre ambos personajes se encuentra en una fina línea entre lo que debería ser un amor paternofilial, y una bomba a punto de estallar. Bardem, quien podríamos decir que es el mejor actor español de la historia, consigue de nuevo olvidarnos de que está interpretando. Es increíble como su sola presencia otorga a las secuencias una atmósfera de mucha más calidad. Luengo por su parte, está a la altura de él y no se achanta en ningún momento. Si sigue por esta línea de papeles, alcanzará un éxito cinematográfico que la hará merecedora de un Goya más pronto que tarde.
Otro aspecto que destacar se trata del poder visual de la fotografía. En ese sentido, encontramos un cierto parecido a otro drama de proporciones gigantescas como lo es Incendies de Denis Villeneuve. Planos generales, paisajes desérticos con individuos paseando y dejando un rastro en la arena… En adición, el filme de Sorogoyen tiene un carácter casi documental con la muestra de cómo funciona un rodaje de cine, tanto los aspectos positivos como los negativos.

Ahora bien, la película tiene un problema, qué a mi parecer, dificulta su visionado en gran medida. Hablo de los recursos técnicos que el director ha usado en ciertas escenas. Durante el metraje, asistimos a ciertos momentos en los que abunda el blanco y negro, celuloide y más técnicas. Durante la proyección, uno no puede evitar preguntarse que significa cada recurso, y que nos está transmitiendo Sorogoyen, dificultando la experiencia cinematográfica y no sintiendo el impacto emocional de algunas escenas en concreto. Además, si bien el guion está bien estructurado y cuenta con diálogos muy potentes, no acabamos de tener una conclusión del todo satisfactoria (no por ello mala) dejando un pequeño vacío tras el visionado.
Por todo lo dicho, no creo que nos encontremos ante la mejor película del director, pero si ante una gran pieza audiovisual que, tras su recorrido en festivales como Cannes, donde tuvo su propia ovación, parece que poco a poco va metiéndose entre un público más joven y casual. Independientemente de la calidad del filme, esto es algo positivo, y un paso más para cambiar la concepción del cine español que se tiene hoy en día.











