Hay películas que te hacen sentir incómodo a propósito, y Sirat es una de esas. Desde el primer plano, te das cuenta de que no va a ser un paseo tranquilo: la música te golpea con una intensidad casi cruel, estridente y nerviosa, construida para que te retuerzas en el asiento sin darte tregua. El efecto es innegable: uno siente ese uneasy feeling que nunca desaparece. No es música para acompañar; es música que te atraviesa. Por eso no sorprende que haya sido nominada a mejor sonido.
Sirat se distancia mucho de lo que solemos asociar al cine español tradicional. Nada de diálogos suaves, planos contemplativos o finales reconfortantes; aquí la experiencia es casi clínica, fría, obsesionada por el vértigo moral. Sirat cuenta la historia de un padre y su hijo que emprenden un viaje físico y moral a través de un paisaje árido, mientras lidian con sus propios conflictos internos. El niño, curioso y libre, explora el mundo con ojos frescos, mientras el padre se enfrenta a su confusión, sus miedos y la dificultad de guiar a alguien que parece avanzar más rápido que él. La película toma prestado el concepto del “Sirat”, el puente estrecho entre el Paraíso y el Infierno en la tradición islámica, y lo convierte en una metáfora del tránsito entre la culpa, la fe y la libertad, donde cada decisión pesa y cada paso se siente incierto.
Esa ruptura formal y estética ha sido probablemente la causa de su nominación: se percibe como algo novedoso, diferente, casi refrescante en un panorama donde el cine español tiende a confortar más que a sacudir. Pero, como toda apuesta arriesgada, no está exenta de debilidades: se nota que lucha por imponerse frente a un gigante europeo como Un valor sentimental, que basa su fuerza en la emoción directa y el calor nostálgico. Sirat, en comparación, es un examen de tensión y silencio incómodo, donde no hay espacio para la complacencia.
En cuanto a la interpretación, lo más destacable es el niño. Su actuación es natural, ligera, libre, como si él fuera el único que verdaderamente habita la historia sin sentirse atrapado por la presión del viaje. El padre, en cambio, emerge más confundido que al principio: cada escena parece añadirle capas de desorientación que terminan dibujando un personaje atrapado en sí mismo, incapaz de encontrar claridad. Esa separación entre las experiencias de los dos protagonistas es uno de los aciertos del film, porque permite que la narración respire y que el conflicto no se limite a una sensación uniforme de tensión. Aun así, hay que admitir que la ambición autoral de Oliver Laxe se siente en cada plano. Tiene ese aire de “quiero ser Nolan pero en Galicia”, esa pretensión de trascendencia que puede impresionar o irritar según el espectador. Personalmente, no puedo evitar que me saque un poco de quicio. Narrativamente, Sirat es exigente. No ofrece respuestas fáciles ni moralejas. Es más bien un puente estrecho entre culpa, fe y libertad, donde cada paso que dan los protagonistas te recuerda que no hay garantía de seguridad. La tensión no se construye con sobresaltos evidentes, sino con silencios, miradas y esa música que te obliga a permanecer alerta. Es un cine que demanda paciencia y atención; no es indulgente ni complaciente, y en ese sentido, logra su objetivo. En cuanto a lo visual, la película también tiene personalidad. Los espacios abiertos, secos, casi áridos, contrastan con la claustrofobia interior de los personajes. Esa contradicción es potente: mientras la cámara se abre al mundo, los personajes se encogen en sus dudas y conflictos, y el espectador siente ambas cosas a la vez. Es un diseño estético que merece reconocimiento, aunque puede resultar agotador si esperas algo más amable o “bonito”.
Ahora, siendo honesta, Sirat no me ha conquistado por completo. Es un film admirable por su coherencia y por el riesgo que asume, pero demasiado consciente de su propia genialidad. Hay momentos en los que parece que la película te recuerda que está hecha para ser premiada y comentada, más que para disfrutada sin esfuerzo. Y, sí, esto también tiene que ver con la presencia autoral de Laxe: esa ambición de director “de gran autor” puede resultar estimulante o cargante, dependiendo de cuánto te importe que alguien quiera impresionar con estilo más que con emoción directa.
Aun así, hay que reconocer los méritos. Sirat es técnicamente impecable, con actuaciones que aportan capas de interpretación y un diseño sonoro que merece aplauso. Su valentía formal y su apuesta por incomodar son sus grandes triunfos. Lo negativo: es exigente hasta el punto de resultar frustrante, el estilo autoral puede cansar y, si buscas entretenimiento ligero o consuelo emocional, saldrás del cine con cara de “¿en serio?”. En definitiva, Sirat no es una película cómoda, y eso es parte de su esencia. Es perturbadora, inquietante y, a ratos, brillante en su construcción. Provoca debate, incomoda, desafía las expectativas del cine español y deja una sensación de vértigo moral que pocas películas se atreven a generar. Personalmente, no me ha acabado de conquistar, pero entiendo perfectamente su nominación. Y, al fin y al cabo, si el cine consigue que salgas pensando, incómodo, discutible, mareado o fascinado… quizá eso ya sea suficiente victoria.












