Hay películas que ves porque alguien te las recomienda con los ojos brillantes, otras que caen por casualidad en el algoritmo, y luego están las que pones porque en el reparto figura un nombre que te genera cierta debilidad. La joven francesa (título original French Girl), dirigida y escrita a cuatro manos por James A. Woods y Nicolas Wright, es de las que llegó a mí por curiosidad de los protas y se quedó por pura inercia de sofá.
De qué va y quién anda detrás
La historia sigue a Gordon Kinski (Zach Braff), profesor de instituto en Brooklyn y romántico de manual, que decide seguir a su novia Sophie (Evelyne Brochu) hasta Quebec cuando a ella le sale la oportunidad de trabajar en el restaurante con tres estrellas Michelin de Ruby Collins (Vanessa Hudgens), casualmente su exnovia. A partir de ahí, la comedia romántica activa su piloto automático: choque cultural, familia francófona escéptica, un triángulo que nunca acaba de arriesgar nada y algún que otro enredo de sobremesa dominguera.
Completan el reparto Luc Picard, William Fichtner y Antoine-Olivier Pilon, con música de Scott Price y fotografía de Jean-François Lord, que al menos se saca de la manga algunos planos bonitos de Quebec que casi justifican por sí solos el visionado. La película se rodó en Quebec y Montreal, y se estrenó en 2024 tras pasar por el Santa Barbara International Film Festival, antes de aterrizar en streaming.
Confieso que hacía tiempo que no veía a Zach Braff en pantalla (desde que dejé de rewatchear Scrubs religiosamente) y da gusto comprobar que el tipo ha ganado en madurez interpretativa, aunque aquí el guion no le pida gran cosa más allá de poner cara de enamorado torpe durante hora y media larga.
Una comedia romántica que juega sobre seguro (demasiado)
Aquí viene la parte incómoda de toda reseña: cuando la película no te da absolutamente nada de lo que agarrarte para escribir algo memorable. La joven francesa no es mala en el sentido de «apaga y vámonos», tiene algún chiste que funciona y un par de escenas resueltas con gracia, pero está construida con un molde de comedia romántica tan cerrado, tan de manual de guion en tres actos sin sorpresas, que se te olvida mientras la estás viendo. Es cine para tener puesto de fondo un domingo lluvioso, sin exigirle nada y sin que él te devuelva nada tampoco.
El problema no es la previsibilidad (el género vive de ella, nadie ve una romcom esperando un giro a lo Vértigo), sino que ni siquiera dentro de esa previsibilidad hay una sola idea, un tono, una escena que la distinga del resto del catálogo. Ni el trasfondo gastronómico, que podría haber dado mucho juego (¿alguien se acuerda de lo bien que funcionaba la cocina como excusa dramática en otras películas del género?), se explota más allá del decorado bonito. Se queda todo en la superficie, como un suflé que sube en el horno y se desinfla nada más sacarlo.
Conclusión de La joven francesa
La joven francesa es de esas películas que ni te arrepientes de haber visto ni recomiendas a nadie. Cumple, entretiene a ratos, y se olvida con la misma velocidad con la que se estrena en las plataformas cada mes una comedia romántica más. Para una tarde sin pretensiones puede valer, pero como aportación al género se queda muy lejos de dejar poso.











