Adán y Eva se comieron una manzana y les echaron del Paraíso. En Edén (2024), un puñado de europeos hastiados de la civilización se plantan en una isla desierta de las Galápagos para fundar su propio paraíso particular, y en menos de dos horas descubren que el problema nunca fue la manzana: el problema éramos nosotros. Ron Howard dirige esta rareza protagonizada por Jude Law, Vanessa Kirby, Sydney Sweeney, Daniel Brühl y Ana de Armas, y el resultado es, cuanto menos, un experimento fascinante sobre el papel y bastante más arduo de digerir en pantalla.
De qué va la película
La cosa arranca en 1929, cuando el doctor Friedrich Ritter (Jude Law) y su pareja Dore Strauch (Vanessa Kirby) deciden que la Alemania burguesa les da exactamente igual y se instalan en la isla Floreana para vivir su particular sueño nietzscheano lejos del mundanal ruido de un proliferante fascismo. Pero su sueño dura bien poco, ya que comienza a llegar más gente a la isla. Primero una familia con ganas de reinventarse (con Sydney Sweeney embarazada y sin muchas ganas de romanticismos), y después la auténtica bomba de relojería del reparto: la baronesa Eloise, a la que da vida Ana de Armas, que se presenta con dos amantes, aires de emperatriz tropical y la firme intención de construirse un hotel de lujo en mitad de la nada. Ahí es donde el «paraíso» empieza a mostrar las costuras, y lo que iba de utopía filosófica se transforma en una lucha de egos, hambre, enfermedad y traiciones varias, basada libremente en hechos reales que, por lo visto, fueron todavía más extraños de lo que cuenta la película.
Guion de Noah Pink, banda sonora de Hans Zimmer y una fotografía de Mathias Herndl que al menos regala paisajes bonitos mientras todo se va al garete a cámara lenta. Ron Howard, que aquí se aleja bastante de sus dramas más solemnes tipo Apolo 13 o Una mente maravillosa, apuesta por un tono entre el thriller de supervivencia y la comedia negra que, sobre el papel, prometía muchísimo.

Por qué la película se me ha hecho una isla desierta de verdad
Y aquí toca ser sincero: Edén me ha parecido un peñazo de proporciones bíblicas. Se entiende perfectamente cuál es «el experimento» que plantea la película (qué pasa cuando metes a un grupo de humanos con las máscaras sociales quitadas en un entorno hostil), el problema es que, una vez entendido el mecanismo en el primer tercio, la cinta se dedica a repetirlo durante más de dos horas sin aportar prácticamente nada nuevo. Sufrimiento por el sufrimiento, crueldad por la crueldad, hasta el punto de que dejas de preguntarte «¿por qué hacen esto?» para empezar a preguntarte «¿cuánto queda?».
Si algo me ha mantenido pegado a la pantalla en los momentos más flojos ha sido Ana de Armas, que se lo pasa evidentemente en grande interpretando a la villana más excesiva del reparto, y digamos que se agradece que alguien en pantalla parezca estar divirtiéndose con todo esto.
Y ya que la película insiste tanto en la maldad como estado natural del ser humano, aquí va mi digresión filosófica gratuita: nunca me he tragado eso de que, quitados los barnices sociales, todos llevamos dentro un pequeño monstruo esperando su turno. Me parece más un recurso narrativo cómodo (el mal vende, el conflicto engancha) que una verdad universal. A mí, sin ir más lejos, quitarme la careta no me convierte en un tirano de isla desierta, simplemente me deja con menos wifi y peor humor. Prefiero pensar que la bondad no es una máscara que nos ponemos para sobrevivir en sociedad, sino justo lo contrario: la sociedad funciona porque, en el fondo, a la mayoría nos sale bastante más natural ser majos que despellejarnos por un puñado de cabras y un pozo de agua.

¿Merece la pena visitar Edén?
Edén tiene ambición, buen reparto y una premisa jugosa, pero se pierde por el camino en un ejercicio de nihilismo autocomplaciente que cansa mucho antes de que lleguen los títulos de crédito. Como reflexión sobre la naturaleza humana se queda corta; como retrato de un grupo de gente insoportable pasándolo mal en una isla preciosa, cumple de sobra.











