The Odyssey (2026) es la más reciente película de Christopher Nolan y una de las apuestas más ambiciosas de su carrera. Estamos ante una cinta de gran escala, al mejor estilo del Hollywood que alguna vez produjo películas espectaculares como Ben-Hur o Los Diez Mandamientos. Nolan entiende que para adaptar una obra como la de Homero no bastaba con contarla, había que devolverle esa dimensión monumental que alguna vez tuvo el cine épico.

Y creo que ahí está uno de los grandes aciertos de la película. La adaptación es fiel a la obra original, pero Nolan consigue darle dimensiones actuales a un poema que tiene siglos de antigüedad. Hay tres escenas que grafican particularmente bien este logro: la del Cíclope, la visita a la casa de Circe y el paso por el inframundo. En las tres sentí que aquellos recuerdos de la mitología griega que tanto me interesaron de niño adquirían forma. Son, probablemente, los tres mejores momentos de la cinta y están cargados de ese espíritu mitológico que Homero consiguió universalizar.
La película tiene además un ritmo interesante. La magnífica edición evita el agotamiento del espectador y el relato en primera persona se mezcla con el de varios narradores, generando la sensación de estar escuchando un cuento. Nolan vuelve a utilizar una estructura narrativa que obliga al espectador a reconstruir la historia mientras avanza, pero aquí esa estructura tiene además algo de relato oral, como si la película estuviera recuperando la tradición de contar historias alrededor del fuego.

Nolan sabe presentar historias de hombres conflictuados con su destino. Oppenheimer es un hombre que desprecia aquello que ha creado; Bruce Wayne comprende que Batman se ha convertido en un arma que alimenta aquello contra lo que pretendía luchar; Cooper en Interstellar debe abandonar a sus hijos para cumplir con un deber que puede salvar a la humanidad. Odiseo pertenece a esa misma línea de personajes: es un hombre dividido entre aquello que ama y aquello que debe hacer. Su verdadero objetivo no es solamente sobrevivir, sino regresar a su hogar, a su esposa y a su hijo. El sacrificio y el deber terminan convirtiéndose en el sentido de su existencia, incluso cuando el camino para cumplirlos amenaza con destruir aquello que pretende proteger.
Estamos ante una película con un gran reparto liderado por Matt Damon como Odiseo. Sin embargo, la actuación de Samantha Morton es, para mí, la mejor de la película. En sus pocos minutos en pantalla consigue robarse la cinta y merece, sin ninguna duda, una nominación al Oscar. John Leguizamo también demuestra por qué es uno de los grandes actores de carácter de su generación y ojalá su trabajo sea reconocido durante la temporada de premios. No todas las decisiones funcionan con la misma eficacia. Hay actuaciones que parecen poco inspiradas y algunas elecciones de casting no terminan de convencer. Tom Holland no consigue darle suficiente personalidad a su personaje y la presencia casi fantasmagórica de Zendaya resulta por momentos confusa dentro del relato.

Pero incluso con estas objeciones, hay algo fascinante en la manera en que Nolan aborda este material. No parece interesado únicamente en reconstruir la mitología griega, sino en preguntarse por qué seguimos contando estas historias miles de años después. Odiseo es un personaje que debe enfrentarse a las consecuencias de sus decisiones y aceptar que alcanzar aquello que desea tiene un precio. La Odisea consigue que un relato que forma parte de nuestra memoria colectiva vuelva a sentirse nuevo.











