Cuando una película documental aparece en la temporada de premios por Mejor Canción Original en vez de por Mejor Documental, suele ser señal de algo curioso: no es mala, pero tampoco ha acabado de emocionar del todo a la Academia en lo que realmente importa. Ese es el caso de Viva Verdi!, documental dirigido por Yvonne Russo que este año compite en los Oscar por la canción Sweet Dreams of Joy, compuesta por Nicholas Pike e interpretada por la soprano Ana María Martínez y que, en mi opinión, es uno de los grandes aciertos de la película. Pero vayamos por partes.
De qué trata Viva Verdi!
Viva Verdi! nos lleva al corazón de Casa Verdi, una residencia de retiro para músicos en Milán fundada en 1896 por el legendario compositor Giuseppe Verdi, quien legó parte de su fortuna precisamente para crear este lugar donde artistas de ópera pueden vivir y seguir haciendo lo que más aman.
Allí, entre corredores antiguos, cuerdas desafinadas que vuelven a afinarse cada mañana y voces que todavía vibran con fuerza, el documental sigue a residentes de entre 77 y 107 años: cantantes de ópera, bailarines, compositores, directores, músicos que no han abandonado su pasión por el arte y que también mentorizan a estudiantes jóvenes de música que conviven con ellos en la misma casa.

Reseña del documental – Entre la nostalgia y lo inevitable
Hay algo profundamente admirable en el concepto de Viva Verdi!. Esta película no busca deslumbrar con giros de guion, ni inventar tragedias artificiales: su fuerza nace de la sencillez y la honestidad. Ver a personas que dieron tanto de sí en los escenarios más grandes del mundo (desde La Scala hasta el Metropolitan) seguir conectadas a la música, enseñando, recordando, riendo o simplemente entonando una aria en el comedor de Casa Verdi es, por momentos, conmovedor.
Sin embargo, ahí también está el mayor reto del documental: su propuesta es lineal y tranquila, más contemplativa que narrativamente arriesgada. A diferencia de otros documentales que optan por una estructura más incisiva, Viva Verdi! se toma su tiempo y deja que las historias fluyan con calma. Esto puede dar una sensación de que “no pasa mucho”, o que el ritmo es demasiado uniforme para quienes esperan giros dramáticos o momentos catárticos. Y quizá esa sea la razón por la que, pese a estar nominado al Oscar por canción original, no haya sido reconocido también como documental en sí.
No obstante, esa tranquilidad tiene su belleza: el documental funciona como un recordatorio de que la vida artística no termina cuando se apaga el último aplauso. Las voces antiguas, la convivencia intergeneracional, los silencios llenos de música… Todo eso construye una reflexión muy humana sobre el valor de la creación en todas las etapas de la vida.
Viva Verdi! no es revolucionario, ni pretende serlo. Es correcto, sincero y, sobre todo, respetuoso con sus protagonistas. Puede que no te vuele la cabeza, pero te deja una sensación cálida, como si hubieras pasado una tarde escuchando historias de vida que merecen ser contadas.












