Más allá de lo que pomposamente anuncian las sinopsis y descripciones populares del documental “La solución al estilo de Alabama” (The Alabama Solution): que ha sido filmado con celulares de contrabando por los propios reclusos de uno de los sistemas penitenciarios más grandes de Estados Unidos, en Alabama; esta historia en realidad se cuenta en otro lugar, bastante lejos de sus imágenes.
Es una historia compleja de injusticias escudadas en el sentimiento colectivo de justicia. Son pésimas condiciones de vida, maltrato, abuso, discriminación, clasismo, violencia, adicciones y muertes encubiertas… todo esto dentro de una prisión.
Presos que piden ser escuchados por una sociedad que les ha dado la espalda porque el hecho de estar ahí, privados de su libertad, se asume como prueba irrefutable de crimen y maldad, aunque no siempre sea así.
Es entonces cuando «La solución al estilo de Alabama» obliga a preguntarse: ¿cometer un delito o una falta te hace acreedor a padecer en carne propia todos los demás delitos? ¿Quién comete el peor crimen: ¿alguien que ya está pagando su falta o quien, desde una posición de poder, se convierte en verdugo cotidiano, somete sin ser juzgado y, por el contrario, es premiado? ¿Acaso no estamos hablando de seres humanos?
Y esa última pregunta es la más difícil de responder, pero es el núcleo de esta historia. Porque son personas las que suplican no salir de ahí, sino recibir un trato digno dentro de su situación. Personas que exigen un alto a la violencia y a las injusticias, que demuestran miedo, que se vuelven cómplices obligados para sobrevivir, pero que piden que los abusos y las muertes no queden impunes.

Y más allá de ellos, están las familias. Familias que, además de vivir con la carga de saber que alguien cercano está privado de su libertad (sí, porque sus errores los llevaron ahí), deben soportar la desesperación de conocer los horrores que se padecen tras esos muros. Familias que atraviesan el luto porque una golpiza arrebató una vida, y que además enfrentan la indiferencia de una sociedad que no quiere ver ni entender que aquí también se necesita alzar la voz y replantear qué tipo de justicia estamos defendiendo.
Es aún más estremecedor imaginar que esta manifestación en formato cinematográfico ya les está costando castigos, más violencia y nuevos horrores a quienes participaron.
Por eso su nominación al Oscar 2026 no es solo un reconocimiento cinematográfico: es un acto incómodo de visibilidad. Y La solución al estilo de Alabama no busca absolver, busca incomodar. Porque si la justicia pierde su humanidad, deja de ser justicia y se convierte en espectáculo. Y lo verdaderamente aterrador no es lo que ocurre dentro de esas prisiones, sino lo fácil que resulta mirar hacia otro lado.












