La trayectoria de Chloé Zhao es bastante curiosa: Sus inicios en el cine independiente donde buscaba indagar en el corazón de Estados Unidos con un estilo muy intimista y que gracias a su trabajo con Nomadland acabó alzándose con el Oscar. Tras este gran paso, hizo tal vez una de las películas más peculiares de todo el universo cinematográfico de Marvel, Eternals, quizá marcando su primera digresión en toda una filmografía muy asociada a ella. Pero la cinta de hoy, si bien se sale de personajes más marginales de Estados Unidos para hablar de una de las figuras clave en la literatura anglosajona y universal como es William Shakespeare, supone para quien escribe estas líneas su mejor trabajo hasta la fecha, donde nuevamente ha sido nominada a los Oscars.
Basada en la novela homónima de Maggie O’Farrell, la historia sigue a Agnes Hathaway, la esposa de William Shakespeare. El matrimonio mantiene una vida sencilla pero feliz con sus hijos. Sin embargo, una tragedia familiar se cierne sobre ellos, por lo que ambos deberán lidiar con la tragedia que eventualmente servirá como inspiración para que William firme una de sus obras más famosas, Hamlet.
He de comenzar aclarando que para esta ocasión no estoy familiarizada con el libro, por lo que mi opinión esta basada exclusivamente en lo visto en la película. La única información que tenía presente es que la historia hace ficción de hechos reales, navegando entre la fina línea de ficción y realidad. Y al no saber nada del material original, ha sido una grata sorpresa encontrarme con un tono que más allá de la evidente carga dramática, hay un hueco para pequeños retazos de fantasía en el personaje de Agnes, unos detalles que estarán muy presentes en el devenir de la historia. Y si el drama y la fantasía en su justa medida son importantes para construir los cimientos de la historia, la otra pata de la mesa no va a ser otra que el amor. Tanto el amor improbable pero real que se profesan Agnes y William y que en determinado momento parece que puede con todo, como el amor incondicional que le demuestran a sus hijos y traspasa la pantalla. Por supuesto, Chloé Zhao no pretende mostrar que ese amor es perfecto, tiene sus baches, decisiones complicadas y responsabilidades tempranas que asumir que ponen a prueba el amor matrimonial y de familia hasta el punto de encogerse el corazón.
Por otro lado, al ser principalmente la historia de Agnes y no la de William, es de agradecer que el guion no busque hacer hincapié en el manido retrato del artista torturado o de genio incomprendido por la sociedad. Hay escenas donde por supuesto se muestra como el afán artístico de William dificulta el día a día de su familia y que, como todo buen artista, es propenso a que sus emociones se apoderen de él en algunas situaciones. No es hasta que la tragedia les golpea de manera cruel que se abre una nueva puerta entre el matrimonio y la familia: el dolor del duelo y cómo afrontarlo. Y en el caso de William es muy obvio y satisfactorio al mismo tiempo, de cómo esa pérdida va a suponer el empujón final y la inspiración suficiente para salir de un bache creativo que dará lugar a una de sus obras teatrales más célebres.

Y es que, desde tiempos pretéritos, la creación del arte es el catalizador perfecto para las emociones, en muchas ocasiones difíciles de expresar. Si el autor de la obra logra de alguna forma, desprenderse o plasmar todas esas emociones, es muy probable que estas lleguen al público y este sea partícipe de las emociones transmitidas por el autor en un acto de comunión difícil de explicar. En El retrato de Dorian Gray, Basil afirmaba que “todo retrato pintado con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo. Este no es más que un accidente, la ocasión. No es él lo que el pintor revela; es más bien el pintor quien, sobre la tela coloreada, se revela a sí mismo”. Evidentemente, esta cita transciende al arte pictórico, pues es aplicable a todas las artes. William pone sangre, sudor y lágrimas en su obra, una que, con maestría en su representación como el clímax de la película, el público responde y se vuelca con lo que hay sobre el escenario, ofreciendo quizás la mayor satisfacción que puede recibir cualquier artista.
A esa trascendencia del autor con su obra, no hay que perder de vista a Agnes, pues al fin y al cabo es su historia, la historia que viene marcada por el amor en su vertiente más trágica. Porque si William ha plasmado su duelo en forma de obra teatral, la catarsis de Agnes es ver como el recuerdo de su hijo alcanza la inmortalidad, y, por ende, ella alcanza su tan ansiada paz, un viaje que puede resumirse en con otra cita de El Cuervo. “Si nos roban a nuestros seres queridos, la forma de hacer que vivan más tiempo es no dejar de amarlos nunca. Los edificios arden, las personas mueren, pero el amor verdadero es para siempre”. A través del libreto, a través de los actores, a través de la representación, el recuerdo de su hijo nunca morirá y trascenderá generaciones.
Para ese tratamiento del duelo y del amor, Chloé Zhao muestra a la familia en medio en de la campiña inglesa, donde sobre todo Agnes está en perfecta consonancia con la naturaleza, manteniéndose fiel a sus creencias y siempre preservando aquello que le ofrecen los bosques, a la par que, transmitiendo esos conocimientos a sus hijos, por lo que el bosque tan denso y tan verde se siente como un personaje omnipotente. Toda la recreación de finales del siglo XVI con los vestuarios, las normas sociales o el diseño de producción se siente tangible pero minimalista, sin dejar que el envoltorio se coma el contenido. La banda sonora a cargo de Max Richter es una delicia, capaz de penetrar en el alma y tocar las fibras más sensibles en las escenas adecuadas para acentuar más la tragedia. Y por supuesto, sin dejar de lado el carácter minimalista, pero con temas grandilocuentes, aprovechando la vertiente teatral casi intrínseca de la historia, resultan decisiones orgánicas los paneos suaves, los largos planos secuencia con monólogos y diálogos imposibles, o los primerísimos primeros planos que buscan la mínima reacción de los actores y efectivamente, la consiguen de forma sobresaliente.

Y para hablar de los actores, hay que ir poco a poco desgranando bien. El trabajo de Jessie Buckley como Agnes es un recital. Desde su presentación como una chica algo más peculiar que no teme ir por libre, pasando por el enamoramiento con William y siendo su hombro en el que apoyarse, el amor incondicional que les brinda a sus hijos para desembocar en una madre coraje en la tercera parte del filme, con una expresividad en sus ojos que, tan solo con ellos y sin verbalizar palabra, el espectador sabe el tumulto de emociones que lleva dentro de sí. Igual de sobresaliente es la labor de Paul Mescal como William Shakespeare, quien mantiene un equilibrio muy medido entre padre de familia que ama incondicionalmente a sus hijos, el hijo con mala reputación dentro de su familia y el artista perfeccionista que no sabe dividir bien el tiempo entre su arte y su familia hasta que es demasiado tarde. Y Jacobi Jupe como Hamnet merece una mención especial honorifica, pues logra sobrecoger en todas sus escenas.
En los tiempos actuales que corren con debates sobre la tecnología y en particular la IA, que llegue justo una película que recuerde la importancia del arte como experiencia humana, de que contra la destrucción y el dolor la solución no es el odio, sino la creación; y de que el arte, si está bien hecho y se han volcado emociones profundas en él transciende el tiempo y fronteras es la mejor declaración de intenciones que se podría tener. Los avances técnicos seguirán prosperando hasta limites insospechados y en muchos casos serán beneficiosos, pero en lo que al arte se refiere, el arte debe nacer de la experiencia humana simplemente porque el arte es la mayor de las expresiones que puede alcanzar el ser humano.












