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El experimento

Uno de los formatos televisivos que van ligados al siglo XXI y que sin duda es un fenómeno que llegó para quedarse es del reality show. Y con el paso del tiempo, el público de todo el mundo ha visto dinámicas en este formato que van desde lo más convencional hasta experimentos muy arriesgados. La película de hoy, si bien no está directamente relacionada con dicho formato, si comparte muchas características que hacen atractivos a estos programas y es una idea que a nadie le sorprendería si se llevase a cabo como reality.

Inspirada en el experimento de la cárcel de Stanford de 1971 llevado a cabo por el Doctor Zimbardo, la historia sigue a Tarek Fahd, un taxista que ve un anuncio en el periódico sobre un experimento acerca del comportamiento a cambio de una generosa suma de marcos. Decidido, Tarek se inscribe en el experimento, en el que los participantes se dividen entre presos y carcelarios en un entorno simulado. Cada uno debe asumir el rol que se le ha otorgado, pero algunos de los participantes no tardarán en llevar sus roles demasiado lejos.

La idea de monitorear el mencionado experimento ciertamente resulta atractiva y deja claro en el planteamiento cuál es el objetivo principal de la cinta, tanto si uno está familiarizado con la prueba real como si no. De cualquier modo, resulta fascinante a la par que escalofriante contemplar como todos los hombres (sin importar en qué bando han caído) que acceden a someterse al experimento, al estar en un entorno tan reducido y tener unos papeles tan marcados que deben acatar, pasan por un pequeño proceso de deshumanización hasta que asumen que no se trata de ningún juego. Y todo ello bajo la atenta mirada de un grupo de doctores y científicos dispuestos a apuntar todo lo que ven en pantalla, y si es preciso, dar directrices para tratar de obtener los resultados deseados.

Dentro de todo ese tratamiento semi documental y hasta cierto punto frío del experimento, pero siempre teniendo a Tarek como punto de referencia, la tensión está increíblemente bien construida. Tal y como le han comentado al espectador a base de las entrevistas o de los perfiles de los implicados, resulta impredecible saber por parte de quién se va a prender la mecha de la violencia que acabará desembocando en un gran incendio. Las alianzas pueden saltar por los aires en cualquier momento, de modo que aquellos que podían parecer amigos a primera vista resultan no ser dignos de confianza. o aquellos que podrían generar más dudas y ser vistos como personas más difíciles terminan convirtiéndose en inesperados aliados, de modo que los perfiles psicológicos de los personajes acaban siendo en gran medida bastante más complejos de lo que uno podía suponer.

El experimento

Por supuesto, la sensación de encierro al tratarse de una cárcel también está muy lograda y supone el caldo de cultivo perfecto para que todas las tensiones entre los implicados salten por los aires, al principio a base humillaciones físicas y psicológicas, y finalmente empleando la violencia. La iluminación más fría al principio ayuda a esa sensación de distanciamiento con fines científicos, pero a medida que va avanzando el metraje la iluminación se permite la licencia de jugar con los colores, resaltando tonos amarillos muy estridentes que enfatizan el tono enfermizo que va cogiendo la historia. Y el montaje tan propio de principios de los 2000 hace que la película se sienta siempre dinámica.

Con un reparto tan numeroso en el que cada personaje puede tener reservadas varias sorpresas, es difícil señalar con tanta vehemencia quien sobresale por encima de sus compañeros. Moritz Bleibtreu como Tarek cumple con creces como ese personaje de varias capas y cuyos siguientes movimientos resultan difíciles de vislumbrar. Pero como personaje más memorable habría que destacar a Berus, interpretado por Justus von Dohnányi, solo por el hecho de mantener un tirantísimo cara a cara con Tarek durante todo el filme, por ser alguien que acaba por no contenerse nada y por ser al final del día la persona que puede dar la razón ser al experimento.

A pesar de que en líneas generales la película tenga un ritmo muy notable, los flashbacks que involucran al personaje de Dora se sienten muy pesados y que no terminan de estar bien ensamblados. Es claro el propósito de tener un personaje con el que sentir cierto apego emocional y algún tipo de nexo con el exterior, solo que no acaban de funcionar y acaban lastrando el conjunto. De la misma manera, cuando de desata toda la violencia de la que son capaces los designados como carceleros, hay varios momentos en los que esa violencia tan desenfrenada amenaza con devorar todas la intenciones que pudiese tener la cinta. Afortunadamente, para el clímax sabe sobreponerse y dar un cierre muy digno a un viaje cargado de tensión y de reflexiones sobre el comportamiento humano.

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