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El crepúsculo de los dioses - Filmfilicos Blog de cine

Ninguna película en blanco y negro me ha causado tanto impacto como El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950). Tanto su inicio como su final se cuentan entre las escenas más icónicas jamás rodadas, si bien es cierto que la historia que encierran no resulta menos fascinante. Y es que cuando el cine habla de sí mismo, lo mejor que podemos hacer es sentarnos y prepararnos para disfrutar…

Es bien sabido que la primera gran revolución técnica del séptimo arte tuvo lugar con la introducción del sonido. A pesar de que la primera película que hizo uso de banda sonora y sonidos sincronizados fue Don Juan (1926), la ausencia de palabra hablada de la misma hace que muchos consideren El cantor de jazz (1927), con sus poco más de dos minutos de diálogos, como la primera película sonora. Como ocurre con muchas revoluciones, la ristra de cadáveres no se hizo esperar: los de las estrellas de aquel Hollywood silente que no fueron capaces de adaptarse a la nueva forma de hacer cine, que implicaba memorizar guiones, una buena dicción y entonación, además de abandonar una fascinante forma de (sobre)actuar dependiente del gesto y el movimiento en pos de un estilo más “realista” y comedido. Si Cantando bajo la lluvia (1952) describiría tal cambio de una forma amable y divertida un par de años más tarde, El crepúsculo de los dioses mostró a los espectadores de la recién estrenada década de los 50 lo que fue de aquellas doradas estrellas que fueron engullidas por la maquinaria de la fábrica de sueños, apartadas por los estudios y relegadas al más ominoso olvido.

El crepúsculo de los dioses - Filmfilicos Blog de cineY así, Wilder nos presenta a Joe (William Holden), un mediocre escritor de guiones endeudado hasta las cejas que por casualidad llega hasta la mansión de Norma Desmond (Gloria Swanson), una vieja gloria del cine mudo que planea su vuelta a la gran pantalla. Norma se encapricha de Joe y entre ellos se establece una relación que al principio el guionista encontrará ventajosa, pero que pronto degenerará en una espiral de celos y locura.

Podría escribirse un libro (de hecho, se han escrito) sobre el rodaje de El crepúsculo de los dioses y su importancia en la historia del cine. Como esto no pretende ser más que una simple reseña, intentaré centrarme en sus puntos fuertes: la fotografía, el diseño de producción, y el casting.

Empecemos por éste último. En principio, el papel de Joe estaba pensado para Montgomery Cliff, pero el chico se bajó del barco pensando que participar en una sátira tan caústica en contra del Hollywood que le daba de comer era demasiado arriesgado hasta para él, con lo bien que se le daba vivir en la cuerda floja. Para William Holden, que andaba ya casi decidido a tirar la toalla en el mundo de la interpretación, y que había empezado a empinar el codo (costumbre que, lejos de abandonar, afianzaría con el paso del tiempo), El crepúsculo de los dioses supuso la oportunidad que andaba esperando, el trampolín desde el que relanzó su carrera. Su impecable interpretación del descreído guionista le valió una merecida nominación a los Oscars y el reconocimiento de la crítica.

¿Y quién daría vida a Norma Desmond, la vieja gloria del cine mudo? Si algo tenía claro Wilder, era que debía hacerlo una diva en horas bajas, pero Pola Negri y Mary Pickford lo rechazaron de pleno, indignadas ante la imagen que darían de sí mismas; por su parte, Mae West pretendía reescribir el guión en su propio beneficio. Y entonces llegó la maravillosa Gloria Swanson, la estrella más rutilante y mejor pagada del cine mudo, el epítome del glamour del Hollywood de los años 20… y Wilder se dio cuenta de que Swanson era Desmond, y que Desmond era Swanson. Puede que hubiera pasado el tiempo, pero el magnetismo de aquella mirada seguía intacto. Con sus ademanes afectados y caducos, Swanson eclipsa al resto del elenco, y es capaz de hacernos empatizar con una mujer amargada, presa de su pasado, pagada de sí misma y a la vez rota por dentro, abandonada en un oscuro rincón como un juguete olvidado. Tal fue la simbiosis entre el rol y la actriz, que los retazos de la vida de Swanson (cientos de fotografías, algunos objetos personales y hasta el metraje de la película que marcó el descenso de su carrera –La reina Kelly, 1929) forman parte del filme. Su actuación mereció también la nominación al Oscar a mejor actriz.

Wilder consiguió además que Eric Von Stroheim (precisamente el director de La reina Kelly), aceptara el papel de Max, el mayordomo de Norma Desmond. Su aparente hieratismo hará que nos impacte más conocer el verdadero alcance de su relación con la protagonista. Pero esto no es todo. Los cameos del actor Buster Keaton (en la partida de cartas), del director Cecil B. DeMille (durante la visita a los estudios Paramount), y de la controvertida periodista Hedda Hopper (en la escena final) son pequeñas píldoras de nostalgia que redondearán el visionado del El crepúsculo de los dioses.

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Del diseño de producción sólo apuntaré las dos localizaciones más reseñables. Por una parte, la decrépita mansión Desmond, teóricamente ubicada en Sunset Boulevard (en realidad se hallaba en otra parte de la ciudad), cuyo interior, que fue reproducido en estudio, se convierte en un verdadero mausoleo. Los pesados cortinajes, la atmósfera cargada y polvorienta, la acumulación de decoración pesada y barroca, y sobre todo, las cientos de fotografías y recuerdos personales de la propia Gloria Swanson hacen palidecer los tesoros de la tumba de Tutankamón. Porque a pesar de su caduca opulencia, la mansión de Norma Desmond no es más que eso, una tumba para una actriz sepultada por su pasado. Por otra parte, la visita a los estudios Paramount, un lugar que para cualquier cinéfilo evoca magia, y cuyos efectos podemos ver en el estudio donde DeMille está rodando su Sansón y Dalila (1949) es una verdadera delicia, y está repleto de detalles que no harán más que reforzar la angustia vital que rodea a nuestra protagonista.

En último lugar, el mimo y el detalle puestos no solo en la iluminación (fijaos en los ojos de Swanson en cualquier escena) sino en los tiros de cámara, en unos planos que por su complejidad técnica (el contrapicado de la piscina) o por su eficacia a la hora de causar impacto en el espectador (el travelling de la escena final) quedarán grabados en tu retina para siempre. Debo confesar que, desde su primer visionado, suelo repetir esa última escena una y otra vez, maravillada ante la composición de esos periodistas-estatua que acompañan a la diva en su descenso a la locura, los movimientos casi animales de una Swanson que parece flotar sobre una realidad que su mente ya ha rechazado de pleno, y sus ojos, unos ojos que atrapan a tod@s l@s que miramos en la oscuridad.

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Para mí El crepúsculo de los dioses es sin duda la obra maestra de Wilder, la más valiente y sincera, la más adelantada a su tiempo, su testamento sobre un mundo del que muchas veces sólo vemos y disfrutamos sus luces, y cuyas crueles sombras solo han empezado a vislumbrarse en estos últimos años.

La nota de filmfilicos
Autor/a
(AKA )
Descripción: Cuando era una niña odiaba las matemáticas, me encantaban las canciones en inglés, leía a escondidas, merendaba donuts blancos, me inventaba historias, coleccionaba Barbies y si me preguntabas que dónde quería ir mi respuesta invariablemente era "al cine". Debido a mi complejo de Peter Pan, a estas alturas puedo seguir dando por válidas todas las afirmaciones anteriores. Por desgracia, ahora los donuts me engordan y las cuentas que tengo que hacer son para llegar a fin de mes. Frase: #piensoenpelisluegoexisto
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