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Crítica de la película Madre!

De vez en cuando irrumpe sobre la mesa una película que arrastra polémica. Ya sea por asuntos detrás de las cámaras, temática o ese arma de doble filo que es el boca oreja. También es cierto que la polémica sirve como una muy buena campaña de marketing, ya que en cuando se dan este tipo de casos, el público irremediablemente tendrá interés en ver dicha cinta. Como no podía ser de otro modo, no soy inmune a esta táctica y tenía muchas ganas de ver qué ofrecía el nuevo trabajo de Aronofsky: Madre!.

Una mujer y su marido viven tranquilamente en una casa alejada de la civilización. Sin embargo, la mujer pronto se sentirá incómoda cuando su marido invite a entrar a su casa a un extraño y a partir de ese momento, empezarán a suceder cosas extrañas en la vida de la pareja y en su propio hogar.

Creo que a estas alturas de su filmografía, se puede afirmar casi con total seguridad que Aronofsky es uno de esos directores que tienen tanto detractores como defensores. Con esta frase lo que pretendo decir es que uno cuando va a ver un film de este director, debería tener en mente qué es lo que se puede encontrar. Pero sin querer meterme en el terreno de los spoilers, nada podría haberme preparado para lo que ofrece con su último largometraje.

Madre!Uno de los aspectos más llamativos que ofrece la película es que está cargada de simbolismos, algo que podrá enfurecer a los espectadores que vayan buscando una historia mucho más enfocada a la narración. Sin embargo, el alto contenido simbólico es uno de los detalles que más he agradecido, ya que en mi opinión, eso hace que uno esté constantemente pensando en lo que acaba de ver, de forma que una imagen, un gesto o una palabra se instala en lo más profundo de la psique adquiriendo el significado que le quiera dar cada uno.

Lo que me lleva al siguiente aspecto curioso: Todo lo que sucede en la trama planteada está abierto a la libre interpretación, lo que fomenta el debate. Aunque sería un error por mi parte pasar por alto las metáforas religiosas, o más concretamente, las metáforas cristianas que se hallan de forma más o menos explícita en la película con las que otra vez, cada persona puede sacar sus propias conclusiones, tal y como sucedía con otra obra suya, La fuente de la vida, con la que me atrevería a decir que comparte muchas similitudes.

Pero la cinta no es solo una serie de imágenes bellas o grotescas sin ninguna clase de coherencia interna que buscan provocar emociones fuertes en el público. También tiene su propia narrativa centrada en los dos personajes principales, la mujer y su marido. Y digo la mujer y su marido porque no tienen nombre propios, ni siquiera en las bases de datos. Ambos tienen conflictos muy humanos llevados al extremo. Por ejemplo, ella le ama incondicionalmente a él y se lo demuestra con cada acción, esforzándose por ser una buena esposa y dándole todo el espacio que necesite. En el caso de él, es un escritor cuya inspiración parece haberse esfumado y teme no volver a crear otra obra igual de trascendente. Ambos dilemas ya conocidos por el gran  público funcionan a la perfección.

De hecho, una de las situaciones con las que quizás el público pueda sentirse más identificado es cuando empiezan a llegar extraños a casa. Esa incertidumbre de no saber quien es la persona que ha puesto un pie en las cuatro paredes más seguras que son las del propio hogar y no saber cuando se irá duele, provoca angustia y se siente como una invasión a la privacidad. Cuando se ve como el hogar sobre el que tanta confianza y recuerdos se han depositado se viene abajo, el dolor va en aumento. Y no sé como lo ha filmado Aronosfky, pero ha conseguido captar y expresar un miedo tan humano en la pantalla con el que me he quedado asombrada y horrorizada.

Madre!

En una propuesta tan arriesgada como esta es obligación aplaudir que los actores se hayan tirado de cabeza a la piscina. Le tengo una manía terrible a Jennifer Lawrence, pues bajo mi punto de vista, tiene solo dos registros interpretativos: El de chica histérica e histriónica como en El lado bueno de las cosas o completamente desganada como en X-Men: Apocalipsis. Pero ha sido una grata sorpresa verla aquí vulnerable, calmada, sutil y francamente interesada en el papel que está haciendo. Lo mismo sucede con Javier Bardem, quien abraza la locura implícita en su personaje. Y pese a las breves intervenciones que tiene el personaje de Michelle Pfeiffer, la veterana actriz logra exprimir todo el jugo a sus posibilidades.

El único defecto que podría sacarle en cara es los pronunciados bajones de ritmo, que son breves y la tensión vuelve a crecer de manera exponencial, pero están ahí y repercuten en el resultado final con un ritmo mucho más irregular. Por todo lo demás, he quedado encandilada con esta historia de reflexiones y pesadillas, y es que cuanto más pienso en ella, más me convence. Aunque con el fin de evitar spoilers, la interpretación de todo me la reservo para mí.

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