Hay ideas de películas que, cuando las escuchas por primera vez, te generan dos reacciones simultáneas y contradictorias: «esto es una locura» y «pero… ¿cómo no se les había ocurrido antes?». La muerte del unicornio (Death of a Unicorn, 2025) es exactamente eso. Un padre y su hija atropellan a un unicornio de camino a una reunión de trabajo con el jefe. Y de ahí, ya os podéis imaginar (o quizás no) lo que viene. A24 produciendo. Comedia negra, gore y sátira corporativa mezclados en la misma coctelera. El concepto es irresistible. Otra cosa es lo que ocurre cuando le das al play.
Sinopsis, reparto y dirección de La muerte del unicornio
Elliot Kintner, abogado viudo, y su hija adolescente Ridley atropellan accidentalmente a un unicornio cuando se dirigían a pasar un fin de semana en la finca de su jefe, Odell Leopold, un magnate farmacéutico con un cáncer en fase terminal. Lo que comienza como un percance de carretera bastante insólito deriva rápidamente en algo bastante más oscuro y bastante más sangriento cuando los Leopold descubren que la criatura tiene propiedades curativas sobrenaturales que pretenden explotar.
Detrás de la cámara está Alex Scharfman, en su debut en el largometraje. Delante, un reparto que sobre el papel da mucho gusto leer: Paul Rudd, Jenna Ortega, Will Poulter, Téa Leoni y Richard E. Grant. Vamos, que no es un proyecto de bajo presupuesto y cuatro amigos.
Jenna Ortega sigue consolidándose como referente del género de terror con toques de humor, y Paul Rudd hace lo que mejor sabe: ser encantador incluso en situaciones absurdas. Quien brilla con luz propia entre los secundarios es Anthony Carrigan como el mayordomo, que se lleva más de una carcajada y resulta el personaje más fácil de querer de toda la función.

Una promesa que se queda a medias
El problema de La muerte del unicornio no es su premisa. La premisa es fantástica. El problema es que una buena idea no es suficiente si no sabes muy bien a dónde llevarla.
La película arranca con energía. El tono es el correcto, el absurdo está calibrado, y uno tiene la sensación de que esto puede convertirse en algo especial, en una de esas comedias de terror gamberras que te sorprenden. Pero lo que podría haber sido una gamberrada al estilo de La cabaña en el bosque termina siendo un intento un poco torpe de hacer reír a lo bestia. Los Leopold, esa familia de ricos sin escrúpulos que monopoliza gran parte del metraje, funcionan más como caricatura que como personajes, y ahí es donde el filme pierde fuelle. La sátira corporativa y anticapitalista está ahí, bien visible, pero se queda en la superficie. No araña lo suficiente.
No es una mala película, pero tampoco es la que debería haber sido. La comedia es fuerte pero inconsistente: algunos momentos funcionan de maravilla mientras que otros caen en saco roto. Y en este tipo de género, el ritmo lo es todo. Lo que sí funciona, y bastante bien, es el gore. Cuando la película se pone seria en ese apartado, entrega. Hay momentos que generan una tensión con ecos del Jurassic Park original. Y los unicornios, hay que decirlo, tienen una presencia visual que da el pego. No son el chiste fácil que podrían haber sido.
En definitiva, La muerte del unicornio es el tipo de película que ves con una sonrisa en la cara durante el primer acto, con el ceño ligeramente fruncido durante el segundo y con la sensación de «estuvo bien, pero…» cuando llegan los créditos. Una rareza entrañable que no termina de explotar todo su potencial. Ideal para ver acompañado, con palomitas, sin grandes expectativas y con ganas de desconectar el cerebro el tiempo justo.











