A veces las historias tienen un componente muy curioso. Poco importa si se trata de una película, serie o novela, que los temas que trata son relevantes para la época en la que la historia fue concebida y que llegan a resonar con más fuerza años después. ¿Es porque los seres humanos somos el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra? ¿Se debe a que la historia es cíclica? ¿Si un tema es intrínseco a la condición humana poco importa en qué contexto se dé, que siempre estará vigente? Estas son algunas de las preguntas que me han surgido tras ver la cinta de hoy, aunque no estoy muy segura debido a la magnificencia de poder aportar una respuesta satisfactoria.
Rainer Wenger es un profesor de instituto en una ciudad de Alemania. Durante la semana de proyectos se le asigna la tarea de explicar en qué consistente la autocracia a una clase en particular, pero lo que comienza siendo un experimento por hacer la clase más dinámica e interactiva creará un peligroso sentimiento de comunidad que va más allá del aula.
A la hora de establecer una dinámica de poder donde una parte subyuga a la otra, al principio la parte que quiere hacerse con el control no lo va a tomar en la mayoría de los casos mediante golpes, gritos o violencia. Para crear esta relación la parte que quiere asumir el control primero se va infiltrando de manera insidiosa en todos los estratos, con un mensaje amable, quizá apelando a emociones con tal de llegar al núcleo y una vez ha visto los detalles con claridad, empezar a permear hasta haber tomado el control sin que la otra parte se de cuenta. El mecanismo puede funcionar para una relación de pareja abusiva, para una familia desestructurada, para una clase, un grupo de amigos, un equipo de trabajo o toda una sociedad con derecho a voto.
Y es que como bien deja clara la cinta desde su potentísima secuencia de créditos, en este caso las ideas autoritarias llegan con una cara amable. La semilla de la discordia no va a ser otro que Rainer, el profesor que va escuchando punk rock en su coche con las ventanillas bajadas, que lleva camisetas negras con logos de bandas, que parece un tipo enrollado tanto con sus colegas como con sus alumnos y que durante la semana de proyectos deseaba explayarse en lo que significa la anarquía, ya que durante su juventud fue okupa en Kreuzberg. Nadie, ni siquiera él, podía imaginar las consecuencias de querer hacer semejante experimento. Como profesor es su trabajo interactuar con los alumnos, fomentar la curiosidad y tirar del hilo resolviendo dudas con ejemplos prácticos, y si al final del día estos alumnos hablan en casa con entusiasmo sobre lo que han aprendido en clase, debería ser buena señal.

Sin embargo, al poner ejemplos prácticos de cómo funciona una autocracia, la dinámica de grupo va transformándose. El ostracismo hacia alumnos que piensan diferente o se oponen de alguna forma a la voz cantante es evidente, se busca una uniformidad de pensamiento y física casi ecuánime, los alumnos buscan extender sus ideales de pensamiento por el colegio y por toda la ciudad, y están cada vez más convencidos de sus ideales sin pararse a pensar de forma crítica en qué consisten realmente o las consecuencias de sus actos. El filme hace un trabajo espectacular con este dilema, presentándole a la clase ciertas virtudes como el férreo trabajo en equipo, la sensación de que alguien se preocupa por sus inquietudes, y en definitiva, se aporta un sentido de pertenencia. Todo teóricos puntos positivos hasta que se empieza a señalar al disidente con actos de violencia aplicando el estás conmigo o estás contra mí. Y el cambio de la actitud es tan sutil, que pasa al terror del pensamiento único casi sin que los alumnos y los espectadores nos demos cuenta de que la transformación ya ha hecho mella.
Se agradece el trabajo de Dennis Gansel a la hora de plasmar cómo es esa clase, quitando estereotipos de que tal vez las dinámicas de poder encajan con un perfil determinado de persona, clase social o personalidad, pues todos en algún punto se ven seducidos por las ideas autoritarias. De hecho, una clase de adolescentes suele ser muy heterogénea, por lo que es normal que en el aula haya todo tipo de perfiles. Desde el chico desencantado con su vida que con este experimento ha encontrado su gran propósito, la alumna más hippie que no soporta las injusticias, la pandilla que se siente en los pupitres al final de clase y que llevarán las reglas del grupo a rajatabla, amistades que aprovecharán las disidencias en su propio beneficio o alumnos que se volverán mucho más agresivos, alentados por la figura de poder principal. Tiene incluso más mérito ver como se van gestando estas dinámicas a través del ágil montaje, los encabalgamientos sonoros entre las clases y los hogares o las escenas donde el caos se apodera de la ciudad, pues aquí se ve directamente el contraste y cómo las intenciones empiezan a irse de las manos.
Debido a que se trata de un reparto muy coral, todos los alumnos que forman parte del aula aportan su pequeño granito de arena y matices para terminar de darle forma al experimento. Por supuesto, a la cabeza está Jürgen Vogel como Rainer, quien se muestra muy contenido en gran parte de la cinta hasta el apoteósico tramo final, donde termina por adueñase por méritos propios de la escena. Y como alumnos más destacados estarían Frederick Lau como Tim, Jennifer Ulrich como Karo y Max Riemelt como Marco, los personajes más determinantes para el devenir de la historia.
En resumen, se pueden admirar sus intenciones como experimento terrorífico que con velocidad pausada pero firme va devorando todo lo que toca, y si bien su tercer acto es una bomba de relojería, se echa en falta que durante los dos primeros actos la modulación de la violencia sea más evidente, aunque por otra parte su objetivo resida en los pequeños detalles.











