Una vez las sagas slasher se han establecido con nombre propio y se han ganado un lugar dentro de la cultura popular, la saga queda de por vida ligado al famoso asesino. Y si bien hay casos para todo, como la primera entrega de Viernes 13 donde el célebre Jason no hace acto de presencia, las múltiples identidades que ha tenido Ghostface en Scream a lo largo de los años o ya saliendo de sagas slasher, la presencia cada vez más reducida de John Kramer en Saw, sin temor a equivocarme hay poquísimos casos tan particulares como el de la película de hoy, donde la cinta es prácticamente una rareza aparte de todo el canon de la saga.
Previo a la noche de Halloween, el propietario de una gran compañía de juguetes está fabricando unas máscaras especiales para gastar la broma definitiva durante esta fecha tan especial.
Una vez establecido que para esta ocasión Michael Myers no está ni se le espera, la acción se traslada de los suburbios de Haddonfield, Illinois a unos pequeños pueblos en el norte de California, haciendo más evidente la ruptura. El plan original era seguir la franquicia con historias de terror encuadradas dentro de la noche Halloween dándole un formato más antológico, pero debido al mal recibimiento de este filme fundamentado en que el público quería ver al conocido asesino enmascarado hizo que estos planes por desgracia se desecharan por completo. Una decisión que marcaría el destino de la saga, aunque años después las antologías en mayor o menos medida han demostrado que pueden arrastrar a un buen puñado de seguidores, ofreciendo trabajos correctos casi cada año o en ocasiones como con la espectacular Truco o trato se demuestra que un hilo conductor durante Halloween da para mucho.
A pesar de que esta película abandone la senda slasher y de que John Carpenter no esté en la silla del director ni firme el guion, hay pequeños destellos de reminiscencias. Para esta ocasión desde el primer minuto más que la persecución de un asesino el personaje principal parece que está huyendo de algo mucho más grande que él, creando la sensación de que tal vez ha descubierto algo que no debería saber. El misterio sobre por qué huía este personaje se va mantener hasta bien entrado el tercer acto, pero por el camino Tommy Lee Wallace va a dejar detalles que casan muy bien con el espíritu de la primera Halloween: unos jumpscares tan sutiles como efectivos, la combinación más lúdica con la terrorífica de la celebración, un leitmotiv en forma de jingle que sustituye a la banda sonora, un maquillaje prostético a cargo de Don Post que adquiere vida propia cada vez que aparece en pantalla dando lugar a algunas de las mejores muertes de la saga (lástima que tenga tan pocas oportunidades de verse espectacular en pantalla), y finalmente, un trasfondo terrorífico al revelarse el plan. Y ni qué decir que a través de la figura de Cochran se esconde una crítica contra el capitalismo más salvaje a través de las celebraciones, toda la maquinaria a su disposición para transmitir el mensaje que él mismo ha diseñado o las consecuencias de ese modelo de producción que lo tiene todo tan atado y termina empobreciendo a los locales.

Aun con estas buenas intenciones es cierto que la película en muchos momentos peca más de sostenerse sobre una idea en lugar de obtener resultados notables. Y es una pena porque el planteamiento es muy atractivo, especialmente una vez se descubren las verdaderas intenciones de Cochran. Pero el guion está lleno de conveniencias narrativas, de que ciertos personajes se libren de forma muy idónea en situaciones de vida o muerte, de que eviten hacer preguntas de más o entrar en los sitios adecuados para no tener que dar respuestas antes de tiempo, y sobre todo, lo poco creíble que resulta el Dr. Challis como protagonista donde parece que todo el mundo le rinde pleitesía sin ningún motivo, por lo que sus dinámicas con el resto de personajes o el desarrollo de sus relaciones se siente muy forzado.
En cuanto al reparto, todos cumplen con un arquetipo muy definido y muy propio de tiempos pasados. Tom Atkins como el Dr. Challis encaja con ese arquetipo de héroe a la fuerza, un tanto rudo, con problemas familiares, brillante carrera laboral y algo más canalla de lo que debe. Stacey Nelkin como Ellie queda reducida a una simple acompañante en la búsqueda por desentrañar el misterio. Tal vez el único que aunque sea jugar la carta del villano magnate lo borda es Dan O’Herlihy como Cochran, modulando a la perfección la falsa sonrisa amable corporativa con una mirada cargada de oscuras intenciones.
Es una lástima que no sea vean a gran escala las consecuencias del plan de Cochran. La película tenía unos fantásticos mimbres para crear secuencias dignas de pesadillas que traumatizasen a varias generaciones, pero su construcción del misterio es irregular y la recompensa es escasa si se compara con las expectativas en torno a la idea.











