Dado que agosto suele ser el mes en el que la mayoría de países en Europa o en el hemisferio norte más occidental la gente se va de vacaciones, es normal que este concepto esté presente en el día a día, incluso de los que prefieren reservarlas para otro momento. Como la mente no descansa ni de vacaciones, la mía en particular empezó a divagar sobre historias donde unas vacaciones salen mal hasta el punto de convertirse en una película de terror, por lo que este hilo de pensamiento me ha llevado a revisionar una cinta con esta premisa a la que le guardaba un cariño especial.
Basada en la película homónima de Wes Craven, una familia viaja a través del desierto estadounidense para llegar a California. Pero lo que se suponía que iba a ser una travesía fácil no tardará en complicarse cuando descubran que no están solos, pues se habrán adentrado en una zona abandonada donde el gobierno hizo pruebas nucleares.
Antes de empezar me gustaría aclarar que para esta ocasión no he visto la película original de 1977, por lo que mi opinión solo está fundada en lo mostrado en el remake. Pero si algo queda claro con este remake es que surgió en el momento adecuado, cuando a mediados de los 2000s la mayor parte de la oferta del género de terror eran remakes de clásicos estadounidenses o filmes que ya habían sido exitosos en Asia, en el que el público demandaba una violencia gráfica fruto del contexto temporal en Estados Unidos y el torture porn estaba en pleno auge. Si se le preguntase a la mayor parte del público seguidor del género durante aquellos años, muchos afirmarán que gran parte de esos remakes no estaban a la altura y que tan solo usaban la marca para hacer la misma película sin aportar gran novedad o como excusa para dar rienda suelta a la violencia del momento.
Pero casi por consenso, este remake cortesía de Alexandre Aja goza hasta día de hoy de excelente salud. Desde su comienzo no se corta ni un pelo en cuanto violencia, aunque sea solo un leve aperitivo de lo que está por llegar. Con sus inspirados créditos donde gracias a imágenes de archivo se vislumbran las pruebas nucleares y las consecuencias que suponen sobre las personas, el contexto queda más que claro y prepara al público para los horrores gráficos que le esperan a la familia Carter. Si se tira más del hilo narrativo, Aja es uno de los nombres propios de la new french extremity, por lo que al presentar el entorno todo está teñido de una atmósfera lúgubre donde no existe ningún tipo de piedad. Esta ambientación es bastante meritoria si se tiene en cuenta que gran parte de la historia sucede a plena luz del día en un árido desierto, donde cualquier paso en falso puede ser el último y detrás de cada roca se esconde una amenaza dispuesta a despedazar a los Carter.
Aun con todas las pistas y la pesadumbre que rodea al conjunto, la historia se toma su tiempo en presentar a la familia, sus dinámicas, sus tensiones y dejar entrever que no todo es perfecto, además de pagar el peaje de personajes tomando decisiones no muy inteligentes. Por si fuera poco, juega la carta emocional desde la misma presentación al incluir una pareja de perros y una bebé, poniendo el corazón en un puño y yendo muy en serio con sus intenciones. Una vez la amenaza adquiere rostro propio, la violencia resulta muy incómoda de ver, con algunos personajes incluso gratuita de más; pero esto hace que el ritmo pase de 50 a 100 en poco tiempo y que a partir de ahí no decaiga. Mención aparte merece la dirección de Aja no solo a la hora de plasmar la brutalidad y por traspasar la pantalla con el hostil desierto, sino porque también maneja los jumpscares con mucha precisión pillando casi siempre con la guardia baja.

De cara al tercer acto, todo ese trasfondo lúgubre adquiere una nueva capa espeluznante. El germen de la amenaza, de esos mutantes caníbales en todo su esplendor, se recontextualiza con lo mostrado en los créditos, deteniéndose mucho más en los detalles explícitos del valle inquietante con la brutal crítica al uso de armas nucleares en una secuencia que pone los pelos de punta y aunque sea demasiado tarde, sí siembra la duda si la creación de esos monstruos era evitable y qué responsabilidad tuvieron las personas en aquel devenir. Y es en este punto, en el cénit narrativo y argumental, donde la violencia y la crítica alcanza su mejor simbiosis.
En cuanto al reparto, gran parte del protagonismo recae sobre Aaron Stanford como Doug, un hombre que al principio se presenta como alguien más inseguro e incluso como menos hombre por negarse a sostener un arma, pero a la hora de la verdad luchará hasta el final con uñas y dientes por mantener a su familia (o lo que quede de ella) con vida, haciendo que su arco de transformación sea muy estimulante de contemplar. Y no se puede hacer de menos a todos los actores enfundados en las prótesis de los mutantes, un espectacular y grotesco trabajo de la leyenda que es Greg Nicotero, quienes se toman muy en serio su cometido de hacer pedazos a todos los incautos que se crucen en su camino, no sin antes someterlos a un auténtico infierno.
En líneas generales, se trata de una película muy sólida que no hace concesiones acerca de la violencia y que juega perfectamente con las cartas sobre la mesa, dando un resultado que se mantiene impoluto hasta la actualidad.











