Hay sagas que se despiden a tiempo y sagas que insisten en apurar el chicle hasta que ya no queda sabor, solo esfuerzo mandibular. Ocho apellidos marroquís, dirigida por Álvaro Fernández Armero, es el tercer capítulo de una franquicia que nació con gracia, siguió con menos gracia y ahora directamente ha decidido presentarse a una fiesta a la que nadie la había invitado.
De qué va (y de qué venía) Ocho apellidos marroquís
La historia sigue a Carmen (Elena Irureta), que tras la muerte de su marido José María emprende un viaje a Marruecos junto a su hija Begoña (Michelle Jenner) y el ex de esta, Guillermo (Julián López), para recuperar el primer barco pesquero de la familia. Allí, entre choques culturales de manual y algún secreto familiar que nadie pidió, la película intenta repetir la fórmula que tan bien le funcionó a Ocho apellidos vascos en 2014: humor de contraste regional, prejuicios que se disuelven en un tercer acto de abrazos y buenas intenciones.
El problema es que esta entrega llega sin absolutamente nada del equipo original. Ni Dani Rovira, ni Clara Lago, ni Emilio Martínez Lázaro en la dirección, ni tampoco Borja Cobeaga o Diego San José en el guion, que eran quienes de verdad sabían cómo tratar el humor regional sin caer en el chiste de brocha gorda. Aquí el testigo lo recoge Daniel Castro, y sinceramente, se nota, y mucho, la ausencia de esas manos. Tanto es así que la película ni siquiera nació pensada como parte de la saga: se llamaba Casi familia y decidieron rebautizarla y venderla con la etiqueta «Ocho apellidos» cuando ya estaba rodada, imagino que confiando en el tirón comercial del nombre más que en el contenido.

Una saga que se diluye entrega tras entrega
Nunca he sido muy fan de este tipo de comedia costumbrista de humor regional, lo confieso. Pero Ocho apellidos vascos me pareció una comedia bien resuelta, con un guion que sabía dónde estaban los límites del chiste y un reparto que funcionaba de verdad. Ocho apellidos catalanes ya evidenciaba las costuras de una secuela hecha para aprovechar el tirón antes de que se enfriara, se quedó en correcta pero sin chispa.
Con esta tercera entrega, cambiando director, guionista y prácticamente todo el reparto, la cosa deja de tener sentido. No es solo que sea peor, es que ya no sé ni por qué se sigue llamando «Ocho apellidos», porque no queda nada del ADN original más allá del título puesto con calzador para vender entradas y supongo que los productores. El resultado es una comedia que no arriesga, que no sorprende y que, sobre todo, no hace gracia. Ni un chiste que se te quede, ni una escena que recuerdes al día siguiente.
Si algo se salva del naufragio es ver a Michelle Jenner en pantalla, y Julián López, que tiene ese don de hacer sonreír solo con estar ahí, aunque el guion no le dé apenas nada con lo que trabajar.
Conclusión de la película
Ocho apellidos marroquís es el ejemplo perfecto de cómo diluir una franquicia hasta que deja de significar algo. Sin el equipo que la hizo grande, se queda en un producto genérico, previsible y sin gracia, que solo existe para colgarse de un nombre que ya no representa.











