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Ramy, es joven, vive en Nueva Jersey con su familia y pasa el tiempo con sus amigos preocupándose por las cosas normales que preocupan a los jóvenes: la precariedad laboral, el futuro, la falta de dinero, el (des)amor… es como todos los demás, pero diferente. Hijo de inmigrantes egipcios, su vida se desarrolla entre las supuestas modernidades de vivir en Occidente y la herencia cultural de sus padres. Así comienza esta dramedia (odio esta palabra, la verdad) protagonizada por el cómico, guionista, showman y ganador del Globo de Oro a Mejor Actor de Comedia, Ramy Youssef.

Durante las 3 temporadas que dura vamos conociendo el universo que hay alrededor de Ramy. El tono semi autobiográfico de la serie nos permite entrar en la cabeza complicada y caótica del protagonista y, poco a poco, el foco deja de centrarse en él para presentarnos al resto de personajes que configuran su particular universo. Así conocemos a sus padres, Maysa y Farouk (Hiam Abbass y Amr Waked) que a veces se pasan de controladores, el tío Naseem interpretado por Laith Nakli que empieza siendo el típico “cuñao” de manual y tiene uno de los arcos de personaje más emotivos y su hermana Dena (Mai Camalawy) que sufre más que nadie por la desigualdad con la que su familia la trata por ser mujer.

Además, están sus amigos de los que es mejor no saber nada porque cada uno de ellos consiguen hacerse un hueco, poco a poco, en el corazón del espectador. Pero Ramy no es una serie dramática, o sí. Viéndola he pensado mucho en quién delimita qué es drama y qué comedia en el absurdo de la existencia. Porque esta serie refleja situaciones tan inverosímiles que solo pueden haber sido reales. Porque como sabemos, tan sólo la realidad puede superar la ficción.

Tampoco es 100% comedia, y supongo que no es para todos los públicos porque se ríe de todo y de todos. Pero no busca hacer reír y para mí eso es lo que la hace tan divertida. El humor negro escondido en una conversación cotidiana, el personaje hundido que ironiza sobre su propia tragedia, esas cosas tan absurdas que parecen de mentira y que aun así son capaces de cargarse toda una vida.

Especialmente hace humor sobre algo que sigue pareciendo intocable: las religiones. Y para ello se ríe primero de la suya pero sin dejar de plantear el papel de todas ellas en todos los conflictos desde que el mundo es mundo. A medida que la serie avanza vemos a personajes con distintas ideologías y creencias que terminan por asumir que tampoco se diferencian tanto. La religión es otro de los personajes principales de Ramy, diría que coprotagoniza la serie a su lado. Y, a pesar de todo el dolor, pena, culpa y tragedia que inflige en su vida, me parece precioso como es capaz de demostrar el amor por una de las religiones más incomprendidas que existen.

Esa es realmente la premisa de Ramy. Cómo sobrevive un chico musulmán que quiere integrarse, ser como los demás, pero que a la vez debe complacer los deseos religiosos y morales impuestos por su familia. ¿Quién es Ramy cuando las imposiciones éticas dejan de dirigir su vida?, ¿Qué sería capaz de hacer si no pensara que su dios lo está viendo?

Me despedí de Ramy con rabia y tristeza. Buscando en todas partes si habría una cuarta temporada que me diera el cierre necesario, la respuesta a todas las preguntas.

Pero supongo que la vida es eso, aceptar que a veces, simplemente, nos toca seguir adelante aunque no sepamos si seremos capaces de ganar la partida jugando con las cartas que el destino nos ha dado.

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